domingo, 19 de febrero de 2012

Ábradas: soy un lugar


El que sigo siendo, al otro lado del yo, preparado para la aventura en Ábradas


Ábradas es un lugar que soy yo mismo. Ábradas vive en mi mente y vivo gracias a lo que Ábradas me ofrece. Soy un lugar. También soy mi estar de paso. “Ser” y “estar” se hacen predicativos porque copulan con el tiempo y con el espacio, en el espacio y en el tiempo. La luz se arruga en la distancia y su acordeón siempre me conduce a la raíz del que quiero seguir siendo sin simulacro: el eterno retorno  del aquí y el ahora que me permiten ser sin estar porque vivo en lo más profundo de Ábradas. Mitología de la realidad. Geometría del romper de las olas. Los azules que caben en el azul de su mar. Tajamar en el que separar las aguas de su fluir para ser yo en su impacto. Ábradas es lo que habita detrás de mis ojos y yo no me invento: un continente entero lleno de contenido.
Otros también lo hicieron: la Ítaca o la Troya de Homero; el Wessex de Thomas Hardy; la Mequinensa de Jesús Moncada; el Wandenburgo de Andrés Neuman; el Ombroso de Ítalo Calvino; la Celama de Luis Mateo Díez; la Región de Juan Benet; la Oleza de Gabriel Miró; la Comala de Juan Rulfo; el Macondo de Gabriel García Márquez; la Yoknapatawpha de Faulkner; la Redonda de Javier Marías; la Avalon artúrica; la Artámila Ana María Matute; el París de Cortázar; la Habana de Cabrera Infante; la Obaba de Bernardo Atxaga; el Nueva York de Federico García Lorca; la Argónida de Caballero Bonald; los laberintos de Borges o Kafka; el mar o ribera de las Sirtes de Julian Gracq; la Águilas de Antonio Prieto; la Santa María de Juan Carlos Onetti; la Tierra Media de Tolkien o la Narnia de C.S.Lewis; el País de Nunca Jamás de James Matthew Barrie; el otro lado del espejo de la Alicia de Lewis Carroll; el Dublín de James Joyce; La Vetusta de Clarín; el Ruedo Ibérico de Valle-Inclán… Con voluntad de indígena, de nativo, lejos del turismo de postal al uso, con ojos ajenos a la mirada del cliente consumidor de paisajes me posee Ábradas en toda su dimensión real y mítica. En ella soy lo que soy desde lo que fui y lo que quiero ser.
Dos águilas, trazando círculos en el mar, se posaron en los dos extremos del abra e indicaron a Eneas el lugar ideal en el que fundar una colonia tras su derrota en Troya. Aladdin, argumento vital para Sherezade en sus mil y una noches, sobrevive en Agrabah y enamora a Jazmín. Ábradas funde esos paisajes míticos y los hace realidad en la imaginación de la mente que quiere vivir en ella.
Soy un lugar: de allí vengo y allí iré a parar. Para franquear las fronteras impuestas, bastan los sellos que yo mismo me pongo: objetos que me traen y que me llevan de un lado a otro de mí mismo.

Objeto para franquear el peaje del tiempo y conservar el espacio que me permite ser.


sábado, 11 de febrero de 2012

Destellos XXX











“¿Habéis visto a la avispa?
Ésa no. La que digo
no la ven las ideas.
La mía fue un calambre
-el verano un tremor, sordo el oído-
del mirar sin escuela, refulgía.

Ni amarilla ni negra. Nada de eso.
No era todavía un ser pensado.
Antes, antes, entero y vivo,
un destello –la avispa-
prendió fuego a los mundos

Vicente Gallego, “El destello” en Mundo dentro del claro.
Barcelona: Tusquets, Nuevos textos sagrados, 273, 2012, pág.57.


Géiser léxico. Tiempo en el destiempo: dices que quieres atrapar el instante mientras lo dejas escapar con el verbalizarlo. Por la boca se escapa el aire con el que debieras besar; las yemas de tus dedos son las letras que usurpan el tacto. La consciencia de presente te roba este presente mutante que siempre estás persiguiendo y perdiendo: Heráclito hace zaping bajo la luz de los flashes como un trilero de la oportunidad.
Presente: luz y sombra del tiempo; dinamo de la eternidad o agujero negro.
Cabalga los destellos, relámpagos que viven en los limbos y se alimentan de la atención efímera.

Crimen perfecto: el suicidio.
Presente siempre virtual del desvivirse. El desnacer tiene su centro en el aquí y el ahora deícticos, cuyas ondas diseñan un yo que nunca es del todo nuestro. El desmorir, como el esprintar en una cinta transportadora infinita en contrasentido, siempre nos devuelve al interior del punto y aparte en el que habitamos nuestra eternidad.
El diccionario no nos dice otra cosa, matiza la tragedia:
“Virtual”:
-“Que tiene virtud para producir un efecto” (desnacerse o frustrar el desmorirse)
-“Implícito, tácito” (todos los presentes encadenan su esencia en un contrato con la nada lastradora)
-“Que tiene existencia aparente y no real” (es la sombra de lo que fue y la estela futura de lo que será, quevedianamente)
Don Juan de instantes: súper ego axial del desnacer para desmorir que es el desvivir que nos estira de las extremidades hasta desmembrarnos y diluirnos en el presente extático, ya sin límites, pero ajeno.


Protocolo del descuido: ese moho sobre la materia urbana; esos pelos desgreñados; esas uñas descascarilladas; esa brizna vellosa por podar en el entrecejo… Ruina indómita.

En el centro de las afueras, el sur del norte busca la razón del descentrarse para encontrarse.
El vaivén binario del mar arrastra a las estaciones hacia lo hondo para transformarlas en lo que quieren ser mientras son otra cosa.
Carpe diem” circundado de “tempus fugit” como una isla circuncidada.

Poema: epítome de la vida.

El presente fecunda el tiempo: en él cabe todo el pasado; en él sueña todo el futuro.

domingo, 5 de febrero de 2012

Escala d’incendis: las realidades de la realidad.

“Lo más que se puede esperar de la vida es cierto conocimiento de uno mismo -que siempre llega demasiado tarde- y una cosecha de remordimientos inextinguibles”
                                                             
                                                           Joseph Conrad


Negra llet de l’alba la bevem a la tarda
la bevem al migdia i al matí la bevem a la nit
bevem i bevem
obrim una tomba en el aires no s’hi jeu estret
A la casa viu un home que juga amb les serps que escriu
que escriu en fosquejar ver Alemanya
el teu cabell daurat Margarete
ho escriu i surt davant la casa i brillen les estrelles
d’un xiulet fa venir els seus mastins
d’un xiulet fa sortir els seus jueus fa cavar una tomba a la terra
ens mana toqueu per a la dansa.”

Paul Celan, “Fuga de mort”.
Traducción de Feliu Formosa.


“M’agraden, els números. Són endreçats, diàfans i expressen una harmonia serena. Contraresten els gargots i els balbuceigs que campen pel món”
                                                 
                                David Parra Guarch, “Un dia perfecte”
                                en Escala d’incendis, pàg. 69.





La realidad invade la ficción en Escala d'incendis




David Parra  se presenta en la escena de la creación narrativa con la solidez de quien conoce el oficio desde bambalinas. Su Escala d’incendis solo necesitaba el impulso de la concesión del XX Premi Ciutat de Badalona de Narrativa y XXIV Premi Literari Països Catalans-Solstici d’Estiu 2011 y la buena distribución de Edicions Proa para dejar la sombra y la promesa y ser luz y realidad. Con su pinta de pirata urbano, socarrón, irónico, nos hace pensar en “El hombre de la multitud” de Poe: su mirada nos revela, como un detective inquieto, el latir tácito del corazón del mundo. Sus nueve cuentos nos muestran las tripas de la inercia, nos permite valorar como lectores lo que no siempre vemos y está ahí, fuera de nosotros o en lo más íntimo y personal. Frontaliza nuestro desconocimiento de lo cotidiano, cuya costra esconde más que enseña. Su narrativa, ágil y técnicamente bien armada, contiene poesía en prosa porque permite que entendamos sin pararnos lo que oculta la costumbre.





David Parra Guarch (Badalona, 1976)







El título inicial fue Negra llet, como el primer verso del poema de Paul Celan: esa “Fuga de muerte” que tan bien puede centrar la mirada negra e irónica sobre la realidad de David Parra, como de tragedia con sordina y sin catarsis transcendente, trufada de guiños que invitan a la sonrisa cómplice del lector. Pero el título ya estaba ocupado y, por sugerencia del escritor y amigo Daniel Nomen, pasó a ser Escala d’incendis. Ese acceso trasero, de emergencia, tras la fachada de la apariencia que sus personajes utilizan para huir, para escapar, a veces hacia adelante, de sus propias conciencias conmocionadas. Sus oficinistas, empleados de banca, periodistas, parados, empresarios, barberos, jubilados ociosos, policías de atrezzo, niñas mimadas o porteros de finca buscan una salida a la ratonera construida por las circunstancias que ellos mismos han tramado. Quizás el alumno le esté respondiendo al profesor: Qui ens devia parlar del Paradís? (se titula el libro de poemas de 2010 de Daniel Nomen). David Parra nos habla en sus relatos del único paraíso posible, el habitado por seres tan cercanos como inquietantes, tan sinceros como manipuladores, tan mentirosos como lúcidos o tan cínicos como tiernos; tan humanos, en definitiva, siendo tan falsos como son por ser de papel.
La suya es una narrativa de personajes, de actitudes. Sus cuentos plantean una moral que se mueve entre el escepticismo, el cinismo o el dejarse arrastrar, de forma activa, por las coyunturas vitales. Sus protagonistas y personajes secundarios nos permiten, desde la distancia irónica que impone el arte, comprender las motivaciones que, como bases de iceberg, mueven algunos comportamientos humanos. Es una literatura con marco: los relatos se entienden en el excipiente de la vida que los provoca y estos nos ayudan a comprender mejor la realidad de la que parten. El suyo es un costumbrismo irónico y puesto al día. Crea realidades autónomas con referentes reales, desde una dimensión cinematográfica, como una suerte de neorrealismo cínico y socarrón, aderezado con momentos líricos y tiernos. La actitud de la pluma de David Parra huye de la seguridad prepotente del aladzon para hablarnos desde la trinchera del eiron, seguro en su humildad.
La plasticidad de las imágenes que habitan sus nueve cuentos, la dimensión cinematográfica de sus relatos tiene su explicación en el dominio de la lengua (como profesor de catalán que es) y su subordinación al dinamismo que le sabe imponer por su oficio como escritor de guiones cinematográficos (adaptación de una novela de Machado de Assis o de un cuento de Robert Louis Stevenson). Sus personajes hablan, pero, sobre todo, actúan en espacios bien delimitados y conocidos: los podemos ver dialogando. Las historias fluyen con agilidad porque son acción literaria. Su estilo cinematográfico, sin embargo, no deja de ser literatura: podemos leer la película que nos narra.
Los referentes de David Parra que podemos reconocer en su Escala d’incendis nos llevan del brasileño Rubem Fonseca a la americana Flannery O’Connor o a Mercè Rodoreda y Francesc Serés. La pista de Hemingway, Rulfo, Katherine Mansfield, Chéjov o Richard Yates es y será base de futuras obras. Ese realismo que nos descubre la dimensión y complejidad de la realidad, parapetada tras la fachada de las apariencias, a mí me ha llevado hasta los cuentos de Ignacio Aldecoa, al que no sé si debe algo.
A Rubem Fonseca lo ha llegado a traducir y esa complicidad se nota: el ritmo narrativo, la simbiosis entre acción y descripción o los diálogos conmovedores y punzantes de unos personajes cínicos que viven al límite, redimidos por la violencia, el egoísmo, la hipocresía, la mentira, la traición o la venganza dejan huellas en los protagonistas de “Números vermells”, Un dia perfecte”, “Passeig diürn” o “Manual de colombofilia”. De Flannery O’Connor toma la dimensió moral y la ironía que permite al lector identificarse, en parte, con esos personajes que, bajo la ola que los arrastra hacia las consecuencias de sus errores o inconsciencias, acaban aceptando  lo mismo que odiaban. El equilibrio entre la comprensión y la indignación por su comportamiento nos mantiene atentos: incómodos por lo que no aceptamos y cómplices porque sabemos que son debilidades en las que también podemos caer. “Reflexos en la navalla”, “Un gos en una banyera” o “Per Nadal, cap nen sense família” nos conducen hacia la catarsis de la sonrisa, propia de una ficción que nos permite conocernos mejor, como en una tragedia construida desde el costumbrismo de la comedia. Dice Shakespeare por boca de uno de los personajes de Julio César que “los hombres son, algunas veces, dueños de su destino”: en los cuentos de David Parra, ni siquiera hay destino contra el que no poder luchar, no hay grandeza en la derrota porque las trampas son humanas y nada tienen de divinas. El autor, como verdadero demiurgo, se compadece incluso de los personajes más ruines y, lejos de ridiculizarlos, los exhibe con todas sus miserias como abanderados de nuestra propia violencia, hipocresía, codicia o mala conciencia vengativa. Son héroes y villanos simultáneamente, como nosotros. En ese juego nos atrapa porque nos sentimos indultados, agraciados por la impunidad que nos regalan sus personajes. La injusticia del mundo tiene en estos cuentos su reflejo gracias al catálogo de naturalezas del ser humano sobre el que nos hace reflexionar.
Mercè Rodoreda aparece, quizás, en lo más lírico de sus actores. En “Manual de colombofília”, el protagonista se refugia en el éxito de su palomar mientras que su mujer (Natàlia, como La Colometa de La plaça del Diamant, vegeta en coma en un hospital): el personaje rodorediano se rebela y el parriano, un hombre bueno, se venga de forma serena, sacudiéndose de forma terapéutica la docilidad que había determinado el ritmo de su vida. Esa metáfora ornitológica, como en Pa negre de Emili Teixidor, la lleva hasta el extremo en el final del cuento, en el que, mientras Natàlia abre los ojos, las palomas zurean dentro de la misma convención en la que los personajes dialogaban (un recurso estructural como el que Manuel Rivas, con otra carga trágica diferente, utilizó en su relato “La lengua de las mariposas”). Ariadna, la coprotagonista de “Taller d’escriptura creativa” también nos acerca a Mercè Rodoreda: en ese laberinto que es Ikea, toca superficies y se deja llevar por los olores como Colometa, con un lirismo de porro que la trae hasta nuestros días. También la rata del final de ese relato puede ser de filiación rodorediana, en contrafacta lírica, de lirismo de polígono comercial.
Quizás la potencia de los personajes eclipse para algunos lectores la excelente técnica narrativa sobre la que fluyen las historias con aparente facilidad. Todo (o casi todo) está dispuesto para conseguir un efecto, pero sin efectismos, sin retórica impostada. David Parra coloca en sus cuentos detalles trascendentes que se retoman con un juego de antecedentes y consecuentes muy atractivo, como un diálogo entre las partes que demuestra una economía y eficiencia de los recursos desplegados que hay que destacar: genera intrigas que no sabemos que lo son hasta que su solución nos remite a un momento anterior del relato o hay elipsis cuya información recuperamos después. El contrapunto (dos momentos interrelacionados, causa y efecto) que utiliza en “Per Nadal, cap nen sense família” permite un enriquecimiento del asunto que no tendría con otra secuenciación de la historia (que, por otra parte, nos remite al Plácido que Luis García Berlanga y Rafael Azcona estrenaron en 1961).Un procedimiento similar emplea en “Taller d’escriptura creativa” donde el presente de dos jóvenes emporrados en Ikea se enriquece con el pasado de la causa que les llevó hasta allí. La intertextualidad, las interpolaciones, tan cervantinas, son también un pilar de su estilo: los textos intercalados son fundamentales en “La Mirada” (un homenaje, además a “Corazones solitarios” de Rubem Fonseca) y, además, trenzan la realidad, la supuesta objetividad periodística y la ficción hasta confundirlas. Los textos intercalados son, pues, eficientemente operativos. En “Un dia perfecte” la canción de Lou Reed conecta el título con el final y la carta al consultorio sentimental nos ayuda a tener una mejor perspectiva del conflicto que el personaje, el más negativo de sus cuentos, provoca. En “Taller d’escriptura creativa” las descripciones de los muebles catalogados o las referencias de los ataúdes (que llevan al narrador a una irónica reseña de la biografía de los “ebanistas”, en hiperbólico homenaje a los excesos cervantinos en la primera parte de El Quijote) son también un claro ejemplo de interpolación, que contrasta con un título que remite a una imagen: la del protagonista, Valentí, que improvisa, sin quererlo, un taller de escritura creativa cuando las circunstancias le obligan a escribir el panegírico para celebrar el funeral de su abuelo y descubre una faceta literaria que no sospechaba (pero cuyo texto desconoceremos siempre)
Especialmente interesante es la técnica (las diferentes técnicas, mejor dicho) que David Parra pone al servicio de los diálogos: desde el discurso incrustado de “Manual de colombofília”  (a lo José Saramago, pero entre rayas de aclaración, como un inciso) al indirecto libre con el que empieza “Reflexos en la navalla”, pasando por el narrador interno de “Un gos en una banyera” (magistral: hay una ósmosis en el comportamiento del marido narrado en primera persona por su mujer, que acaba trasladándose a su propio comportamiento) o la “simple” conversación sin más marcas textuales que los puntos y aparte y la persona del discurso (que es el recurso más utilizado, a veces con alguna indicación sobre el emisor)
Los finales de los nueve cuentos nos llevan a una catarsis en tono menor, con diferentes grados de conmiseración que el lector sabrá saborear, siempre lejos de lo epifonemático, siempre desde una conmoción cómplice con la estructura del relato y con sus personajes. Las historias cotidianas, en espacios locales y universales a la vez (una Badalona y alrededores con sus extrarradios, sus barrios en decadencia y sus malas hierbas que brotan “entre les rajoles intactes de les voreres”) actualizan la novela (en su sentido más riguroso, el de los “novellieri” italianos) y reciclan el espíritu ejemplar de Cervantes y el picaresco (o las patrañas) y, contemporáneas,  ensayan una épica de la desmitificación.
El entrecruzamiento de temas, personajes y procedimientos narrativos es la clave del éxito literario de David Parra: elabora un tejido  en el que trama y urdimbre nos sorprenden con historias menores de vida, ritmos y tiempos bien acompasados guiados por personajes que van por detrás de su vida y necesitan aprovechar sus coyunturas. Puede servir como modelo de este mérito el cuento que abre el libro, “Manual de colombofilia” (o el que lo cierra, “Per Nadal, cap nen sense família”). En el último párrafo el narrador interno en primera persona recoge todo lo sembrado a lo largo de la historia y, especialmente, es destacable cómo el discurso incrustado se precipita hacia ese final, cerrando el círculo de la ficción realista que nos ha regalado. La relativa placidez que nos provoca del “triunfo” de un hombre bueno contrasta en el siguiente cuento, “Un dia perfecte”, con el éxito, a pesar de todo, de un cínico despreciable. En “La Mirada”, el contraste de las secuencias, el estribillo que define al protagonista de forma complementaria (es un “geni” o un “pelacanyes”, un “arreplegat”) o la interacción entre la ficción y la realidad (mentiras que mejoran la verdad, artificios que determinan como causas reales las consecuencias en la vida) son todo un prodigio de maestría narrativa. En “Un gos en una banyera”, Cristina nos describe, impotente, la decadencia de Santi, su marido, en un decadente barrio obrero olvidado hasta intercambiar los estados vitales, con la imagen de ese perro muerto del título o la tapa de la alcantarilla como símbolos y puntales del relato y las historias secundarias que enriquecen el cuento con sus intrigas y juegos de espejos. En “Passeig diürn”, el más breve de los textos, los tópicos y en costumbrismo capitalista no llevan, de la mano del narrador interno, hasta el cinismo más despreciable porque conocemos la sofisticación de la desviación mental desde la voz secuestrada de su propio protagonista, sin perspectivas ajenas. En “Números vermells”, el rojo de la sangre y de la deuda se trenzan entre discursos referidos y guiños a la televisión de gran audiencia, entre el humor y las suplantaciones de personalidad, entre una perversión metódica que gestiona la espiral de mentiras en que se acaba convirtiendo la vida del protagonista y un final más lírico que trágico: la propia decrepitud humana eclipsa el asesinato, no hay arrepentimiento en ese contraste entre la fuerza de la mentira y la dimensión amarga de la verdad. En “Reflexos en la navalla” (en cuya hoja brilla la sentencia “Deus caritas est”), el inicio “in medias res”, el estilo indirecto libre, esa visión ácida sobre la relaciones entre el barbero y sus clientes (cada vez más lejos de nuestras costumbres ya) o los detalles que precipitan la venganza y la usurpación final de la personalidad atraen al lector sin concesiones espectaculares a la retórica, pero con un sabio despliegue de recursos efectivos y fértiles para el fluir ágil de la historia. En “Taller d’escriptura creativa”, un referente desconocido nos permitirá saltar del plano del presente al del pasado inmediato, construyendo un asunto por contrapunto, desde una complicidad con el lector, identificado en parte con los protagonistas, donde el humor y las historias incrustadas a lo Libro de buen amor, seducen y mantienen el interés y permiten comprender las confusiones de realidades que, como trampas, el cuentista nos pone: ese calidoscopio de tiempos de una misma historia que conduce una Ariadna emporrada en el laberinto de un centro comercial. Y en “Per Nadal, cap nen sense familia”, una pregunta directa inicial presenta a una Judit, cuya mala educación comportará que sus padres, en su corrección, queden a merced de sus errores, comprensibles en  el relato pero inexplicables objetivamente si no se han vivido, en una “ironía dramática” que nos acerca, compasivos, a los culpables y que nos despide del libro con la sonrisa amarga hacia una niña odiosa que, por el contrapunteado de la narración, invierte la expectativa de tanto esfuerzo frustrado.
El reto narrativo estriba en la fantasía que contiene la realidad: su mérito está en hacernos ver la realidades que caben en la realidad, en el ensanchamiento de la normalidad, tan llena de normalidades que desconocíamos y que ahora, gracias a la literatura de David Parra, estamos más cerca de conocer. Un universo donde los personajes diseñan su propia adversidad y modelan y redimen sus culpas; un mundo en el que las “víctimas” acaban heredando los rasgos de sus verdugos y asumiendo como propio aquello que detestaron; una realidad en la que las coyunturas de la vida anulan el destino en una suerte de antitragedia o en la que las mentiras arrastran a sus protagonistas como un torrente trágico pero sin la solemnidad que, a veces, presenta la vida porque es pura pararrealidad.




A petición de una lectora, David Parra lee el inicio de "Passeig diürn".
Fotografía de Bernat Bella para ilustrar su comentario 
sobre la presentación en la librería Mythos.
Si queréis leerlo, aquí tenéis la entrada.
Si queréis oír la voz del narrador, llamad con el cursor sobre este otro "aquí"
(que os llevará allí)