domingo, 3 de marzo de 2019

Taller de linfocitos






                  
A María Ramírez Peña, mecánica de vida, en el taller.


Cuando la inercia vital se gripa y llama la atención sobre su fluir tartamudeante, el hospital se hace casa y restaura la normalidad en su anormal rutina. El enfermo se hace huésped, visita involuntaria auxiliada en su desamparo, indigente bajo su techo contra la intemperie. El hotel de salud que es acoge también al parónimo “hostis” y la hostilidad de su contrapelo rival.
El ciprés invisible de su fachada ofrece hospitalidad refractaria: es un hogar en el exilio.
Vacío y oxígeno son alegorías del “locus amoenus” que amalgama “carpe diem”, “tempus fugit” y “memento mori” sin sal, asépticos, de blanca simpatía. Incrustados en la pared, la vida y la nada se hermanan: vacío para inducir nihilismo; oxígeno para dar aire fértil a los pulmones exhaustos.
Pasar del todo a la nada es canto de papel de fumar, ápice de alfiler: esa frontera, una vez cruzada, no admite vuelta atrás y es toda adelante sin futuro. Antisépticos, nos frotamos las manos para que esa pared no determine con sus flujos, diastólicos o sistólicos, explosivos o implosivos, la calidad vital del encamado.
El metal de su embocadura gemela despista: uno te abduce; el otro te ayuda a respirar. Uno es aspirador negro. El otro alienta, azul, la vida. Contrarios que se buscan tras el cogote enfermo para compensar sus carencias y ofrecer la salud que le faltaba cuando ingresó en ese espacio en el que habita la duración más cruel, la que  nos sitúa fuera de todo tiempo. No he visto ninguna clavija para esa desconexión con la vida que sigue latiendo fuera de la habitación.

domingo, 27 de enero de 2019

Heráclito ha fagocitado a Parménides en su fluir




 
Cronología invertida de olas en el tómbolo: historia y trama de la realidad


                     Para todos aquellos que, con vocación de ola, se aferran al ser


El único movimiento con sentido es el de los cangilones que abrevan duración, circularmente, para alimentar el fluir superior preñado de raíz. Y su volver a volver de afirmación en el presente perenne. Ese tiempo que viene para ser plétora sin prisa en el irse: gerundio infinitivo con corazón de participio agente.

Porque hay una generación refractaria a la historia, con vocación aséptica de futuro continuo, de puntillas sobre su presente, toda alas, incómoda con la tierra de la raíz que ensucia y lastra la construcción compulsiva, la creatividad, el talento puro de motor inmóvil que mueve su alrededor y le pone precio. “¿Para qué sirve conocer la historia de algo si lo importante es ese algo y lo que pueda hacer el joven talento en ese cericentrismo creativo adánico?” La esperanza y la experiencia son dos percepciones renovadas: su significado ha sido colonizado, obsoleto, por las luces "leds" de la innovolatría. Se buscan experiencias de futuro, expectativas satisfactorias que sacien la sed sin espera de ser con un estar adelantado al instante. Cultivar la esperanza en un huerto desahuciado por la prisa no es negocio para quienes siempre estiran más el brazo que la manga, tantálicos. Ni en pesadillas psicodélicas se acuerdan de Sísifo, que ha sido desterrado de las pantallas de los sueños vividos.

El claustroágora del universo es un “locus amoenus” de croma, customizado, con jardineros que ponen puertas al campo y lo hacen centro comercial. Un centro de centros sin alrededor, ensimismados en la enajenación feliz del no lugar ubicuo y de sinestesia dulzona. La sensación de ser personas es el simulacro mejor conseguido desde la percepción umbilical del onanismo inducido: en realidad son individuos tratados como clientes con un filtro de vendedor a domicilio que sabe camelarte como la zorra al cuervo en la fábula de Esopo. Porque todo habita el espejismo de la gratuidad y la necesidad. Y la libertad ha secuestrado a la libertad y le obliga a comprar libertad en el paraíso terrenal de la mercadocracia. Los condenados a galeras sí que eran esclavos: los consumidores no, son personas libres que libremente eligen esa condena a crecer sobre los desechos de su crecimiento. Así, altos, sobre su propia mierda, pueden, como el viajero sobre el mar de nubes romántico, contemplar el panorama sublime del progreso “experience”, entre bostezos líricos.

La neurobiología hablará y propondrá las nuevas eficiencias sinápticas del nuevo cerebro de los nuevos especímenes sin herencia. Una nueva cultura sin cultura, con todo siempre por estrenar, con las subcontratas invisibles necesarias para la asistencia del talento. Invisibles por visibles, como prótesis transparentes en un mundo de operaciones transparentemente hipócritas de buenismo con “smails” como antídoto contra el posible trauma. Subcontratas que diluyen la responsabilidad  hasta hacer intrazable el rastro de las evidencias, visible solo a “big eye” algorítmico (ese que sitia la felicidad y pone nombre de persona al cliente consumido como consumidor). La alegría de saber no será el destello de la conexión entre conocimientos significativos plantados en la memoria. El alzhéimer impuesto por la prisa de los valores añadidos como faralaes al desnudo esencial funda una nueva cultura  extrahumana, pericerebral, circunhumana, emocionovirtual: la tragedia de las nubes, la necesidad contingente  de sus contenidos, la aleatoriedad de las coyunturas algorítmicas son las nuevas trama del destino de los nuevos Edipos de chichinabo.

         No hay salto generacional: construimos un abismo disfrazado de competencias, una zanja que no es trinchera, que es suicidio de padres militantes del parricidio que borran todo rastro de ley para que los hijos la hagan a su medida sin referencia. Sobre ese magma crecen en autonomía protésica ante el Caballo de Troya de la pantalla. Es el autodidactismo que pide la innovolatría, a demanda del infantilismo endémico de la impaciencia primaria eterna. Un desmadre y un despadre que abortan una infancia prorrogada, agónicamente feliz, peterpanizada en un exilio vacío de raíz y huérfano de nostalgia. Gamificada la responsabilidad (no ludificada, que el latín pone cadenas de memoria al fagocifuturo) las apuestas y los juegos son metonimia del seguro azar de Salinas que asegura el riesgo que compensa la rutina. La infancia como patria es ya un negocio para toda la vida. Asidos al humo proyectado, ciframos en experiencias presentes el vértigo de la incógnita de tanta mediocridad talentosa. Lo excepcional es el anzuelo del progreso: una trampa sistémica que alimenta lo mismo que castra, haciendo responsable a la persona de lo que no consigue como individuo y vendiéndole los lenitivos  para su fracaso en subcontratas o en pedagogías de la superación envenenadas de éxito. Siglos de conocimiento son negados por un constructivismo de opereta bufa. Si ese milagro no es posible, el responsable de no haber sabido dinamizar la epifanía es el profesor desmotivante, castrador de descubrimientos de vía iluminativa sin purgación, en plena unión pansciente global. Así, “youtubers”, “instagramers”, operaciones triunfo “mediatiquizadas” o cualquier cantamañanas  “gottalentoso” tiene voz acunada por los “coachs” de la teleirrealidad verosimilizada. Ante una genialidad como la de cien mil millones de poemas de Raymond Queneau (1961, en el contexto creado por el taller de literatura potencial del grupo Oulipo) o la aplicación n de Jorge Drexler (2012) hay un encandilamiento por el destello que quema su raíz y queda en brillo de triunfo sin fuego de constancia, como talento de rayo sin tormenta.

La distopía presente es la peor por falta de perspectiva. La literatura  (hay que buscarle utilidad para que no muera) nos puede dar la que necesitamos para vivir en una felicidad razonable, razonada y crítica. Leer Crímenes del futuro de Juan Soto Ivars o Fackbook. El libro de los hechos de Diego Sánchez Aguilar es un ejercicio necesario para que el Show de Truman o el de Julen (Alicia “redoaled”) no adocenen nuestra capacidad de rebeldía humana fértil. Hacer y decir son complementarios, pero no excluyentes: en Facebook exhibimos al decir y mostrar; en Fackbook ciframos la acción para intervenir en un mundo socialmente pervertido. Vivimos en la posada aislada de Procusto y nos creemos habitantes de la Quinta Avenida de New York.

“Carpe diem” con hipoteca de futuro, liberado de lastre de la memoria. El lenguaje como sumidero palabras, alimentado de retórica hueca, de trampantojos léxicos y logomaquias,  de tautologías de la sorpresa y la novedad. Es el triunfo de la taumaturgia virtual de los algoritmos de la comunicación. Se impone una oralidad sin alfabeto para no entendernos: que es como decir que cada uno entiende lo que quiere y que el progreso es de quienes orquestan esa incomunicación feliz.

Todo cambia dentro de un movimiento imposible: todo se mueve preñado de duraciones que fertilizan el flujo, recorrido por las zancadas de Aquiles entre los infinitos puntos de la carrera. Ser para dejar de ser. Dejar de ser para ser. Seguir siendo mientras se cambia en una crisis que abona el crecimiento centrífugo y centrípeto que configura nuestra identidad. Arder en el fuego frío de la hoguera alimentada con leña del árbol de la vida y del árbol de la ciencia.

En la empatía del pensamiento plano (pero con mucho color y movimiento) cultivamos un conformismo rebelde sin cuestionamiento crítico del marco heredado porque quienes diseñan su actualización, titiriteros y tramoyistas de la felicidad, también han pensado en las batallas que pueden perder para ganar.

Silencio y sueño. Estuario del duermevela fértil. Sorpresa de la calma, de la tregua sin tiempo. Mientras, el “wiffi” es como el aire y la prótesis del “smartphone” nos sitúa en un mundo ajeno cada vez más nuestro, que nos aloja y nos aleja.







jueves, 27 de diciembre de 2018

Píntame una desolación en el paisaje de la belleza, Gabriela




Gabriela Amorós Seller. Desolation I .Grafito sobre papel.


                                              
Mientras escucho “A Love Supreme” (1965) de John Coltrane


PAINT ME A DESOLATION
.
la nieve se introduce en el mundo
ciñe todas las cosas
.
y un molde en vilo
un molde blando
se acabará desvaneciendo
.
como sin nada.
.
me pregunto
cuando dos personas se abrazan
cuál de las dos es la nieve.
.
.
.
© Gabriela Amorós Seller





         “La emoción trágica, efectivamente, es una cara que mira en dos direcciones: hacia el terror y hacia la piedad, y ambos son fases de ella. Habrás visto que uso la palabra “paraliza”. Quiero decir que la emoción trágica es estática. O más bien que la emoción dramática lo es. Los sentimientos excitados por un arte impuro son cinéticos, deseo y repulsión. El deseo nos incita a la posesión, a movernos hacia algo; la repulsión nos incita al abandono, a apartarnos de algo. Las artes que sugieren estos sentimientos, pornográficas o didácticas, no son, por tanto, artes puras. La emoción estética es por consiguiente estática. El espíritu queda paralizado por encima de todo deseo, de toda repulsión”.

                   James Joyce. Portrait as an Artist as Young Man.




Gabriela Amorós Seller, dicen, nació en Santa Pola en 1971. Yo creo que nació mucho antes y que vivirá mucho más allá de su muerte. Entre centauros ontológicos místicos renacentistas con espíritu de gorrión nocturno. Abogada de la belleza, además de poeta y pintora, ha dosificado su arte en dos libros en los que las imágenes les hablan a los ojos que leen y a los que ven: La fragua cero (“Sombras”, “Destellos” y “La luz” de 2014) y El estuario rojo (confluencia de alma y materia, 2017). Gabriela, heraldo de lo platónico traducido a materia aristotélica, tiene incandescencia de pabilo (como un Orfeo paciente en el Averno): por la noche se ilumina como un árbol que da frutos. Dice este ser, emoción indómita, que sueña de forma recurrente con habitar la semioscuridad y con despertarse sin boca. A diferencia de la protagonista de Un chien andalou (y aunque se la pinte como persona), Gabriela la traslada a sus pinceles, grafitos y teclados. Sus manos son su boca: por eso nos besa con sus cuadros y sus poemas, desde una felicidad sin atrezzo, muy suya, muy íntima, sin la asepsia felizoide del centro comercial que es el mundo global. Le da la vuelta a lo inefable, como un calcetín: crea sentimientos del vacío, del blanco del papel y del crudo del lienzo. Universos gabrielianos que, a lo Bouguereau, a lo prerrafaelita, nos llevan a la aventura davinciana: Esos vórtices de mujeres hacia el prado marino del Hades celestial, del bello inframundo superior; esos vuelos femeninos que convocan al útero telúrico; esas alegorías de la duración de centauras y ninfas que hibridan emociones, esa ilustración científica… Renovada en cada paso, sigue siendo quien deja de ser, positiva, valientemente epitélica. En su poesía cabe todo lo sublime porque “para tocarse a sí misma, la luz tiene que pensarnos”, quién sabe si, sobre todo, durante un baño en el mar por la noche, a la luz del espíritu almado de cuerpo.

Simbolismo vanguardista, oníricamente clásico, esencial en su exuberancia evocativa, de un minimalismo pletórico de sentir y seducir, de sintaxis y ortografía emotivas. La poesía es una pintura y cada pintura como poesía: poesía encuadrada en el espacio o entrojada en las palabras. En la desembocadura del alma hacia el alrededor, una fragua que forja ideas para ser lanzadas como flechas dulces con arco o con lira. Eso es lo que nos ofrece su arte.

Un solo poema puede ser toda su poesía. En esa metonimia nos hacemos durar.

Hay dos ejes dinámicos es esta propuesta de belleza: el del continente y el del contenido. Y dos sensaciones: el frío y la calidez de su ausencia. Y tres espacios: el superior, el inferior y el de su sinergia. Y la nieve como “kigo” de la estación del amor. El abrazo de los árboles, tímidos por naturaleza, vendrá después.

El mundo es un embudo y la nieve celeste embute el sentir para ser la tripa misma que lo recubre. Entra para ser alrededor. Frío bello que es médula y molde y nada del calor que ha generado. La nieve es el traje blanco del corazón: un estuario que forja los destellos de la emoción sin horma.

En el abrazo, que es también beso de brazos, el frío blanco de la pasión, alternativamente, infunde nieve para que dialoguen los calores y se fundan en un solo hogar. Somos árboles ateridos que nos buscamos en ramas para acabar siendo un solo tronco rodeado de nieve. Ardemos abrazados para que la intemperie no agoste de frío tanto follaje como tea de destellos telúricos. Como si nada, se desvanece, evanescente y  corpóreo, en todo blanco en intuición roja de estuario fragua. Neptuno, manantial y mar, proteico, y Vulcano, coronados y orlado de gorriones, se miran enternecidos por la fertilidad de la simbiosis. Minerva esboza una sonrisa cómplice.

Los puntos, estrellas en copos, zurcen el poema al silencio blanco en vilo de la pantalla que quiere ser hoja.

Ambos son nieve y brasa, que se ciñen desde dentro mientras desde afuera se abrazan. Funden el frío con el fuego que fundan, blandos y dúctiles para ser, cuerpo y espíritu, una aleación de amor. Los dos son frío ardiente en su cota más álgida de verticalidad horizontal.

Vence el amor a la belleza todo lo que, lágrima de lo infinito, como una espina, entra y sale del cuerpo, almado y amado, como sangre que hiere y restaña de amor la herida.

Privados de consuelo nos consuela la belleza, nos alivia la transubstanciación de la tristeza feliz en arte. Esperamos la epidemia de la belleza sin usura que nos libere del liberalismo usurero.  Esa medicina la inocula su poesía.

Gracias, Gabriela, por enseñarnos a ser paisaje de fuego nevado.



Convocada soledad convocante






                            “Siempre la claridad viene del cielo;
es un don: no se halla entre las cosas
sino muy por encima, y las ocupa
haciendo de ello vida y labor propias

Claudio Rodríguez (1934-1999).Don de la ebriedad (1953)



Aunque la poesía es ecuménica y vive en la esencia humana de todas las personas del universo, aquella de los más cercanos sabe pellizcar mejor el sentimiento. Somos centro de un alrededor siempre y, como las ondas, vibran con más cuerpo las más pequeñas, las más abarcables.

Jesús Cánovas Martínez (Hellín, 1956) fue profesor de filosofía en Águilas y poeta en el mundo. A A la desnuda vida creciente de la nada (1989), Kyrie Eleison (1994), Estridularia (1999), La luz herida (1999), Transluminaciones  y presencias (2005), Dulcísimas hebras de oro (2009), Otra vez la luz, palomas (2015) se suma en este 2018 Convocada soledad. A estos ocho libros de poemas podemos añadir su novela El Quinto Camino (2016) y sus cuatro tandas de Vientos de Sur, de las que ya podemos leer tres (2017, 2017 y 2018).

Convocada soledad es un poemario en heptasílabos, endecasílabos y pentasílabos (estos, los obligados por las diecisiete sílabas métricas de los cuatro haikus –uno doble, reflejado-) de una estructura de silva sinfónica que, sin ser narrativa, narra lo inefable en cuatro tiempos. Un prólogo machadiano presenta el viaje lírico por las cuatro estaciones y un “Final” bíblico baña de luz “Lo inesperado” de las posibles tinieblas que puedan emerger de lo subterráneo: la palabra como bautismo de la realidad silenciosa y vivible. El otoño rojo (“Sobre la tierra roja”) abre las puertas de la aventura sensorial de lo inefable. Le sigue el verano azul (“Azul de soledad”), el invierno blanco (“Fermento de la blancura”)  y cierra el tiempo poético con la primavera polícroma (“Ebrio al surgir”), como para incitar a la vida reverdecida del final de los días, que también son principio. La estructura de cada uno de los capítulos está muy bien trabada: quince poemas (de diferente extensión, pero con predominio casi absoluto del heptasílabo), seguidos de un haiku y rematado con una “Contemplación” como epifonema que da perspectiva y hace releer los dieciséis textos precedentes.

Tiene mucho del tono del Don de la ebriedad (1953) de Claudio Rodríguez, aunque las numerosas citas no nos den pistas sobre ese linaje lírico (Vimalakirti Nirdesa, Antonio Machado, Georg Trakl, La Biblia –Job-, Alberti, J.L. Martínez Valero, Santo Tomás de Aquino, Jorge Guillén, Juan Ramón Jiménez y  Manuel Altolaguirre). Celebra Jesús Cánovas la vida también, la existencia, la trascendencia del existir que tiene en la palabra poética la encarnación del sentir que al vivir deja mudo. Es un libro de odas a la afirmación en el presente, al arraigo en el paisaje en el que somos. Y reivindica una soledad contemplativa. Porque una soledad convocada no es lo mismo que una soledad intrusa: el poeta la convoca para, desde esa intimidad lírica, poder compartir la epifanía del oír cómo crece la hierba o como suenan las alas al planear sobre el mar. Es una épica de los matices, más que de los silencios. Que la naturaleza nunca calla. Desde esa conquista de lo no perceptible a simple oído o vista crea el poeta las coordenadas del sentir para ver y oír mejor. Es, por tanto, una soledad convocada para poder convocar la presencia del lector en esos escenarios líricos.

Jesús Cánovas, desde la filosofía del percibir y sentir que es el poema, nos convoca a gozar de los frutos de la contemplación de su Convocada soledad.