martes, 21 de abril de 2020

La vida secreta de las palabras: “compartir”


 
Os comparto este pan, compañeros


                                                        Para Ángela Moriana Vico




En otras entradas de este horno de Limbos he hablado de paronimias, de palabras que gritan su riqueza cifrada en el uso, en las correspondencias agolpadas en cada pronunciación. Esta vez es el esnobismo el que se apresura por nombrar para cambiar. Los petimetres no gozan la herencia y se esfuerzan en mejorarla, en adecuarla sin arrebato a la necesidad. La moda fagocita las palabras y las hace regüeldo que, normalizado, es arqueología obsolescente y efímera de la usura hasta hacerse emoticono léxico, moneda de cambio sin valor en sí. Arqueología porque todo deja su huella, incluso  lo que corre como si volase para llegar al no llegar.

Dos palabras nos convocan. Dos palabras y una perversión normalizada. Dos palabras y las que acuden al eco del agravio.

compartir
Del lat. compartīri.
1. tr. Repartir, dividir, distribuir algo en partes.
2. tr. Participar en algo.

compañero, ra
De compaña.
1. m. y f. Persona que se acompaña con otra para algún fin.
2. m. y f. Cada uno de los individuos de que se compone un cuerpo o una comunidad, como un cabildo, un colegio, etc.
3. m. y f. En varios juegos, cada uno de los jugadores que se unen y ayudan contra los otros.
4. m. y f. Persona que tiene o corre una misma suerte o fortuna con otra.
5. m. y f. Cosa que hace juego o tiene correspondencia con otra u otras.
6. m. y f. coloq. Persona con la que se convive maritalmente.

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Leo, otra vez, en un correo electrónico:

“Os comparto los links  bla-bla-bla…”

¿Yo comparto *a vosotros esto? ¿Yo comparto *para vosotros esto? Aterriza en mi cabeza un diálogo de La vida de Brian en su versión castellana: “Gente llamada romanos ir la casa” (“*romanes eunt domus”) en vez del “romanos, marchaos a casa” (“romani ite domum”) de la intención del mensaje.  Pero al revés: del presente a la urgencia del futuro. Nos estamos dejando invadir por una retórica incruenta que, como el agua que se filtra en la grietas, se hace hielo y revienta el edificio de la lengua. Sin mala intención, por inercia. Porque la lengua debe evolucionar, porque no vamos a empecinarnos en ser inmovilistas conservadores melancólicos, porque estamos por el progreso, ¿no? Basta con estudiar un poco la historia de una lengua, con pasearse por la gramática histórica o la etimología para comprobarlo. (¿Hay interés ahora por historiar esta lengua nuestra de cada día? ¿O, como su valor es competencial, como es un medio, podemos hacer con ella lo que queramos desde el relativismo hacia la dulce agonía sin estertores, con emoticonos en inglés reguetoneando su réquiem?).

Compartir”, etimológicamente, distribuir a todos, con el “con” de juntar y el “partire” que divide. Distribuir algo en sus partes. Compartimos algo con alguien. La preposición “con” es el puente entre el verbo y quienes, complemento, disfrutan conjuntamente de las partes repartidas con ellos. El amor, que todo lo puede, puede ser tan generoso que nos induzca a compartir sin “con”: ellas comparten el amor de él. Y lo compartido, sin preposición mediando, se hace complemento directo por amor.

“Comparte el pan con sus compañeros”. Amorosamente pleonástico. “Compañero”, etimológicamente, es quien comparte el pan, quien come de un mismo pan repartido, hecho partes.  La “compañía”, pues nos lleva a la “comunión” (de comunicar, eucarísticamente –ese agradecimiento al aire de la bendición-) o al ejército, a lo religioso (ese ligarse con fuerza a una idea) o a lo bélico: en la liturgia o en la campaña se comparte el pan, el sustento espiritual o nutricio.

Pero ahora compartimos algo, hacemos partícipes a quienes estaban al otro lado del “con” de lo compartido, mutado ya en complemento directo y haciendo complemento indirecto a los que reciben lo compartido. “Compartir” vale ahora por “enviar”, por “permitir ver”, sin partes, sin distribución: un emisor lleva hasta un receptor singular (“te comparto”) o plural (“os comparto”) una información. No somos compartidos como destinatarios: el emisor nos hace llegar su mensaje. Si soy yo quien desde una dirección de correo electrónico quiero compartir conmigo un documento me diré: “*me lo comparto” y no “lo comparto conmigo”.  *”El emisor comparte algo a su amigo”. Suena muy raro, pero lo raro lo es por ser nuevo, quiero suponer (por no poner freno a la feraz inventiva de la retórica de la novedad). La comunicofilia compulsiva con tendencia al cartón piedra fallero tiene estas cosas que los lexicólogos futuros (¿los habrá en una lengua que no sea el inglés o sus vástagos emoticonográficos?) estudiarán sin asombro de pura asepsia cultural.

Y claro, por contaminación simpática, clonamos el tic lingüístico y la propia inercia justifica con el argumento falaz de la democracia del uso generalizado otras mutaciones como “contactar”: contactamos “con alguien” o “a alguien”.Ponerse en contacto con alguien” pide demasiado esfuerzo: “contáctanos” suena mucho mejor, ¡dónde va a parar! Cuando el modelo de belleza lingüística lo marca el inglés comercial (no el de Shakespeare) casi todo se comprende.

Pongamos de cara al futuro. Hipotequemos la lengua: lo importante es la comunicación. La comunicación eficiente y eficaz. La economía léxica. Demos velocidad a las palabras, acortémoslas, emoticonicémoslas, démosles la agilidad prosódica del inglés. Hablemos sin estilo, sin más gramática que la que a cada uno le parezca útil. “Whatsappeemos” la expresión ¿Para qué trabajar la tiranía de la regla? ¿Para qué tanto escrúpulo ortográfico? ¿Para qué la belleza de la palabra, de su sonido, de su acento y caligrafía? Las lenguas cambian, como todo. La resistencia al cambio es esencia misma de la evolución de un idioma, el lastre que mejora la dirección del rumbo, la calma que funda la lengua que ha de seguir siendo. El castellano es una degeneración natural del latín: veinte siglos nos separan. El patrimonio de filigranas, correspondencias y emociones culturalmente entrojadas puede, en pocos años, por descuido, por desamor, por desidia y por prisa, acelerar un proceso motivado por intereses que poco tienen que ver con la cultura humanista, aunque nos los vendan disfrazados de la pedagogía de la felicidad pixelada, entre las banderolas “bannerizantes”,  gallardetes de facilidad, faralaes de libertad y encaje de bolillos de prometedores algoritmos. Esta es la retórica hiperventilada del presente.








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