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lunes, 8 de abril de 2019

La dictadura militar, la dictadura económica y el inglés


 
"Fast food vintage"




El mundo va a llegar a su fin. […] La técnica nos habrá americanizado a tal punto, el progreso habrá atrofiado en nosotros tan bien toda la parte espiritual, que nada podrá ser comparado a sus magníficos resultados

Charles Baudelaire



En los mundos soñados de Gandhi, una arcadia vertebrada desde la moral benefactora como axioma de progreso, el inglés podría ser la lengua franca que, sin diglosia, comunicara al mundo entero consciente de navegar hacia el futuro en un mismo barco humano. Pero la vigilia gandhiana fluía por contrapelo.

En los mundos teorizados de Rosseau, polímata suizo (una especie de cubo de Erno Rubik ilustrado), las personas nacen libres y son buenas por naturaleza. Pero la voluntad general, alienada por un contrato social torticero y paternalista (disfrazado de espíritu crítico y talento, convenientemente explotado y agasajado por la dulce sirena de los píxeles) es la voluntad del poder, un uncirse individual al yugo global.

En el mundo humano hay más de siete mil lenguas que concretan el lenguaje como capacidad de comunicación. Siete mil comunidades que empezaron a aprender a hablar del alrededor con el sonido materno filtrado por la carne, tejido con el bajo continuo del corazón. Siete mil memorias y verbalizaciones de sueños, de traducciones de su realidad. El papagayo de Humboldt será mañana un silencio binario ignorado. Y Babel una lectura intencionada del monopolio económico-cultural (en ese orden y entendiendo “cultura” como negocio). ¡Siete mil códigos (la mitad amenazados, solo unos pocos con cuerpo presente de futuro): qué despilfarro de talento, qué diáspora de la unidad; qué descontrol! Todo será mucho más eficiente cuando los 7.678.174.656 habitantes de la Tierra solo tengamos dos lenguas: el inglés, como el sustituto global de la lengua natural, y el algoritmo como traductor virtual del inglés. Un idioma artificial como el esperanto o el volapük son ya impensables, vencido el espíritu decimonónico que les insufló razón de ser y vida (como al Gólem): solo queda la matemática del pensamiento computacional cuyas instrucciones humanas necesariamente han de ser en inglés. (Imaginemos una escena análoga a la de HAL 9000 cantando “Daisy Bell”, pero en la nave espacial de este mundo intentando entendernos con la máquina en la que lo hemos convertido, en una distopía muy cercana a este presente).

Pero como el mundo sigue siendo ancho y ajeno, por mucha globalidad y cercanía virtual que  nos vendan, por mucho “low cost” aéreo gentrificador de la vida ordinaria, por muy ordinario que sea el poder estar ya en todas partes en todo momento, el “hic et nunc  es lo que nos hace humanos. Cuando alguien, Unamuno (o quien fuese –que todo acaba tomando formato de cápsula o consigna o eslogan para, epigrama de todas las pantallas, ser moneda devaluada del pensamiento-) dijo algo así como que el fascismo se cura leyendo y el racismo se cura viajando, estaba en otra dimensión del universo. Leer y viajar en los tiempos de Unamuno era una actividad cultural ensanchadora de horizontes. En un tiempo de adolescencias perennes y tecnologías protésicas (que no proteicas), de ludificación de todo gesto, el lector y el viajero que educamos tienden a leer sin leer y a viajar sin ver. El gozo ya no está en la víspera, sino en la agonía alegre del consumo, de un mundo que hemos transformado en un parque temático.

Saber inglés en la España de Franco era una liberación. El inglés de nuestros días es la muestra más evidente de la sutilidad de una colonización incruenta, de una violencia con sordina hecha necesidad de progreso, indiscutible. El latín se impuso por las armas, por la fuerza de la conquista. El castellano aniquiló el guaraní, el quechua, el aimara, el náhualt, los dialectos del maya, el mapudungun, el mapuche… La conquista del Oeste arrebató a los nativos americanos su cultura. La lengua muskogi de seminolas y apalaches, la lengua iroquesa de los cherokis, la legua de los sioux es fagocitada por el inglés de chicle que fundará las barras y estrellas de unos estados unidos con vocación adolescente de conquistar el mundo entero. Nada podemos hacer ahora por esas pérdidas más que proteger lo que queda. Pero este presente es nuestro y debemos ser dueños de un destino que es ya pletóricamente humano. Y dejar que una lengua muera hoy es un genocidio cultural. La utilidad de una lengua franca, con su usura, no debe priorizar la conveniencia a la convivencia. Vivir con, no invadir la vida con argumentos espurios.

46.167.128 habitantes de la Península ibérica tienen como lengua oficial el castellano. Enriquecen su pensar desde las lenguas maternas de su cultura (catalán, gallego, euskera) y lo matizan desde las variantes dialectales de su cotidianeidad más fértil. Ser la segunda lengua materna por el número de hablantes en el mundo (477 millones, tras el chino mandarín) o tener una población de hispanohablantes de 577 millones (un 7,8 %) es consecuencia de una historia que podría haber sido otra. Un 40% de los españoles puede entenderse en inglés: somos un 60% los que ni hablamos, ni escribimos, ni leemos en inglés, a pesar de toda la presión y “desprestigio cultural” que eso supone. De los cuarenta y seis millones de españoles, casi veinte millones son potencialmente bilingües (2.750.000 gallegos, 2.250.000 euskeras, 13.700.000 catalano-valenciano-baleares). El Cierto que el inglés servil y agasajador del motor económico del turismo de los sesenta y setenta queda lejos, pero quien estudia inglés, en general, lo hace más para comer en el McDonald’s de cualquier ciudad del mundo que para leer a Shakespeare o Eliot en versión original. En relación a otros países, los españoles parece que llevamos nuestra boina más calada, que ofrecemos mayor resistencia al tuneo de modernidad ecuménica que dice acreditar el inglés. La industria del cine traducido, el aislamiento de la dictadura franquista y una cierta predisposición negativa natural e histórica (el clima y los hábitos autóctonos tiran mucho) nos han traído hasta esta encrucijada y frontera hacia un futuro, dicen, prometedor, lleno posibilidades en la mutación de raíces en alas, de tierra en esporas voladoras. Frente a la cerril cerrazón, la apertura impúdica de la nueva industria de series que fomentan la bulimia pantallal: el “binge watching”, con la coartada de empacharse en inglés, salva el vicio de lo que está negando. Pasear, tranquilamente, por un monte o una costa que habla en el idioma más internacional. Porque para hablar de lo inefable, de lo sublime, de los sentimientos, nuestra lengua materna es insuficiente: ¿no lo ha de ser una lengua impostada? En las redes sociales los que critican que en un hilo haya respuestas en catalán, en gallego o en euskera son los mismo que encuentran bien y muy “cool” que se hagan en inglés. Eso sí que es miopía cultural inducida. Estudiamos un inglés para el consumo estándar que alimente una economía bulímica e insaciable. 

El poliglotismo es una gran virtud en un mundo altruista que quiere seguir siendo humano. Sin ánimo apocalíptico, parece que vamos hacia una hibridación, hacia lo biónico: las mujeres y hombres de pasado mañana, para seguir siendo, van a necesitar someterse a una ciborguización para poder ser al ritmo que se les obliga: organismos cibernéticos que deben hacer compatibles sus pasiones humanas con la intrusión binaria que mejore su condición. Y ese es un negocio en inglés. No por el bien de la humanidad. Por el bien de una determinada economía oligopólica que parece no plantearse conflictos morales al abonar ludopatías de la diversión y cultivar yonquis de la tecnología.

Hay dictadura militares que secuestran a sus ciudadanos a buscar el aire de otras culturas para poder respirar. Y hay dictaduras económicas que con una mano ahogan y con la otra te venden la libertad de la opresión. La peor colonización es la que seduce en su trampa y hace necesidad de la contingencia, que es el negocio líquido de lo intangible de tan material. Dios murió con Nietzsche y su idea se ha encarnado, como God, en la placa base que rige, desde la nube preñada de “big data”, los deseos de “happiness” que mueven a las personas en este universo que estamos construyendo de espaldas al humanismo que nos hace humanos.

Baudelaire, en el siglo XIX, víctima de sus propios vicios, rehén de la precariedad material y espiritual de su tiempo, tiene la visión del futuro que es nuestro presente. Evidentemente vivimos mejor que lo hizo Baudelaire, pero podríamos vivir mejor. Walter Benjamin, algo después, concretó la crisis del cambio de siglo XIX al XX en su ensayo La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. El simbolismo bodeleriano, el refugio en sus paraísos artificiales encuentra en Benjamin el relevo exegético de la modernidad, ese gran texto siempre reescribiéndose. El aura artística del siglo XXI habita, pixelada en inglés, la rebotica sin fondo de las pantallas. La americanización, esto es, el capitalismo, ha conquistado ya sus últimos objetivos civiles, ha comprado la última aristocracia espiritual, ha corrompido, desde dentro, la democracia y ha convertido a todos los habitantes del mundo en una sola clase social en potencia: la de los consumidores que sueñan, como Gandhi, con un planeta de ciudadanos del mundo que viven en igualdad, fraternidad y libertad, pero que alimentan inercias en la comodidad de su vigilia que pervierten el sueño y lo hacen una  realidad de pesadilla.

¿Nos queda la palabra, Blas de Otero?

The rest is silence”, dice el príncipe Hamlet el instante antes de morir. El bullicio del ruido pide plenitud de “words”, liberadas de tanto cacareo mediático. 



domingo, 27 de enero de 2019

Heráclito ha fagocitado a Parménides en su fluir




 
Cronología invertida de olas en el tómbolo: historia y trama de la realidad


                     Para todos aquellos que, con vocación de ola, se aferran al ser


El único movimiento con sentido es el de los cangilones que abrevan duración, circularmente, para alimentar el fluir superior preñado de raíz. Y su volver a volver de afirmación en el presente perenne. Ese tiempo que viene para ser plétora sin prisa en el irse: gerundio infinitivo con corazón de participio agente.

Porque hay una generación refractaria a la historia, con vocación aséptica de futuro continuo, de puntillas sobre su presente, toda alas, incómoda con la tierra de la raíz que ensucia y lastra la construcción compulsiva, la creatividad, el talento puro de motor inmóvil que mueve su alrededor y le pone precio. “¿Para qué sirve conocer la historia de algo si lo importante es ese algo y lo que pueda hacer el joven talento en ese cericentrismo creativo adánico?” La esperanza y la experiencia son dos percepciones renovadas: su significado ha sido colonizado, obsoleto, por las luces "leds" de la innovolatría. Se buscan experiencias de futuro, expectativas satisfactorias que sacien la sed sin espera de ser con un estar adelantado al instante. Cultivar la esperanza en un huerto desahuciado por la prisa no es negocio para quienes siempre estiran más el brazo que la manga, tantálicos. Ni en pesadillas psicodélicas se acuerdan de Sísifo, que ha sido desterrado de las pantallas de los sueños vividos.

El claustroágora del universo es un “locus amoenus” de croma, customizado, con jardineros que ponen puertas al campo y lo hacen centro comercial. Un centro de centros sin alrededor, ensimismados en la enajenación feliz del no lugar ubicuo y de sinestesia dulzona. La sensación de ser personas es el simulacro mejor conseguido desde la percepción umbilical del onanismo inducido: en realidad son individuos tratados como clientes con un filtro de vendedor a domicilio que sabe camelarte como la zorra al cuervo en la fábula de Esopo. Porque todo habita el espejismo de la gratuidad y la necesidad. Y la libertad ha secuestrado a la libertad y le obliga a comprar libertad en el paraíso terrenal de la mercadocracia. Los condenados a galeras sí que eran esclavos: los consumidores no, son personas libres que libremente eligen esa condena a crecer sobre los desechos de su crecimiento. Así, altos, sobre su propia mierda, pueden, como el viajero sobre el mar de nubes romántico, contemplar el panorama sublime del progreso “experience”, entre bostezos líricos.

La neurobiología hablará y propondrá las nuevas eficiencias sinápticas del nuevo cerebro de los nuevos especímenes sin herencia. Una nueva cultura sin cultura, con todo siempre por estrenar, con las subcontratas invisibles necesarias para la asistencia del talento. Invisibles por visibles, como prótesis transparentes en un mundo de operaciones transparentemente hipócritas de buenismo con “smails” como antídoto contra el posible trauma. Subcontratas que diluyen la responsabilidad  hasta hacer intrazable el rastro de las evidencias, visible solo a “big eye” algorítmico (ese que sitia la felicidad y pone nombre de persona al cliente consumido como consumidor). La alegría de saber no será el destello de la conexión entre conocimientos significativos plantados en la memoria. El alzhéimer impuesto por la prisa de los valores añadidos como faralaes al desnudo esencial funda una nueva cultura  extrahumana, pericerebral, circunhumana, emocionovirtual: la tragedia de las nubes, la necesidad contingente  de sus contenidos, la aleatoriedad de las coyunturas algorítmicas son las nuevas trama del destino de los nuevos Edipos de chichinabo.

         No hay salto generacional: construimos un abismo disfrazado de competencias, una zanja que no es trinchera, que es suicidio de padres militantes del parricidio que borran todo rastro de ley para que los hijos la hagan a su medida sin referencia. Sobre ese magma crecen en autonomía protésica ante el Caballo de Troya de la pantalla. Es el autodidactismo que pide la innovolatría, a demanda del infantilismo endémico de la impaciencia primaria eterna. Un desmadre y un despadre que abortan una infancia prorrogada, agónicamente feliz, peterpanizada en un exilio vacío de raíz y huérfano de nostalgia. Gamificada la responsabilidad (no ludificada, que el latín pone cadenas de memoria al fagocifuturo) las apuestas y los juegos son metonimia del seguro azar de Salinas que asegura el riesgo que compensa la rutina. La infancia como patria es ya un negocio para toda la vida. Asidos al humo proyectado, ciframos en experiencias presentes el vértigo de la incógnita de tanta mediocridad talentosa. Lo excepcional es el anzuelo del progreso: una trampa sistémica que alimenta lo mismo que castra, haciendo responsable a la persona de lo que no consigue como individuo y vendiéndole los lenitivos  para su fracaso en subcontratas o en pedagogías de la superación envenenadas de éxito. Siglos de conocimiento son negados por un constructivismo de opereta bufa. Si ese milagro no es posible, el responsable de no haber sabido dinamizar la epifanía es el profesor desmotivante, castrador de descubrimientos de vía iluminativa sin purgación, en plena unión pansciente global. Así, “youtubers”, “instagramers”, operaciones triunfo “mediatiquizadas” o cualquier cantamañanas  “gottalentoso” tiene voz acunada por los “coachs” de la teleirrealidad verosimilizada. Ante una genialidad como la de cien mil millones de poemas de Raymond Queneau (1961, en el contexto creado por el taller de literatura potencial del grupo Oulipo) o la aplicación n de Jorge Drexler (2012) hay un encandilamiento por el destello que quema su raíz y queda en brillo de triunfo sin fuego de constancia, como talento de rayo sin tormenta.

La distopía presente es la peor por falta de perspectiva. La literatura  (hay que buscarle utilidad para que no muera) nos puede dar la que necesitamos para vivir en una felicidad razonable, razonada y crítica. Leer Crímenes del futuro de Juan Soto Ivars o Fackbook. El libro de los hechos de Diego Sánchez Aguilar es un ejercicio necesario para que el Show de Truman o el de Julen (Alicia “redoaled”) no adocenen nuestra capacidad de rebeldía humana fértil. Hacer y decir son complementarios, pero no excluyentes: en Facebook exhibimos al decir y mostrar; en Fackbook ciframos la acción para intervenir en un mundo socialmente pervertido. Vivimos en la posada aislada de Procusto y nos creemos habitantes de la Quinta Avenida de New York.

“Carpe diem” con hipoteca de futuro, liberado de lastre de la memoria. El lenguaje como sumidero palabras, alimentado de retórica hueca, de trampantojos léxicos y logomaquias,  de tautologías de la sorpresa y la novedad. Es el triunfo de la taumaturgia virtual de los algoritmos de la comunicación. Se impone una oralidad sin alfabeto para no entendernos: que es como decir que cada uno entiende lo que quiere y que el progreso es de quienes orquestan esa incomunicación feliz.

Todo cambia dentro de un movimiento imposible: todo se mueve preñado de duraciones que fertilizan el flujo, recorrido por las zancadas de Aquiles entre los infinitos puntos de la carrera. Ser para dejar de ser. Dejar de ser para ser. Seguir siendo mientras se cambia en una crisis que abona el crecimiento centrífugo y centrípeto que configura nuestra identidad. Arder en el fuego frío de la hoguera alimentada con leña del árbol de la vida y del árbol de la ciencia.

En la empatía del pensamiento plano (pero con mucho color y movimiento) cultivamos un conformismo rebelde sin cuestionamiento crítico del marco heredado porque quienes diseñan su actualización, titiriteros y tramoyistas de la felicidad, también han pensado en las batallas que pueden perder para ganar.

Silencio y sueño. Estuario del duermevela fértil. Sorpresa de la calma, de la tregua sin tiempo. Mientras, el “wiffi” es como el aire y la prótesis del “smartphone” nos sitúa en un mundo ajeno cada vez más nuestro, que nos aloja y nos aleja.







sábado, 29 de septiembre de 2018

Función social de la poesía


 
Mientras un olivo se retuerce en el jardín de un restaurante, faralaes del objetivo, la vida fluye alegre y pletórica de la lírica más épica en su usura.





A Tomás Borja Soler y Juan Soto Ivars, lírica y épica de este mundo.


¡Beato sillón! La casa
corrobora su presencia
con la vaga intermitencia
de su invocación en masa
a la memoria. No pasa
nada. Los ojos no ven,
saben. El mundo está bien
hecho. El instante lo exalta
a marea, de tan alta,
de tan alta, sin vaivén.
Jorge Guillén, Cántico




         La plácida digestión del sujeto lírico de esta famosa décima de Jorge Guillén era isla en un mundo tal mal llevado como el actual. Hasta este presente impaciente de ahora, el mundo lo hacían otros. Y el poeta le cantaba en epigramas, canciones laudatorias, himnos o elegías. Agasajaba la prebenda o, a lo José Martí, dejaba de decir para hacer. Pero ahora, eso dicen, el mundo que tenemos es el que merecemos porque lo construimos cada uno de nosotros. Solo nos dejamos la épica “gamificada”, en estadios o pantallas. La lírica la hemos dejado fagocitar por el sistema, coelhianamente. Para quien no sea consciente todavía, Paulo Coelho no es Eduardo Galeano. Y no hay hoy un Mayo del 68 “vintage” en los muros de la comodidad de los desterrados por sus “coaches” a salir de su “zona de confort”. Ni la Comic Sans traducirá nunca los pensamientos como, por ejemplo, la Gil Sans o la Futura. Porque esta felicidad de mundo global a lo Benetton, a lo prospecto de los testigos de Jehová, es humo de centro comercial. El buenismo hace daño a la bondad. Como se ha inventado “posverdad” o “poscensura” (que no son ni la mentira ni la censura conocidas, sino su evolución a la transparencia opaca de la hipocresía normalizada y magmática), podemos hablar de “posdemocracia” o “posbondad”. Y de “pospoesía”. Entras en una franquicia y llenas carro de la compra de consignas: El pan, de masa madre, es “Felicidad recién hecha”. Pero oyes a la encargada de esa sección cómo se queja, más amargada que enfadada (por resignada y esclava de su sueldo para ser feliz) de que no le dejen “hacer” pan porque continuamente la llaman para estar en la caja y, así, no enfadar (“hacer infelices”) a los clientes de la felicidad que siempre acabamos siendo.

        La “pospoesía” mediática y fértil en rendimiento social ha desplazado a la poesía. El Julio Cortázar de Salvo el crepúsculo es un saldo muy caro en cualquier Hogar del libro y se llama, por ejemplo, Marwan. Porque la publicidad es el feudo de los nuevos trovadores.

        El mundo del yo poético de la décima de Guillén estaba bien hecho porque era arte. Y “estaba bien hecho” con encabalgamiento, aunque “sin vaivén”. Hoy todo es vaivén de correveidiles que solo se mueven para contaminar el universo con los aviones-autobús de línea “low-cost” (democracia viajera de ecologistas relativos). “El racismo se cura viajando y la ignorancia (o el fascismo) leyendo” dicen los que se hacen eco de algo que alguien dijo. Y de esos ecos nos alimentamos para ser felices: están por todas partes porque tenemos mucha prisa y la consigna-píldora debe hacer efecto las veinticuatro horas del día en todas partes. Es el “poscarpediem” del nuevo Fausto (o Dorian Gray) ignorante de los antecedentes de las consecuencias la eternidad vital humana.

        Si el yoga es la poesía de la prisa y el “mindfulness” y lo holístico la consciencia de la enajenación, la poesía es la épica de la lírica, la lucha armada (de palabras) contra la costra de esta costumbre camaleónica que nos imponemos al comprarnos como seres felices. El mundo está mal hecho (así lo hemos heredado y así lo dejaremos en herencia) y vivir es rebelarse contra esa evidencia. La felicidad es una conquista, siempre parcial y puntual, a contrapelo. Que quien fluye es esclavo del dueño del grifo que has comprado como río en la nueva Arcadia. Que la alegría es buena si es tuya (sin posesión): si tienes que comprarla solo la tienes en alquiler de quien la vende.

        Homero, Keats, Baudelaire (y sus “hijos” Mallarmé y Rimbaud) son solo nombres. La pospoesía vende vida y cotiza en bolsa. Puedes comprar viajes memorables en la amnesia inducida del consumo. Ser bebedor de zumos detox, incluso vegano hiperconcienciado con un cuerpo en armonía con el universo. Puedes ser militante Gestalt y constelador familiar epigenético. En el centro comercial del mundo siempre estás a la intemperie, al pairo de la marea que regulan los índices bursátiles, pero muy tú, concienciado de ser el epicentro del alrededor que llaman mundo, del que eres ombligo. La libertad, la igualdad y la fraternidad del orden social que inauguró con fracaso la Revolución francesa (obsoleto ya, ansiosos sus huérfanos por dar nombre al nuevo paradigma sin bautizar) viven en un asilo sin visitas. La libertad, epimutada, es hoy egoísmo colaborativo. La igualdad es una globalización liderada por Trump (no sé si la ironía queda clara) y la fraternidad la llevan, metonímicamente, Cáritas, la fundación Vicente Ferrer y Proactiva Open Arms (la ironía, ¿más clara aquí?).

        Claro, es evidente, que quien no sabe de qué habla soy yo: amargado como la encargada del pan de masa madre de la franquicia que nos vende “felicidad recién hecha”.






sábado, 7 de julio de 2018

Gentificación


 
Contaminación social de la alegría de viajar


Yo y ellos.

Alegría de aeropuerto. Trajín de maletas, taxis y trámites para colonizar una porción de mundo lejano. Cuanto más lejano, más alegría. Porque el mundo que era ancho y ajeno ahora es todo nuestro, al alcance digital del “low cost” de turno, de aviones lanzadera que ya son autobuses. Realidad del deseo. Deseo saciado con realidad. El destino secuenciado en destinos. Animalistas y ecologistas queman queroseno para ejercer su panaltruismo ecuménico: compran a granel con su capazo, queman combustibles fósiles contaminantes y pasean en esos centros comerciales de las salas de espera de la impaciencia viajera.

Sin lujos. Un pisito alquilado en el centro mismo de una ciudad en la otra punta de la Tierra. Una compañía se lo ha puesto fácil y barato. Conviven cuatro días con nativos auténticos y compran en sus colmados tradicionales. Unos llegaron con mochila y otros con maletas de ruedas que hieren, sonoras, las baldosas.

La gentrificación llega después. Lo primero es la gentificación. Las personas se vuelven gente. Las especies invasoras, activadoras de la economía y depredadoras alegres de la vida autóctona, hieren de egoísmo global los barrios populares y los transforman en decorados de franquicia y “souvenir”. El viajero busca lo auténtico y la usura de su voracidad le vende un simulacro. Quedan los monumentos: expulsan a los habitantes. El poder adquisitivo de los efímeros pobladores desplaza a la población original y, como en el oeste americano de Tabernas, la apariencia de la fachada se hace pasar ante los objetivos de los móviles por sus interiores. Degradación de población a elitización residencial, de personas a clientes turistas.

Ellos soy ya yo.