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sábado, 21 de agosto de 2021

Vecinos: sabiduría (popular)

                                        Higos pajareros. Cosecha de agosto de 2021
 

 


        

         A Diego López Sáez, hijo mayor de Pedro “El cojo”, por entrojar en su experiencia la cultura de la bondad y compartirla, generoso.

          A Pedro López Piñero, nieto de Pedro “El cojo”, hijo y nieto de la tradición, puente auténtico del progreso.

          A Isabel Hernández Méndez, raíz de savia nueva, alma de corro.

          A Iván López Navarro, Iván de La Escucha, por ser cauce de la cultura del arte.

          A María Dolores Simó Sánchez, hija de Paco el de la bomba, por encarnar, como persona que ejerce de profesora de Historia y como concejal de cultura del ayuntamiento de Águilas, la simbiosis entre sabiduría e inteligencia.

          A Francisco Serrano Buendía (Paco el Zumbío) y Francisco Serrano Gálvez (cabico de tripa de los Sables) por tantas horas de mar con la  mar como escuela.

 

         Presentación de un libro en la casa de la cultura Francisco Rabal: un diplomático de profesión, jubilado, poco diplomático, poco riguroso, maniqueo y complaciente con el espectáculo intelectual exhibido, presentaba su último panfleto. Dos horas y media después, la vela de hormigón del Auditorio acoge en su fachada lateral la proyección de Palomares. Días de playa y plutonio. En ambos actos coincido con Diego padre y Pedro hijo. La conversación brota, natural, cómplice, fértil. No hay más hilo argumental que la vida y pasamos de un tema a otro con alegría, dejando fluir el intercambio de palabras. No somos del todo conscientes pero el hogar que encendemos y alrededor del cual conversamos alumbra ya una agonía de la que somos protagonistas. “Agonía” en su recta etimología: como lucha en una crisis, como pulso en el que combatir, crepusculares, la novedad que eclipsa la herencia hasta encandilar con su obsolescencia mediática.

         Sin pretenderlo, los actos culturales nos dieron tesis sobre las que conversar, entreverando en esas médulas toda clase de injertos que dan amplitud al árbol de la vida sobre el que crece el árbol de la ciencia, sobre el que pueden crecer, fractal, a su vez, ramas del árbol de la vida. Árbol que puede ser una higuera o puede ser una chumbera, que es planta con vocación de árbol frutal resiliente. Diálogos que son intercambios de frutos.

         Había, como mínimo, dos grandes lecciones en esa coyuntura de velada aguileña de agosto. Y las dos eran tesis sobre las que construir el mundo presente. Y las dos venían desde la cultura del pasado. Para proyectar es necesario conocer y para conocer es necesario estudiar. Estudiar en la escuela de la vida con el entorno como maestro, desde el emprendimiento de la herencia experimentada ; estudiar en el sistema que la civilización humanista se ha dado para aprender a progresar (colegio, instituto, universidad, autodidactismo de biblioteca); estudiar combinando ambas posibilidades, aprendices de todo, humildes y abiertos, escuchantes de la sabiduría ancestral vehiculada en la vivencia de quienes sí se han hecho a sí mismos gestando un espíritu crítico.

         La primera lección vital es que somos ignorantes en presente y que la historia que comprenderemos en el futuro ahora está pasando y no somos capaces de entenderla. Como pasó en Palomares cuando en una maniobra rutinaria de repostaje en vuelo de dos aviones norteamericanos cayeron cuatro bombas termonucleares. Fue un 17 de enero de 1966. La narración de lo que ocurrió que vivieron los habitantes del lugar y que conoció el mundo poco tiene que ver con los que realmente pasó. En nuestro presente tenemos que sospechar, cartesianamente, una situación similar. Peor, porque nos creemos más y mejor informados (y en esa ingenuidad de la prepotencia nos ponemos a merced de los aurigas faetónicos usureros).

         La segunda lección: la tecnología es un atributo humano inherente a su condición natural. Hay tecnología artesanal y tecnología industrial: tecnología analógica y tecnología digital. Tecnología humanista (virtual u ocupante de tiempo y espacio físicos) y tecnología petimétrica “empoderantemente” endiosada y protésica. Cuando Francisco Simó Orts, Paco el de la bomba, les dijo a los militares norteamericanos dónde había caído la bomba desaparecida en el mar, estos despreciaron la ciencia de su cálculo (¡cómo iba a ser mejor su GPS humano que los sofisticados sistemas de geolocalización con tecnología puntera!) aunque seguían fracasando. Cuando Francisco Simó presenció el choque del B-52 (cargado con sus cuatro bombas) con el KC-135 nodriza sabía dónde estaba, con consciencia y tecnología humana. Las marcas tradicionales de los pescadores sitúan en la desorientadora igualdad de la superficie del mar cualquier punto de interés para su ofició: allí donde convergen tres puntos reconocibles en tierra. Paco sabía dónde estaba la bomba. Los formados científicos confiaban en sus artefactos: Paco en su percepción humana de estudios heredados en directo, vivenciados. El 15 de marzo la sabiduría de Paco superó a la inteligencia norteamericana (y salvó a esa potencia de la posible injerencia soviética, al acecho en esa guerra fría tan caliente). El 8 de marzo, una semana antes, Fraga en gayumbos representaba la “tranquilidad” para el negocio turístico. A cinco millas de la costa y a casi novecientos metros de profundidad, la sabiduría popular fue más eficiente que la inteligencia artificial en manos de la gestión intelectual titulada en universidades.

         Hasta aquí la coyuntura. Ahora, la serendipia:

Las conversaciones con Pedro López Piñero (Predro de Cope) y su padre Diego, de pie (siendo descendientes de “El cojo”), en un contexto de cultura oficial, se quedaban en poco. Al día siguiente, en la Glorieta, volvemos a quedar los tres. Diego padre, el más sabio, viene en forma de higos pajareros. De ellos habíamos hablado la noche anterior, de la cultura arraigada en la tradición. Diego me había explicado cómo “trabajaba” sus higos (hijos de árbol y hombre) para que fueran los mejores posibles: cómo los volteaba para cuidar su humedad y ahuyentar a los inquilinos (los más sabios por ancianos no pueden evitar abrir el higo seco para comprobar que no lo habitan los gusanos del hambre de la posguerra). Un higo pajarero preñado de almendra o un pan de higo fueron carbón para la locomotora del vivir con el hambre como vía de progreso. Diego López sigue cultivando su autocracia alimenticia y su bondad sabia. Su hijo y yo hablamos durante cuatro horas porque él ha abonado la tierra sobre la que crecemos. Si Aristóteles o Leonardo eran polímatas, los hombre y mujeres como Diego son simiente de sabiduría, personas poliédricas en lo suyo: de la miel a los chumbos, pasando por un economato al aire libre que abarca todo lo abarcable en esta latitud: higos (en higueras pajareras, orales, verdales, negras), patatas (blancas, rojas –“importadas” de otros lugares-), aceitunas, ajos, cebollas gigantes, zanahorias, guisantes, calabazas totaneras, pimientos, fresas, acelgas, perejil, nísperos, habas, albaricoques, caquis, ciruelas (blancas, rojas), peretas, manzanas, granadas, aguacates, uva, paraguayos, almendras… En los tomates tiene un doctorado y de ellos ha vivido, de ellos ha podido hacer “negocio”: el trabajo en el campo, pasión y dedicación, nunca ha estado reñido con su ocio. Para Diego el campo es su médula espinal vital, su profesión y su “hobby”. Cuidar el campo, con amor incondicional, con primera y segunda parte. Plantar, proteger, vigilar, intervenir (mientras, puede, además recoger espárragos silvestres o “cazar” caracoles), recoger y hacer, si así debe ser, los productos derivados: aceite, artesanía culinaria (volver a mimar en tiempo y tacto a sus vástagos vegetales) o higos secos.

         Los pájaros no son tontos. Se pirran por los higos y tienen paladar con criterio instintivo (es su sabiduría animal): primero se comen la variedad más fina y dulce y luego van a por los otros. Por eso se llaman higos pajareros: son los pájaros los que le hacen la cata, su pueden. En el envasado de esos hijos pajareros hay una declaración antropológica de bondad y una arquitectura que quintaesencia una tradición presente. Un recipiente de plástico que atesora una disposición de infrutescencias en “opus spicatum”, con reminiscencia del hambre que saciaban como manjar en el pasado, aromatizados con matas autóctonas. Qué fácil comerlos y cuánta sabiduría en el proceso de producirlos. Los Diegos López del mundo son los que saben qué quiere decir eso.

         El progreso verdadero es, eso pienso, un diálogo entre la tradición y la innovación. Quedarse en la herencia sin digerir o en el innovolatrismo vendido nos arruina humanamente en sus monopolios. Viajamos en un globo en el que el lastre estabiliza la orientación y controla el destino. Esa lección es la que debemos actualizar en cada presente. Y cada presente debe ser la mejor versión de la sinergia entre sabiduría e inteligencia, entre artesanía y tecnología, entre tiempo durativo y tiempo especulativo. Iván de la Escucha (como Pedro López, como Pedro Francisco Sánchez Albarracín o como Pedro Javier López Soler) es clave de bóveda para seguir aspirando a cielo. Le oí decir, en un vídeo sobre los versos al aire de los troveros repentizadores, “cagada de augíacas dimensiones”. Cultura clásica y cultura popular fusionadas, correspondientes, abrazadas para sumar futuro. En hombres como Diego López Sáez tenemos a un maestro en transiciones.


 


        Diego López Sáez, hijo de Pedro "El cojo" y padre de Predro de Cope, agricultor poliédrico, centro presente de pasados con vocación de  futuro, pletóricos de aquí y ahora, sin prisa, con la nostalgia justa para progresar  generoso.

lunes, 9 de agosto de 2021

Vecinos

 


 


        

                              Madera, chumbos y vidrio Duralex: triada de la vecindad premium





         A Pedro Montalbán García, vecino a unas cuantas manzanas en el caos urbanístico aguileño (a pesar del racionalismo ilustrado de base), que, en coche, nos trae sus higos chumbos de Los Estrechos.

 

          A María Ramírez Peña, por no hacer trauma de un hábito que ha construido amplitud, matices e intensidad a mi paladar.

 

          A Isabel Hernández Méndez, que sabe de sabores porque son su pan de cada día.

 

          A Pilar Navarro Aragoneses, por educar el gusto en erecciones pilosas.

 

 

         Suena el timbre (las puertas hace mucho que se cerraron y los corros a la fresca del levante son vestigio histórico con vocación de patrimonio inmaterial). Como un Rey Mago, un vecino ofrece la fuente de presentes dulces. El valor del regalo tiene precio en cualquier tienda (incluso en cualquier hipermercado): de mano a mano no hay calculadora que fije su guarismo en bolsa. En el don vive una tradición, se traspasa un amor de hogar que es umami dulce insondable.

         Todo puede estar, algoritmicodigitalmente, muy a mano: sin embargo, cuantos más cerca, más lejos. Los chumbos o los higos (orales, verdales; las brevas -esos frutos de la higuera, hijos larvados, renacidos una temporada después), o los melones y sandías, necesitan personas, espacio, sol, tierra y agua para ser. Necesitan vecindad para pasar del campo a la puerta, de la puerta a la nevera, y de la nevera a la mesa. Si algo es una patria (o una matria) es esa red social de complicidades sin lucro (y preñada de humanidad). Pedro llama a la puerta y los carbohidratos y sus ecos abren la espita de la saliva. En la entrega (Amazon está en pañales -extorsionadores deliverooglovalizadores-) vuelvo a los plátanos chupados de mi infancia, con medio siglo de educación del paladar (con ese hueso palatino oral-nasal y esa lengua infinita que ahora hace de la comida -gracias, Daniel Méndez, garumniano con fondos de sardina guerrera de Costa Azul- un ritual sensorial de etmoides y sinestesias).

         Sí: chupaba la comida cuando era niño; sin presión, por gusto, naturalmente. La sigo degustando, controlado, sin espectáculos, culturalmente. Las papilas gustativas son las mismas, educadas. La química infantiloide de la industria de la felicidad actual es otra categoría (la del fuet Tarradellas, las pizzas glutamatosas o la de las fast-food-hamburguesas-kebab o los zumos industrionaturales -verdes, morados o naranjas-). Norteamericanado o persizado hay un paladeo estandarizado que se vende como universal. Los chumbos o los higos son kilómetro cero internacional. El alimento que da vueltas (pollo o mixtura de carnes) o que vibra a la “parrilla” sin brasas (con aditivos simuladores) tiene sus franquicias. La fruta que llega a tu puerta es fruto del amor y la tierra real.

         La ceremonia japonesa del té es nuestro desnudar el chumbo antes de su actuación en boca. Hay ritual en la pala que lo pare y en el suelo sobre el que se masajea rulante para que escupa y avente sus pinchas. Después el cuchillo y el tenedor coreografían tres cortes (culo de tallo y nido ausente de flor, en paralelo, y el harakiri trasversal que los une): el duro abrigo cede y la carne desnuda rueda ruda haciendo de su protección una ola verdeamarilla de Katsushika Hokusai. El chumbo vive abrigado en su nopal al calor del secarral y desnudo en la nevera. En higo de pala, en su tuna, es un tuareg. Y un exhibicionista en el tránsito hacia la boca. Lejos de la aridez que lo fructifica, tras la liturgia de la transustanciación, un último estertor: los lunares de su ropa ceñida gritan desde las binzas que hay que tragar sin masticar, semillas del bolo sabroso que se perderán, estériles, en las cloacas.

         Los higos orales tienen menos rito y pueden llegar de la higuera a la mesa vestidos, tras el paso por la nevera. Pelarlos, mejor o peor, es responsabilidad de cada comensal. Del pedúnculo al ostiolo, del cuello al ojo, las tiras moradas van descubriendo las ropa interior blanca que oculta la carne roja, binzada también, de un cuerpo preñado de pulpa y flores. Los menos ceremoniosos abren el higo en dos partes, lo miran y se lo comen sin desnudar.

         En cualquier caso, higos son. La aspereza que los acoge (pala fractal, hojas trilobuladas) es proporcional al dulzor que se condensa en su seno. La lija lorquiana y la cama de faquir son reclamos del deleite. Porque la vida crece controvérsica, a contraola: la aridez preña de necesidad exuberante concentrada. Corazones de agua que se agazapan al sol del desierto aparente, se hacen perlas en lo bivalvo del horizonte.

         Llaman a tu puerta y es el vecino de siempre. Esos chumbos, esos higos, ese melón de agua, ese melón de año… son testimonio de un mundo que agoniza en sus costumbres. Sus sabores adánicos sí son experiencias de árbol de la vida, esa placenta humana. El árbol de la ciencia eclipsa: pero aún podemos meter la mano en la sombra de su luz de progreso y gozar los frutos atávicos que nos han alimentado para llegar a este presente ahíto de futuros inciertos de certeza colonizadora.

         Cierro los ojos y chupo el chumbo.

        

 


Higos orales, con sus estrías (grietas que devuelven en rojo la luz que los dio a luz desde el brote que fueron)




miércoles, 19 de junio de 2019

Lecciones de nada


 
Sin nostalgia ni su antónimo, que no es esperanza, una apología del maestro.


 
Las cosas están y los maestros las ponen ante los de los aprendices para que sepan qué y cómo mirarlas para saber verlas, sin lucro, humanamente.



                   A Ángela Moriana Vico, por el latín y el pan.

                   A Olga y Paco Candaya por los libros y la amistad.



“Cuando los camiones arrancaron, cargados de presos, yo fui uno de los niños que corrieron detrás, tirando piedras. Buscaba con desesperación el rostro del maestro para llamarle traidor y criminal. Pero el convoy era ya una nube de polvo a lo lejos y yo, en el medio de la Alameda, con los puños cerrados, solo fui capaz de murmurar con rabia: “¡Sapo! ¡Tilonorrinco!¡Iris!”

RIVAS, Manuel. “La lengua de las mariposas” en ¿Qué me quieres, amor? (1995). Madrid: Alfaguara, Alfaguara Bolsillo, 151, 1999, pág. 41.
                              

“Poeta ayer, hoy triste y pobre
filósofo trasnochado,
tengo en monedas de cobre
el oro de ayer cambiado
”


MACHADO, Antonio. “Coplas mundanas” en  Poesías completas. Madrid: Espasa-Calpe, Austral, 1,  1984, pág. 134.




El maestro es una especie en peligro de extinción. Nunca tuvo poder y ahora vive desempoderado. Asesinado el sabio, hecho zombi en la nube, las bocas educativas se llenan de un Sócrates paseando por un centro comercial. ¡Pobre maestro! Amorfo, habiendo sido modelo (que invitaba a ser seguido o a ser atacado), burocrático y con el uniforme aséptico de la pedagogía más científica, cuelga la pasión en la percha de la entrada del aula que deberá dinamizar y gestionar para cumplir los objetivos marcados por la programación de las unidades temporales didácticas, de secuencias que motivan desde un problema que no interesa, unos contenidos factuales que ya viven en las memorias de los “smartphones”, y otras cuadrículas de unas secuencia que más que propuesta es propuesta forense. Mientras los alumnos inducen y construyen conocimiento (“learnig by doing”), autónomos y responsables, el maestro piensa en las Lecciones de cosas que condujeron su curiosidad. Lecciones de vida le parecían a él. “Learnlife” lo llaman ahora en esta descomposición de la educación como procedimiento socializador en vías de transformación en las Mary Poppins 5.0. Lecciones de nada son las que imparte ahora esta ruina de maestros porque la vida ha ocupado el aula y eclipsa la perspectiva necesaria para aprender a vivir. Aprender a aprender, desde la compulsión dinámica, desdibuja los bordes del vivir, los descentra. Como el golpe de agua que, abrupto, irrumpe en una habitación y ahoga a quienes viven de la lluvia.

La admiración agoniza con la maestría. Hay mucha prisa por llegar como para pararse a escuchar y ver qué y cómo se puede aprender en quien ha sabido ser y crecer como árbol. Sin voluntad de aprendiz, el becario quiere derrocar pronto a quien ocupa el espacio que debe ser suyo por impaciencia y emprendimiento. Pero la responsabilidad del interés y el sentimiento de pertenencia se diluye en una gentrificación del oficio que, kafkiano, se hace población flotante en sistemas que desahucian la cultura para sustituirla, cínicamente, por oportunidades que siempre son peores que las que todavía no se han alcanzado. Y así, en equilibrio precario, los nuevos docentes cobran para poder pagarse los viajes que los hace ciudadanos del mundo. El orden se confunde con la burocracia (sin papeles, tan ecológica como contaminante) y los cedazos ISO filtran con su interés las garantías de calidad de la coyuntura que toque. El mito de la simplificación de los procesos acaba ahogando el acto mismo de trasmitir y potenciar el conocimiento.

Alta cocina, de aprendices que fundan restaurantes. Pasarela de moda. ¿Quién se pone esa ropa? Tendencias y realidad. Pasarela de ideas pedagógicas mesiánicas, inclusivas, personalizadas, altruistas y ecuménicas. ¿Quién las vende y quién las compra?

El maestro no es neurocientífico, ni psicólogo, ni pedagogo (David Albury, Richard Gerver, John Moravec, Judi Harris, Roger Schank, George Siemens, Gardner o Paulo Freire, Alfred Adler, Alfred Binet, Ovide Decroly, Maria Montessori, Vygotsky, Piaget, John Dewey, Celestine Freinet… le son más ajenos que Sócrates, Homero, Garcilaso, Faulkner Cervantes, Cortázar, Shakespeare o Aldecoa). No es practicante de la épica del fracaso y de sus escuderos lenitivos (la holística, el mainfulnes, la gestalt, el yoga, el espiritismo, el “puenting” o el buenismo rusoniano de la ilustración a lo Silicon Valley –con cojines y posturas de comodidad fuera de la zona de confort-). No hace de la retórica un trampantojo logomáquico para dar consistencia al vacío sistémico. No busca en la secuencia de pensamiento Lego© o el pensamiento computacional la eficiencia de los logaritmos para llegar sin ser. Es (quiere seguir siendo) un maestro magistral apasionado y apasionante, no un pseudoneuroeducador de ítems subcontratados, con formación continua en psicología transpersonal y gestión en eneagramas, muy profesional y riguroso en leyes y lengua para no etiquetar de forma incorrecta y punible los déficits, disfunciones y talentos personales y con un control del relativismo moral que sea contenedor de todos los contenidos posibles (pasados, presentes y futuros). El maestro no es pedagogo. Y el pedagogo es “gogó” mediático, “influencer” con verborrea: “insigth”, “zona de desarrollo próximo”, estructura cognitiva”, “andamiaje”, “disrupción, “reestructuración perceptual”, “constructivismo genético”, “conflicto cognitivo”, “neuroprogramación”, “producto final”, “inteligencias múltiples”, “evaluación criterial” (y “diagnosticadora”, y “procesual” –“formativa” o “continua” para los más conservadores- y “sumativa” o “final”), “evaluación normativa”, “finalidades educativas”, “necesidades educativas especiales” (además de la personalización), “preconceptos”, “priorización”, “transversalidad”, “talento” “secuenciación”, “metacognición”, “inteligencia emocional”, “evidencias evaluativas” … ponen grilletes y etiquetas a una práctica de “boy scouts” urbanos en la algarabía entrópica de la diversión como objetivo y no como medio (las adicciones gamificadas son el efecto estructural de la jugabilidad social). El “portfolio”, un no lugar sin límite, ocupa el espacio de la libreta. El Fornite ocupa la atención de la distracción que antes entretenía con ahorcados, barcos por hundir o empanamiento ventanero. El “coaching”, el “tutoring”, el “mentoring”, el “counselling” son como parches para los fumadores empedernidos: humo de pajas, agua de borrajas. La pedagogitis de los directores de experiencias cognitivas, de los facilitadores experienciales, agentes del cambio y fomentadores de flujo, de los diseñadores de entornos de aprendizaje y arquitectos del espacio experiencial es directamente proporcional a la anarquía mental de las islas colaborativas con náufragos aislados sin más referente que el ensimismamiento multicultural, multilingüe y polidisciplinar en transversalidad competencial eficiente reticular constructivista de solipsista ecuménico y holístico.

 Learnlife. Resiliencia en la sinergia de quienes se entrenan en estrategias para la gestión de estrés de luchar cada instante para salir de la zona de confort. Educación para cultivar el pensamiento crítico sin raíz de cultivo, en una procrastinación de presente compulsivo, tan multievaluado que carece de valor  porque el exceso ha asesinado el criterio. Conocer, ser, hacer y convivir como programa político-económico para construir ciudadanos felices y competentes (OCDE dixit). Desde los proyectos de proyectos motivantes que se alimentan de trabajos específicos famélicos, mareados de movilidad y adaptación “ad hoc” que tiende al infinito, como la sed de satisfacción insatisfecha en el caos de la posibilidad.

El progreso no es ya un subir a contracorriente sobre la escalera mecánica de tiempo: ahora viajamos sobre una cinta mecánica en dirección al futuro, inclinada hacia abajo, en la que vamos dando saltos para ganarle en velocidad (una fuerza, además, nos empuja para multiplicar la distancia del salto) El futuro como un examen inesperado con preguntas que no hemos preparado y que, nos dicen, sabremos contestar porque nos están preparando en el caos para ello.

El docente es una especie humana es extinción: el “coach” personal a domicilio, con una socialización virtual, es su sustituto. Después el tutor también será virtual, en el canal privado que cada familia compre para ser sin ser. El éxito será ya acicate de proyección solipsista y egocéntrica de masas virtuales. La componenda es ya esencia de la contingencia hecha necesidad. La pantalla, la superficie, es dueña y señora de una voluntad sin más voluntad que la prebenda y la sinecura. Somos ya, aunque lo neguemos, más fachada que habitación. Y la política es la espuma de este estar. La logomaquia ha vencido a la retórica. Y la tecnocracia a la humanidad, desahuciada, a lo casa tomada de Julio Cortázar, despojada a la intemperie de la dependencia de la prótesis digital.

        Pirámide de Maslow (con internet como base), de la fisiología a la autorrealización. Cono de la experiencia de Edgar Dale y su versión pedagógica de pirámide del aprendizaje: la actividad como fuente de conocimiento para recordar el noventa por ciento de lo hecho; la “pasividad” lectora como condena al olvido (dos semanas después). La motivación como axioma teórico sin más validez que el que da la campana de la función de Gauss. La ciencia hecha lugar común sobre el que educar científicamente, con las evidencias de la práctica docente como un trabajo de campo estandarizado en su personalización. La educación en píldoras, en fórmulas infográficas fáciles de entender con los ojos. El método de la pasión del maestro choca con la “mise en abyme” de la flexibilidad, la negociación y el diálogo de diálogos tautológicos, de retórica viciada y hueca en bucle hacia la contingencia que anula la necesidad primera.

        El maestro propone las posibilidades para desarrollar el pensamiento crítico que la cultura dispone. El pedagogo cree que sabe qué quiere enseñar, cómo, para qué y para quiénes, diseña una secuencia didáctica que, como un calcetín, le da la vuelta al proceso del maestro en una pirueta “flipped classroom” en la que el aprendiz (¿los hay ya?), motivado, hace de la experiencia cognitiva parte de su pasión. En el caos y la hiperestimulación, en la ubicuidad pantallal y la condescendencia resignada al antitrauma debilitador, en la intoxicación de los excesos y el hedonismo de la piel (los alumnos de acarician, estirados sobre los brazos sobre la mesa, igual que acarician la pantalla que los trae y los lleva sin moverse).

        Los tópicos literarios, correspondencias antes para el maestro, entre bostezos de los alumnos, son lastres ahora. Nuevos tópicos alimentan la distopía: aprender a desaprender; adquirir competencias desde la singularidad del talento personal como garantía de libertad; cultivar, desde la cooperación sinérgica, el jardín del conocimiento real para ser eficientes ciudadanos de un futuro mejor; reciclar y reducir el consumo de plásticos en las vacaciones ecologistas en una isla perdida del universo; huir de la zona de confort desde las aplicaciones de nuestro terminal conectado al mundo en frenética actualización y armado de coltán del Congo; enseñar a pescar a los alumnos protagonistas y líderes de su crecimiento (en vez de, desde la rigidez curricular, mostrar los bancos de peces que solo se pueden oír, mirar y percibir y no escuchar, ver y sentir); aulas que son espacios para investigar y autorretroheteroalimentar el conocimiento significativo; métodos abiertos, flexibles, posibilidades poliédricas, que encienden la mecha de la motivación porque saben dar con la inteligencias múltiples; el error como camino de progreso… No es que piense el maestro que todo eso sea negativo: es que el “coach” y el dinamizador cognitivo lo han jubilado. Juan de Mairena es una reliquia y Antonio Machado una tumba vacía en Collioure. ¿El paradigma mental del maestro frena el progreso? ¿Educa en el adocenamiento de una sociedad industrial y prepara a sus alumnos para la obediencia? Mucho hay de mito petimétrico en la respuesta que se espera a esas preguntas. Aldous Huxley en Un mundo feliz (1932), George Orwell en 1984 (1949) ya nos hablaron sobre los posibles nuevos modos de ser. Claro, que eran literatos y no economistas o pedagogos. La sociedad futura será la que los intereses del mercado están diseñando con la complicidad alegre de todo el que se pueda conectar a la red de redes, toda ventajas siendo como es una almadraba. Miremos el mundo y leamos esta serie de oposiciones, a ver si es así como reconocemos nuestro alrededor actual: tener vs. ser; yo competitivo y egoísta focalizado en los productos vs. nosotros “win-win-win” centrado en las personas; jefes vs. líderes; jerarquía burocrática centralizada y vertical vs. “redarquía adhocrática” horizontalizante y distribuidora de la responsabilidad (en un neocomunismo capitalista de aquello de cada uno según un capacidad –léase talento o fortaleza- y a cada uno según su necesidad –léase, también, talento singular o debilidad-); cortoplacismo que busca resultados vs.  largoplacismo que diseña procesos; rutina, memorización y aburrimiento desmotivador vs. creatividad ilusionante; esfuerzo solitario y analógico vs. facilidad colaborativa feliz, exhibicionista y digital; esclavitud productiva del individuo vs. libertad emprendedora de la persona; pausa y duración vs. compulsión factual, hiperactividad zapinguera ¿La educación provoca el cambio de la sociedad o son los intereses sociales los que diseñan la educación a la medida de sus necesidades?  La responsabilidad social corporativa, regulada por el mercado, parece muy lejos de buscar en el negocio la felicidad desinteresada en la vida de las personas de su máquina.

        Matrix (Lana y Lilly Wachowski, 1999), La isla (Michael Bay, 2005) o la serie Black Mirror (Charlie Brooke, 2011-2019) o novelas como  Crímenes del futuro (Juan Soto Ivars, 2018) o Factbook. El libro de los hechos (Diego López Aguilar, 2018), siendo ficción distópica, distan cada vez menos de lo que se vive en las aulas y en las calles. Sin ánimo apocalíptico: que la tercera guerra mundial pinta sin más proyectiles que el monopolio de los intereses comerciales de la tecnología 6G. Felizmente, asumiendo su prólogo como la protagonista de Nosedive: desde el postureo hipócrita ingenuamente trágico de la esclavitud de la libertad. O como los protagonistas de Quince millones de méritos.

        Un maestro en humanidades (matemático, físico, filósofo, médico, ingeniero, historiador, artista o filólogo), a lo Unamuno, a lo Machado, a lo Leonardo da Vinci… Sin vocación de polímata políglota, que quien mucho abarca, poco aprieta; sin divismo. Optimista sin prisa ni más negocio que el conocimiento que ha hecho suyo para compartirlo, socráticamente, regalando criterio, cosechando semillas de pensamiento crítico (que difícilmente pueden sembrarse desde la compacta  compulsión mediática de los Ted talks -“talent”: “worth spreading”-). El capital sin dinero de la riqueza de ser felices mientras se es porque se puede pagar. Hacer caso a la pasión para convertirla en trabajos (serán muchos y variados), poder disfrutarlos y poder mantener con ellos la felicidad heredada. ¿Lo instantáneo, lo inmediato como dínamo de la alegría vital? Eso es dinámica de subcontratas, no de maestros. Educación inclusiva exclusiva.

        El viejo oficio de maestro es ya harina de otro costal: aquella que hacía pan en hornos de leña, que la oferta de panes actual, además de un timo cultural y económico, parte de la comparación del pan industrial prefabricado para vendernos su valor añadido. El “maestroescuela” vive en el recuerdo de los alumnos que, frustrados maestros hoy, cobran como profesores y ejercen como pastores del caos cognitivo de ovejas que son lobos y clientes empoderados de su involución progresista conspirada desde los centros de poder en red concertada por el poder económico y su aliado el tecnológico.
        Lecciones de cosas que son lecciones de nada ahora porque todo está al alcance de todos, fuera, en la nube en la que habitan los maestros difuntos, empleados ahora como operadores del cable digitales. El librillo del maestro naufraga en el éter binario de tanto exceso autodidacticida centrointeresado.

        Queda, de su oficio, la rúbrica. No de pluma (en un bolsillo, en otro, la saboneta), sino de indicadores que estandarizan la personalización del aprendizaje significativo que aterrizan en las pantallas desde la plataforma digital de turno que el centro educativo haya contratado.

        El paraíso monetizado de la niñez transversal que es la vida pone birretes y bandas a los párvulos (infancia adolescente es la patria que dicta las modas) que son, en la emoción del acto protocolario de graduación, nombrados “doctor pueritiae causa”. Los abuelos lanzan los bastones y se arrancan los audífonos alentados por las lágrimas que provoca ese tierno retoño de futuro.

        En un rincón, con el traje gris manchado de ceniza, cabizbajo sobre el libro, a la luz crepuscular del café, el maestro levanta la cabeza y esboza la sonrisa serena de la humanidad libre de algoritmos y plantillas, proyectando su memoria. 

(En paralelo, el contenido es su continente y la verdad es corrección política en el ágora deshumanizada y “happy” –emoticono “joy-smile”- del mundo. Y las monedas se hacen, en la volatilidad de la cosificación, “stablecoins”, activos digitales que confunden valor y precio, divisas estables en relación al padre dólar, criptomonedas sin alma ni cuerpo).

        Lecciones de nada que son lecciones que la vida, empoderada de sabiduría, da a los aprendices desde un dentro exógeno, como la llama divina de la vía iluminativa, sin purgación previa, que es teletransportación a la unión con la globalidad cósmica, sin salir del yo, con la casa sin sosiego tomada y mucho griterío de cascos aislantes del alrededor real.




Bibliografía básica para que Hansel y Gretel y Pulgarcito, sinérgicamente cooperadores, sepan cómo evitar los peligros del bosque de la vida:

ERASME DE ROTTERDAM. Eduqueu els infants ben aviat en les lletres. Barcelona: Adesiara, Aetas, 25, 2015. Próleg de Gregorio Luri i traducció de Laura Cabré.

LARROSA, Jorge. Esperando no se sabe qué. Sobre el oficio de profesor. Barcelona: Candaya, Candaya Abierta, 9, 2019.

MARINA, José Antonio. El bosque pedagógico. Y cómo salir de él. Barcelona: Ariel, 2017. Con la colaboración de Mariola Lorente Arroyo y María teresa Rodríguez de Castro.

RUIZ, José Carlos. El arte de pensar. Cómo los grandes filósofos pueden estimular nuestro pensamiento crítico. Córdoba: Berenice, Ensayo, 2018.


 
La espiritrompa de la pasión magistral sin tarima, a pie de realidad. Y sin cosificar.






martes, 24 de enero de 2017

El afilador 3.0










        Primero de los artículos que van a ir dando fondo a este cajón sin mueble del recordar. La sección se llama “Costumbrismo en la descostumbre” y pretende dar presente a la transición, hacerla visible, palabrizar el aire que va de trapecio a trapecio o recoger al trapecista del fondo de la red y hacerlo museo. En tiempos de tópicos hechos axiomas como el de “desaprender” para  “aprender a aprender”, en esta época que tunea el “carpe diem” y lo vende como un “mindfulnes” desasistido de “memento mori”, la costumbre suena a rancio. Y no es Cortázar quien, iconoclasta, reinventa la mirada y la hace juego contra las costras y lastres del mirar viciado: son los intereses comerciales los que mueven los hilos de esta promesa de felicidad que debe ser la vida.

        Somos cadáveres del progreso. Siempre ha debido de ser así, pero los ritmos eran otros y la consciencia de extranjero en tu presente, supongo, era menor. Somos el abono del futuro, algunos incluso fertilizante vivo. Los árboles que nos nacen ignoran sus raíces porque hay demasiada prisa por ser hoja o fruto. Germinar desde abajo, con la sombra, se hace muy difícil. Y ser sustrato del cambio no está mal del todo, si no te obligan a ser árbol también.







       Hoy se celebra Sant Antoni Abad, “Sant Antoni el del  porquet”. Aunque fue el 17 de enero, en Sant Cugat la rúa de “Els tres tombs” sale el domingo siguiente a esa fecha. Con pasado agrícola y sin presente rural, la costumbre de la cabalgata (que, que yo recuerde, nunca ha dado tres vueltas a nada, pero que conserva el nombre de su origen de darlas a una hoguera o a la iglesia con la imagen del santo) y las bendiciones a las mascotas (reducto doméstico urbano de la convivencia entre humanos y animales) marcan, con forma de roscón y lucimiento, un hito temporal en el año y un motivo de fiesta dominical. 

Pero no ha sido este vestigio de engalanamiento campesino  el que me ha sorprendido hoy. Se ha suspendido por motivos que ahora desconozco: previsión meteorológica quizás. Mientras bajaba hacia el Monasterio desde las alturas de los antiguos viñedos que ahora son Coll Favá, he oído el sonido de la flauta de pan del afilador. Me ha extrañado por el día, por la potencia del sonido y por la entonación de la melodía, melismática y sin la suciedad que el soplar le confiere al instrumento. He pensado que era la banda sonora que este año habían puesto a la cabalgata. Ignorante de la realidad, he imaginado que las rúas iban a ser, desde ahora, temáticas (de oficios perdidos o en extinción, por ejemplo –como los “traginers” o arrieros mismos protagonistas) y que en este 2017 se homenajeaba a los amoladores. 

En el trayecto, al amor del sonido, he revivido la imagen de aquel señor con bigote y gorra, delgado, que me recordaba a Tutankamón, con su rueda verde, buscándose los utensilios afilables por las calles de un Sant Cugat pueblo. Lo he visto en el empinado adoquinado del carrer Endavallada, parado, chiflo en boca, alternando la frase musical, siempre la misma, con la coletilla discontinua del grito “¡el afiladooor!”. Su pito de plástico subía y bajaba la escalera musical sin solfeo. No recuerdo si reparaba también paraguas. Supongo que no porque este afilador era el eslabón entre los antiguos lañadores-paragüeros y los comercios chinos actuales. Restañar las heridas de los objetos ya no era oficio ni entonces. Él caminaba empujando su fábrica, los que heredaron su trabajo ya iban con su empresa en bicicleta tuneada o en motocicleta. La gran rueda motriz se motorizó y el esmeril de tracción humana pasó a ser mecánico. La banda sonora, la misma, con interferencias.

Pero el afilador que ha eclipsado el Sant Antoni de hoy iba en coche. Un altavoz minimalista como una sirena atalayaba el vehículo. Nadie a su alrededor. Un maletero abierto con la mola y unas mantas para proteger el habitáculo de las chispas era su taller ambulante. Como faltaba bastante para las doce he decidido seguir su jornada laboral. Sin dejar de hacer sonar su reclamo (como una versión “new age” o “chill out” de la escala original –de la que deberían aprender los tapiceros y otros voceros enlatados-) ha parado en cuatro puntos del barrio. Ni una sola persona se ha acercado en media hora con sus herramientas de corte para hacerlas más eficientes. Quizás debiera hacer pedagogía de su oficio, aclarar que es muy profesional, que su esmeril y el ángulo de fricción es el idóneo para cada utensilio, que mima cuchillos (carniceros, jamoneros…), hachas y tijeras. Que sabe combinar piedra y agua para construir el filo más adecuado. Que aprendió enriqueciendo bordes de katanas… Pero nadie ha necesitado su maña afiladora. Y, rodando y sonando, ha desaparecido con el portón del maletero y la sinfonía minimalista abiertos de par en par hacia la nada. Mientras, el afilador ocioso iba saboreando el humo de un cigarrillo que limaba con su asperón evanescente el aire.

Me lo he imaginado como el Coloso de Rodas, solo entre la multitud ausente: un pie en cada orilla del progreso, aguantando a fuerza de aductores el desplazamiento de los tiempos, de su tectónica de placas, abriéndose de piernas progresivamente hasta caer, náufrago, al canal de la escisión inevitable. Lo intentó, pero la cultura de lo desechable no recicla lo reciclador si no es un negocio al por mayor más. 

El afilador, al ralentí y al arrullo de su banda sonora, fumaba sin clientes y con todo el domingo por delante para disfrutar de su oficio.