lunes, 11 de mayo de 2015

Vilanos



 
Gorrión moruno con alma de vilano


         Consistencia de la inconsistencia. Perseverancia de la fragilidad. Coreografía dirigida por el aire en su precipitación hacia otras cumbres. Suicidio engendrador, silencioso y contumaz, sin la heroicidad presunta de los salmones, heroico en su sordina de estridencias primaverales, en la tenue textura de su vida. Como miles de suspiros, en rebaños anárquicos o bohemios vuelos solitarios, según el capricho del viento, los vilanos buscan su origen.

         Iba a ser un haiku y lo ha preñado de su desbordarse la primavera. 




Al pairo, en su azar azul,
danzan los vilanos,
fértiles alas sin tragedia
que anidan la vida
y callan hasta la próxima primavera.


Nieve volátil y cálida,
casi nube,
que toma tierra,
                      amapolas
                               genistas
                                         y jacarandás
y les hace un amor desordenado
y grácil
como
su
                                                              vuelo.
 

Un corazón de colibrí
en cuerpo de gorrión
los mira y suspira desde lo verde.




                               

domingo, 3 de mayo de 2015

Destellos LXIII






 
Expansión vital de la vida, fractalidad entrópica.



Algún día intentaré explicar cómo vivo la duración. Mientras, la dejo durar, hacerse corazón de mi tiempo, isla en el mar de la prisa por llegar siempre tarde al querer llegar demasiado pronto. Dura lo que se vive.

Ser Rimbaud, intenso, desde la persistencia constructiva de Mallamé: hacer de la epifanía una catedral léxica con apariencia de ermita. Dura el tiempo también en el silencio denso del que sabe escuchar en el oír o ver en el mirar. Es el tiempo del diletante, del que pasea sin rumbo lleno de comunión.

El fracaso de la esencia. El triunfo del simulacro. El “selfie” como impostura. Virtualidad que desvirtúa en la falsa ubicuidad. Riqueza de posibilidades que empobrece.

Dura lo que hacemos durar. No es una cuestión de cantidad: es su calidad, su aspecto verbal imposible de amojamar en una perífrasis durativa. 

Masticar un caramelo como si lo chuparas.

Como el tuétano del ser de los huesos del estar.





Crece la vida desde la muerte.
Le crece vida a la muerte que fuimos para llegar a la muerte que seremos. O a la muerte que nunca fuimos para arribar a la muerte que nunca seremos.
Nihilismo fértil: en el paréntesis del ser, la consciencia nos brota como las yemas a los árboles o el agua a las montañas. Borbotones verdes o de espuma que habitan el atanor del individuo para hacerlo persona.



El “tempus fugit”, en su fluir temporal, circunda y estrangula el “carpe diem” y lo arrastra y precipita hacia la nada de su infinito eterno.



Soy todo yo. Efímero en lo que me brota hacia adentro.




Sale el sol en el móvil: ya es de día. Vivimos al calor de su pantalla, a merced de su batería.



Roca del nuevo Sísifo: lista de tareas pendientes.




Hay una pulsión de eternidad asesinada por el tiempo en cada acto.




Los hiperactivos dinamizan el mundo desde la tiranía intolerante del no atender a la diversidad.



Claustrofobia tecnológica desde pantallas que cantan (y venden) la globalidad.




La noche es la sombra que proyecta el día.





Equinodermo enraizado preñado de verdes en el mar del aire. Ofiura de dedos fértiles que dan viento al aire.


domingo, 22 de febrero de 2015

Arquitrabes VIII: Adelantar la primavera




Almendros murcianos. Fotografía de Mario Navarro





                                                        “Quiero hacer contigo
                             lo que la primavera hace con los cerezos”

Pablo Neruda, epifonema del poema 14 de Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924)


         Debe de ser la presión de la inercia que nos lleva. Tengo más prisa que Neruda: quiero  primaverizar el invierno en yemas como vísperas del gozo:


                                                                  Quiero hacer contigo
   lo que febrero hace con los almendros





Al amanecer, los almendros saludan la posibilidad de ser prólogo de fruto, víspera bella del gozo del sabor. Fotografía de Mario Navarro.





Mi mirada en la mitad del camino



Ábradas cuando todavía no era consciente de serlo (Fotografía de Mané Espinosa Doblado, invierno de 1991)





                                               “Somos el tiempo que nos queda”

                                                                           “No necesito
     nada: tengo bastante con vivir”


                                                                    J.M. Caballero Bonald


                                               “Cuando me paro a contemplar mi ‘stado
                                               y a ver los pasos por dó me han traído,
                                               hallo, según por do anduve perdido,
                                               que a mayor mal pudiera haber llegado”

                                                                  Garcilaso de la Vega, Soneto I
                                              

Hace veinticuatro años que me estaba mirando, que miraba este punto del tiempo que es hoy. Me sorprendo ahora, sin embargo, mirándome a redrotiempo en mi mirada. Tengo todavía esos veinticuatro años: los que tenía en esa imagen del invierno de 1991. Tenía padre y proyectos difusos de hombre de letras. Y un amigo que me regaló la posibilidad de verme hoy tal como era. Tenía un jersey gris tejido por mi madre. El María Moliner y los dos volúmenes en piel sobre la vida de Lorca de Ian Gibson que me regaló mi novia. Y tenía el placer de desvirgar las páginas de los libros de poesía de Lumen (esos, creo, eran de José Agustín Goytisolo y Carlos Barral) Y tenía la misma mala caligrafía que conservo y una plumilla y un tintero para poder hacerme entender en los exámenes de la universidad. Quedan, a este lado de la mirada, los libros, la plumilla, la madre, una novia que es esposa y los sueños (cuajados en dos hijas, algunos poemas y artículos)


         Los objetos albergan parte de lo que ayudaron a vivir. Tocarlos es poder volver a sentir lo que se vivía a través de ellos. Contienen el incienso de las noches de estudio y la voz de Wim Mertens y el piano de Michael Nyman. Son todavía lo que he sido, lo que fui. Las noches del mes julio de Jaime Gil de Biedma y las torpezas ilusas ante un mundo que no es un teatro.


Sigo queriendo aprender, esa intuición vital, sin desaprender, aunque desaprendiendo. Sin arbotantes, con voluntad de pilar alado. Elevándome sobre las palabras que también he sido, sobre los silencios que me han hecho un oído atento y paciente.


Ahora sé que el mundo habita dentro de mí, aunque no soy más que sujeto paciente. Que de cómo lo asumo depende cómo lo vivo: el miedo a perder lo que quiero, mis frustraciones y mis deseos son los ojos desde los que accedo a la realidad, no la realidad.  Saberlo no la cambia, pero me cambia. Sé que tengo una certeza: soy mi pasado, mi presente y mi futuro. Pero no quiero que el tiempo me lo diga una pantalla sino mi saboneta. O el reloj que heredé de mi bisabuelo al que tengo que darle cuerda cada día para que no se pare y muera. Sé que soy puente y que las gafas que ahora llevo atrofian mi visión y me hacen dependiente de su lupa. Que estoy obsoleto y que solo la paradoja de mi condición me justifica en el mundo: sigo creyendo en el esfuerzo y la responsabilidad para crecer, mentalmente judeocristiano, en un universo fractal de átomos electrónicos que han anulado la física y la mecánica del movimiento y la fuerza. El alma es hoy un espectro que habita en la nube, intangible y omnipresente como Dios o el narrador omnisciente, pero siempre de otro, con peaje, con cuello de embudo que puede anular, paralizar y enajenar todo lo que pensabas que era tuyo. Hay un comunismo poscomunista en ese paradigma que me atrae y me repele por igual. La facilidad de compartir, la colaboración para ser mejor gracias a los otros, el dejar de ser corredor de fondo solitario son oportunidades. Pero para generar generosidad debes, primero, cultivar lo que regalas. Si no tienes nada no puedes dar nada. Aunque dar nada empieza  ser una moneda de curso legal.


He conseguido ser Ábradas, espacio mental en el que vivo siempre a medio camino del que quiero llegar a ser. Allí me puedo mirar con perspectiva de intersección, con la visión de altura que da saberme armonía de contrarios, como en la mirada de esa fotografía que me mira. Persona y clon, libre y agnate, individuo y persona. Como en una película que trence argumentos, sin posibilidad de ironía dramática porque vivo dentro de ella: The Island (2005, Michael Bay): The Matrix (1999, Larry y Andy Wachowski): Fahrenheit 451 (1966, François Truffaut): Léolo (1992, Jean-Claude Lauzon): Le mari de la coiffeuse (1990, Patrice Leconte): Bleu o La double vie de Véronique (1993 y  1991, Krzysztof Kieslowski)… Una distopía presente, gozada y sufrida por igual, que podrían hacer novela Aldous Huxley y José Saramago, a dos manos, convertir en película Peter Greenaway y sensibilizar musicalmente Wim Mertens cantando con Dulce Pontes. Ábradas, como la caverna de Platón, es un espacio de sombras y realidades, de ignorancias defendidas como certezas y de conocimientos evanescentes sobre los que construir el ser que soy.


Ecuador de mis días. Fiel de la balanza, columna para las alforjas de horas cosechadas. Me miro desde mis veinticuatro años y me veo con cuarenta y ocho, desde los que me miro y me veo con veinticuatro.  Soy yo porque me recuerdo. Soy yo porque me intuía.