jueves, 23 de mayo de 2019

Destellos XCVI

No hay pantalla en que respirar mar





        
         Leer a Max Aub nos pone ante lo mejor de la condición humana. Maestro de la ficción, del trampantojo, enseña a entender el mundo desde el juego trascendente y serio de la literatura. Así: “in medias res” cuya anáfora está fuera de la página, hacia la derecha, bajo el margen y cuya catáfora tiene que hacer nido en el ático del lector. Complicidad irónica entre la realidad, el emisor y el receptor, en un triángulo fértil que acaba sembrando el mundo de mundos posibles por imaginables.

         Estos Destellos son los broches lógico-léxico-líricos que balizan el tejido de urdimbre y de trama que es el devenir vital sobre el que naufragamos.

         Perdonad: me he puesto algo estupendo (no hace falta que don Latino me afee la pretensión, que ya la admito yo).

         Leer a Valle-Inclán, también, nos enfrenta al espejo en el que no queremos reconocernos.




Si la sinergia es la complementación fértil que multiplica la fuerza agente, la dispergia es la diáspora disipadora, poliédrica y atomizadora, que potencia con su atractivo calidoscopio el espejismo del colaboracionismo egoísta. Y la resiliencia es la coartada capital para sinergiar la dispersia monetizada y autoculpabilizadora.


La vagina es un libro abierto. Su vaina engendra argumentos para invaginar (que es imaginar desde lo telúrico abierto en continente). Sinestesias vainillas son la banda sonora del acto creativo, trigonométrico sin aristas. Senos, cosenos y tangentes dibujan el vaivén de cabos y golfos, de ensenadas y tómbolos.


El juego de rol del ”escape room” que es ahora el mundo.



Premium” (así, sin acento, desde el inglés colonizador y felizocrático) disfraza de lujo la realidad, la maquilla de calidad superior, la tunea de mejora. Aunque reniega, acelerando, del latín, le roba la intención y la hace suya. “Praemium” era la ganancia o el provecho de quien llegaba primero: “prae” (antes) y “emere” (merecer, obtener). La velocidad para llegar el primero es una escena del esperpento de las rebajas, que en nada suenan al latín de Las divinas palabras valleinclanianas, pero tienen toda su tragedia bufa.

Mercenarios de la ilusión.



(Stefano Mancuso, verde de envidia vegetal, se abstrae, humano, del tiempo y piensa desde una duración que también es inteligencia):
Con paciencia ontológica de planta, el progreso se abre como el corazón de una selva. La prisa mata la senda y la capacidad real de ser agente y paciente adaptado en el mismo cambio.


Transverberación sin trascendencia. Ajena a la palabra extática de fusión holística, la pantalla es pródiga en amigos: entre la prosopagnosia y la pareidolia intimamos sin conocimiento mientras, distraídos, borramos con memoria digital los vestigios de la fosa común alegre de un cementerio dinámico de felicidades.


El prurito de la novedad desgasta la piel.


Los juegos del hambre. Juego de tronos. Ludificación de la épica como consumo.

Pseudopaidocracia de futuro ludópata de obsesos en jugabilidad.





Arquitrabes XXXV: homenaje a Augusto Monterroso












         Cuando despertó seguía ahí dentro, clavada, enhiesta. Ella comprendió qué era la Tierra y quién Arturo.




domingo, 5 de mayo de 2019

Valor esencial











 
El camino se hace en la cabeza con los pasos de los pies calzados




Para Ramon Buira, profesor de economía humanista, de la escuela de José Luis Sampedro.


Contra el valor añadido y el salir de las zonas de confort. Contra el comprar soluciones para los problemas creados para vender soluciones (la religión como opio, juez y parte de la moral, tan denostable, es maldad de párvulo en comparación a las nuevas estrategias de bondad social).
Sí: el mundo es una gran empresa. Pero olvidamos que “empresa” nos llega, etimológicamente (que es una forma de ser raíz) de “prehendere” (coger, atrapar, sorprender). “Presa” y “preso” (participios pasivos) nos hacen atrapados: por la justicia o robados por una fiera, víctimas. Nos hace “prisioneros”. Pero también “aprendemos”: nos apoderamos del conocimiento (aunque la “aprensión” nos hace coger miedo y no sabiduría). Somos “aprendices” en un tiempo de falsas epifanías maestras. “Comprendemos” porque concebimos ideas, las hacemos nuestras, las abarcamos con el intelecto. También “Reprendemos”, “represaliamos” y “sorprendemos”. Pero el monopolio de “emprender” ha hecho de la “empresa” solo un negocio (negación del ocio) y de los empresarios unos carceleros ignorantes de la etimología, pero muy productivos. Cuando un empresario es alguien que dirige un negocio (lucrativo), la “empresa” pierde su esencia.
Sí: hace falta industria para progresar. Pero olvidamos que “industria” es actividad, laboriosidad, ingenio, asiduidad. El mejor ejemplo, Alfanhuí, tan lejos del lucro empresarial y tan cerca de la fertilidad poética sin contaminación, sin humos.
“Progresar”: caminar hacia delante; andar. Sin huellas en el camino no hay progreso. Las huellas del cielo quedan para los dioses. “Se hace camino al andar”: los aviones acercan lo que siempre quedará lejos porque es ajeno a los pasos y sus huellas.
Tenemos una responsabilidad social corporativa (o social empresarial), tenemos que invertir de forma socialmente responsable, contribuir a la mejora social sin más incentivos que los humanamente rentables, sin valor añadido, sostenibles con lo humano, lo natural y lo divino (esa excrecencia espiritual de la carne y la cartera).
La obsolescencia programada y la obsolescencia percibida (empresa usurera y márquetin especulador en sinergia negativa) arruinan la alegría de vivir e impostan un “hapiness candy” (con colorantes, muy comercial), como las palomitas de los multicines sin arte. Su antónimo no queda claro. “Wallapop” también ha hecho monopolio comercial del “reciclaje”. Como la Generalitat en su dar nueva vida a lo obsoleto: clientelizar los objetos, reciclar para “monetizar” la sobra impuesta por las inercias sociales. Reutilizar para rentabilizar las modas y calmar la consciencia social desde la emprendimiento personal de comerciantes autónomos contratados por el gran negocio que es la vida. Esquilmamos la esencia y extorsionamos la naturaleza mientras pedaleamos, ecológicos y con nuestro “smartphone”, siguiendo los itinerarios de la última versión del “Google maps  de turno: como Filípides de Deliveroo o de Glovo nos ponemos al servicio de un sistema que nos compra con la migajas que eclipsan el confort de quienes viven de invitar a salir de la zona de confort desde las asesorías mindfulnésicas y holísticas de sus subcontratados gabinetes de márquetin y de gestión psicológica del cliente.
Porque el antónimo de obsolescer no es conservar ni reutilizar. Hablar de consumo colaborativo es entrar en el juego de un sistema trilero y simpático, que no grita ni insulta, que calcula con sus algoritmos la balanza de toda transacción.  “Alargascencia” es el palabro que quiere ser antídoto y es paracetamol para el dolor de consciencia. Ante la obsolescencia especulativa, en sociedad anónima con la innovolatría, poco margen de progreso humano queda porque la fagocitosis sistémica lo convierte todo en su alimento. Como las vanguardias históricas de principios del siglo XX. Consumidores consumido somos: clientes y producto con apariencia de personas. ¡Nuestros trasteros están llenos de oportunidad de negocio! ¡Rebélate, fotografía, sube y vende! Luis Rodríguez, en su novela 8.38, nos ilumina sobre este negocio para salvar la Tierra: un hombre vende bombillas fundidas a mitad de precio, que compran quienes las sustituyen por las que sí funcionan en sus trabajos y se las llevan a sus casas. Gana el vendedor, que seguramente las consigue en las basuras; gana el comprador, que tiene bombillas por la mitad de su precio; perdemos todos.
El presente y el futuro próximo son de la generación “Snowflake”, de personas que viven por encima de las posibilidades de su producción, que desprecian la herencia porque se conciben centro onfálico y hacen de la comodidad y la subcontrata su “modus vivendi”. Y sus educadores son quienes han abonado ese crecimiento pensando en un futuro incierto (¿cuál no lo ha sido?) que ha de ser suyo y acabará siendo monopolio de los titiriteros virtuales de la coartada globalizadora para el lucro personal de siempre. Una generación que viven la crisis de la adolescencia como un entreacto que dura más que la propia obra (¡Oh, Jaime Gil de Biedma!): una oportunidad de negocio que puede empezar a los ocho años y acabar a los cuarenta. Claro que toda generalización es tan falsa como la globalización y de todo sigue habiendo en la viña del  [s]eñor (feudal 4.0)
Unas botas. Las de Charlot hechas arte (buscad en las imágenes de Google el sintagma “botas de Charlot” y comprobáreis lo que quiero decir). O las botas que me han acompañado los inviernos de los últimos diez años. Quizás ya no pasen de este año: remendadas por dentro, acusan el cáncer del tiempo y de los muchos kilómetros trasportando mi peso y mi pronación. En sus talones hay coronas de una pelota de tenis para compensar los desgastes de un pisar enérgico y aquíleo y dobles plantillas. Cuando las compré no me ofrecieron para su financiación, como sí hacen en la venta de coches, un “renting” o un “leasing”. Ignoran que yo podría llegar a ser alguien famoso y que la metonimia que pueden ser mis botas alcanzaría precios astronómicos en una subasta. Supongo que, estadísticamente, esa posibilidad es despreciable y que no computa en el universo de ganancias empresariales.
Los pasos dejan huellas en los pies. Al andar hacemos camino, sí, pero, sobre todo, crecemos, peripatéticos. La novedad en los pasos cultiva ampollas. La costumbre amolda el continente al contenido, mimetiza y sincroniza sus sinergias. Como las arrugas en la piel o las cicatrices, las suelas hablan de paisajes y las escoriaciones en el cuero de caricias o zarpazos. Las ampollas por roce vanguardista, está por ver, quizás puedan llegar a ser el valor añadido que reclama todo negocio: ampollas artísticas, con formas que el cliente puede elegir para sentir lo que el “influencer” XY ha hecho viral. Unas botas viejas son intransferibles, pero un pantalón (mejor dicho, medio pantalón) puede ser delirio “vintage” clonado por la franquicia W que vende a precios “prêt-à-porter” (explotando a los productores de esos artículos, incluso, si se compra por catálogo virtual en Amazone, haciendo miserables a los que, milagrosamente, lo llevan de la pantalla a casa). En el culmen del cinismo hipócrita, un anuncio de Airbnb presenta la oportunidad gentrificadora de viajar (esto es, desgastar con pasos las suelas de las botas) como la mejor manera de conocer (¿“aprehendere” o, simplemente, consumir?) un barrio desde su intrahistoria (¡Ay, Unamuno: cuánto te necesitamos hoy!)
Mis viejas botas agonizan. Pacientes en una caja, bajo la cama, limpias, lustradas y embetunadas, sin los cordones, tendrán que esperar un año más la elegía. Su caminar, “con quien tanto he querido”, hernandianamente, añorará en su sombra del verano mis pasos de pies descalzos.
La picaresca “New Age” de la facilofelizocracia, como las cagadas de mosca en el escaparate del universo que dejan huellas virtuales que son causa y consecuencia de negocios, acecha nuestro deambular. Mis viejas botas no han de ser cómplices de la magmatización etérea de la nueva esclavitud. Me compré tres pares iguales el mismo día: dos siguen, vírgenes de pasos, siendo parte de la pequeña eternidad de la vida de un hombre coetáneo y refractario a las modas.
Atrapado en la tela de araña de sedas invisibles pero poderosamente pegajosas, este texto (tejido desde el pensamiento analógico) ha entrado en el horno de las “cockies” (apelativo de abuela de los usureros algoritmos) y llamarán a la puerta de mi pantalla los comerciales de todo aquello que detesto. Paradojas de amar unas botas viejas.

lunes, 29 de abril de 2019

Una editorial literaria, un joven talento de sesenta años y la novela-ensayo de un emboscado


 
Toda la literatura cabe en una novela




 
Luis Rodríguez presentó su novela 8.38 en la librería Documenta de Barcelona el 190406


                          […] Es el caso –respondió la Dolorida- que desde aquí al reino de Candaya, si se va por tierra, hay cinco mil leguas, dos más o menos; pero si se va por el aire y por línea recta, hay tres mil y doscientas veinte y siete. Es también  saber que Malambruno me dijo que cuando la suerte me deparase al caballero nuestro liberador, que él le envidiaría una cabalgadura harto y mejor con menos malicias que las que son de retorno, porque ha de ser aquel mesmo caballo de madera sobre quien llevó el valeroso Pierres robada a la linda Magalona, el cual caballo se rige por una clavija que tiene en la frente, que le sirve de freno, y vuela por el aire con tanta ligereza, que parece que los mesmos diablos le llevan. Este caballo, según es tradición antigua, fue compuesto por aquel sabio Merlín; […]”

             CERVANTES, Miguel de. De cosas que atañen y tocan a esta aventura y a esta memorable historia en El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha (XL, II). Barcelona: Instituto Cervantes-editorial Crítica, Biblioteca Clásica, 50, 1998 , pág. 951. Edición de Francisco Rico y Joaquín Forradellas.



“El  poeta é um fingidor.
Finge tâo completamente
que chega a fingir que é dor
a dor que deveras sente
[…]”

PESSOA, Fernando. “Autopsicografia” en Poesias. Lisboa: Ática, 199515ª, pág. 235.


Car Je est un autre. Si le cuivre s’èveille clairon, il n’y a rien de sa faute”

                 RIMBAUD, Arthur. Cartas del vidente. 15 de mayo de 1871.


[…] “sí la complicidad, su mantenerse
herida por el sable que nos hace
sabernos personajes literarios,
mentiras de verdad, verdades de mentira.

Recuerda que yo existo porque existe este libro,
que puedo suicidarnos con romper una página”

GARCÍA MONTERO, Luis. “Recuerda que tú existes tan solo en este libro” en Diario cómplice. Madrid: Hiperión, 1987.

                  
                   Babilonia no es otra cosa que un infinito juego de azares

                                                        Jorge Luis Borges


“Le chair est triste, helàs! et j’ai lu tous les libres”

                                    Stéphane Mallarmé, “Brise marine”

“No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio”

                                   Albert Camus. El mito de Sísifo

“Escribo Escribo aquí, en la celda de una prisión. Sí estoy encarcelado, por muchos años. No lo he dicho hasta ahora, ni creo que se intuyera… porque no he pensado en ello. Mientras escribía no sabía que maté a un hombre”

“La literatura no es escribir fuego; el fuego se nombra en todos los idiomas. La literatura es el modo en que acerco las tibias manos a ese fuego y qué emoción me produce”     

“la Virgen llevaba siempre un escapulario; ¡un escapulario!, ¿cómo diablos puede llevar la Virgen un escapulario?, ¿y si se apareciera Dios lo haría con un crucifijo?”

“Conocí a Emilio Maluenda Sáiz; Emilio, a los cincuenta y cuatro años, compró una caja, un féretro; lo colocó en el garaje de su casa y se introdujo en él un  minuto; no recordaba qué le llevó a hacerlo; esa misma tarde volvió a meterse y permaneció casi una hora; lo hizo a menudo, casi todos los días, muchas horas; lo único que me dijo Emilio es que hacerlo tenía todas las ventajas de estar muerto y ninguno de sus inconvenientes”

“Imagínate, dijo Luis, tú, hace muchos, muchísimos años. Miras a tu alrededor y qué ves: sustantivos. Estás rodeado de sustantivos, todo, todo lo que existe, tú incluido, son sustantivos”

“Luis se echó al monte, pensé sin pensar.”

“La literatura, lo que más amaba en el mundo, se ensañaba conmigo. Me había matado”

“Un escritor, dijo, es un tipo que se pone al borde del abismo esperando que alguien se acerque y le pregunte qué mira tan fijamente. Cuando eso ocurre, cuando el lector abre el libro, el escritor aprovecha la distracción para empujarlo al vacío.”

[…] los organismos unicelulares no procesan la información, así que son los únicos que ven el mundo tal cual es.”

“1 Llamo 1 al hombre que soy realmente.
2 Llamo 2 a quien creo que soy.
3 Llamo 3 a quien me gustaría ser.
4 Llamo 4 a quien no seré nunca, en ningún caso ni situación.
5 Llamo 5 al hombre a quien debería suplantar, porque le quité la vida, si creo que lo hice mal y debo, en la medida de los posible, restituirlo.”

“Me eché al monte.”

“Me llamo Jacinta. Tengo doce años.
Anoche soñé que Luis saltaba al vacío.
Luis Rodríguez, el escrito, se suicidó en el embalse de La Cohilla”

“El cerebro sobrevive al corazón nueve segundos.”

“-Vas a suicidarte?
-No, voy a matarme.
-Es lo mismo.
-No, matar lleva implícito un coraje que le falta al suicidio, y a mí, ahora, ese coraje me arropa”


“-Cuando se producen estos diálogos, pienso si Magaldy, Claudio y yo misma [Jacinta] no seremos personajes de Luis. Me toco el brazo: la consistencia es indudable, luego existo.”

“-Que algo que te cuenten sea verdad o mentira solo sirve para delatar cómo valoras su sustancia. En lo esencial, la verdad no tiene prestigio”


[…] es que la impostura creaba otra realidad, una realidad que iba  a pelear, incluso derrotar a la propia realidad”.

[…] quizá nosotros, el mundo, somos un juego de Dios: lo que llamamos sabañones, melancolía, granizo, corbata, derecho civil, sexo o tuberculosis, no son más que incorporaciones de Dios al juego original.”

[…] unas veces aprovecha para constatar que su reflexión es sólida, otras como una especie de peldaño (el peldaño no sabe que es escalera) para acceder a otra idea complementaria.”

“Si sumas nuestro potencial al nacer y lo que fuimos en aquel momento, el resultado es el mismo que sumar lo que somos y lo que podemos ser. Adonde quiero llegar es que la vida, te esfuerces y machaques lo que quieras, es un  segmento. Un puto segmento.”

“-Spinoza decía que si una piedra lanzada al aire tuviera conciencia pensaría que se desplaza por su propia voluntad. Y vino después Schopenhauer y le dio la razón a la piedra. El golpe es para la piedra lo que para nosotros el motivo, y lo que a la piedra le arece gravedad y persistencia nosotros lo identificamos como voluntad, igual que la piedra si tuviera conocimiento. ¿Te das cuenta? Estamos construidos con piedras de agua.”

“Creo que Jan mató alumbrado por su lucidez, porque vio la enfermedad y el dolor con una nitidez que al resto, por fortuna, nos ha sido vedada. A Jan lo arrolló su propia inteligencia.”

“Me personé en la funeraria y encargué dos cajas. Dos féretros idénticos para dos entierros. En uno metieron el cuerpo de Luis y en el otro sus libros.”

“Hijo mío, ¿vas a suicidarte con esa ropa?”

“Creo que a Luis no le interesaba la vida. Lo que hizo suicidándose fue ponerle fin a su literatura.”

“Un escritor habrá comenzado este relato diciendo que me masturbo mirando fotografías. Yo no.”

“Eres yo”, pensé. En aquel momento no la reconocí –era Jacinta-. “Eres yo”, abrí los ojos, la vi y pensé que era yo mismo. Imagino que situar mi yo en otra persona, después de una coma, es uno de tantos desbarajustes.”

“-Desde los doce hasta los catorce años violé repetidamente a mi padre- dice Lucía-.”

“-Luis Rodríguez me ha matado.”



RODRÍGUEZ, Luis. 8.38. Barcelona: Candaya, 2019, pág. 26, 28,50, 50, 52, 55, 56, 67, 67, 68, 72, 77, 79, 96, 98, 99, 119, 122, 143, 145, 147, 149, 151, 155, 155, 161, 172, 180 y 183 (respectivamente)


                   “Las rosas de papel no son verdad
y queman
lo mismo que una frente pensativa
o el tacto de una lámina de hielo.

Las rosas de papel son, en verdad,
demasiado encendidas para el pecho

Jaime Gil de Biedma, “Canción final” en Las personas del verbo. Barcelona, Seix Barral, Biblioteca Breve, 1988 , pág. 174.







Luis Rodríguez es Alonso Quijano y es Cervantes. Y es Vila-Matas y es Borges en una biblioteca de Babel poblada por Funes memoriosos y alephitas en jardines de senderos que se bifurcan. Y es Luis Rodríguez personaje que habita en un Luis Rodríguez sentado en el sillón de orejas de terciopelo rojo desvaído del parque continuo y cortazariano que es una librería como Documenta (con follón reivindicativo de un fondo que es la calle). Álvaro Colomer (Barcelona, 1973), periodista-novelista-presentador, versado en muertes y suicidios contemporáneos, abre la espita de la vida para que Luis Rodríguez hombre (Cosío, Cantabria, 1958), poseído por el Luis Rodríguez personaje (según Magaldy, nacido el 2 de septiembre de 1948 -¿en Soyube?-), brote en un daltónico que hace de su incapacidad una virtud narrativa trufada de anécdotas que son abortos de novelas. ¿Qué Luis Rodríguez piensa a qué  Luis  Rodríguez en este muestrario de posibilidades literarias, de aperitivos que son mosaico en un banquete en que la vida se alimenta de palabras y las palabras de vida?

Luis Rodríguez (y ya van catorce con este: vendrán más) es maestro de una nueva variante del “spoiler”: oírlo en su torrente expositivo es avanzarse a leerlo, que es, a su vez, la ficcionalización de lo vivido. Como si Sansón Carrasco fuese el mismo don Quijote disfrazado de bachiller y leyese sus aventuras como si fuesen de otro siendo muy suyas. Pero ahí estaban Álvaro Colomer, Eduardo Ruiz Sosa, Álex Chico, Manuel Marín, Olga Martínez y Paco Robles para situarnos en una realidad literaria. Y estaba Verónica Badenas con su móvil dando vida digital duradera a la velada efímera en tiempo y larga en literaturas. Luis Rodríguez es una matrioshka sin soldadura entre sus identidades: contenedor, continente y contenido habitan una continuidad osmótica que los hace intercambiables en una confusión que los funde para hacerlos aleación literaria. Quien nos habla desde el sillón y quien nos habla desde las páginas es uno y distinto, como las personas del verbo. 

Tuvo que trabajar Luis Rodríguez en un universo de números: las estadísticas y la cifra de la realidad enhebran acción y palabras. Detalles como el del espía inglés pillado en Alemania por escribir el siete sin palote o el inicio mismo de la novela (¡esos principios luisrodriguecianos!) son dos ejemplos del juego de cifras y letras que también es 8.38. Juego de la flor con la baraja española. Lotería; tirada de dados que no podrá abolir el azar. Profesión de lector, a doble jornada con la de empleado de banca primero y a tiempo completo desde su jubilación. La paradoja de la cuenta y cambio de los tres amigos bien vale la disertación lógica que cada lector debe emprender, al margen, totalmente, del hilo narrativo. O las recurrentes cábalas de Doval (población de Soyube en múltiplos de cinco, proyecciones de edades que nos llevan a distinciones gramaticales entre “ser” y “estar”, “numerización” de la realidad…) Incluso el listados de libros de uno de los dos féretros del entierro de Luis contiene la cantidad de la calidad: cincuenta títulos que comprimen universos de elecciones afectivas.

Juego de espejos, juego de páginas que, como el reflejo stendhaliano  del camino o la nivola unamuniana, cervantinizados, toma prestados Luis Rodríguez para multiplicar, desde una ironía de ficción borgiana en un diálogo entre metaliterario y metavital, las realidades narradas. Pero con zurcidos de estirpe barojiana que hacen que la anécdota florezca en un tejido preñado de posibilidades que se quedan en apuntes. Cervantes inventó la novela moderna al alargar una novela ejemplar. Cervantes fue pionero en el “copy & paste” cuando era un método original. Luis Rodríguez, cervantino y barojiano, reinventa el género y lo hace inter e intra textual. En una novela cabe todo desde  Cervantes. Y, desde Baroja, la estructura está subordinada al fluir de las acciones que los personajes provocan. Como un Hamlet monologando sobre la acción desde la acción, las voces intra-auto-extra-homo-hetero diegéticas dan al relato de Luis Rodríguez una intrahistoria universal. Un empleado de banca que, desnudo de cintura para abajo, se hace pasar por director de la entidad y atiende a los clientes sin  levantarse. Un vendedor de bombillas fundidas a mitad de precio que encuentra su nicho de negocio. Una atracción de circo cuyo reclamo es enterrar vivo a uno de los artistas que será desenterrado a razón de palada por entrada comprada. Historias sin desarrollar, embriones de posibles novelas (como su editora Olga Martínez destacó en su presentación) que son como orcinas, como astillas desprendidas de la madera del relato por el corte del hacha de la pluma de Luis Rodríguez. Mejor, como fragmentos que flotan en el agua de la literatura en la que nadan los Luises fractales y con neuronas espejo. Orcinas que arden como mariposas-lamparillas sobre el aceite de la imaginación realista hecha texto, transustanciada en verosimilitud metaliteraria e intertextual, en nota a pie de página que fagocita las páginas.

Guiños como el de “habras” hacen de esta novela también una yincana: “No habras la boca. Mete el dinero del cajón (el de la pinza NO) y no mato a nadie” (pág. 161): “el empleado solo recuerda la cicatriz. El cabrón se ha escondido de puta madre detrás de ella. El habras, otra cicatriz.” (pág. 164)

Pío Baroja soñaba en sus novelas con ser un hombre de acción y conseguía, intrépido y dinámico, que la aventura contagiara al lector. La estructura quedaba subordinada a la yuxtaposición de anécdotas. Y el Pío Baroja reflexivo, en ese camino de perfección frustrado hacia la felicidad que empalabra su Andrés Hurtado, se contempla en zapatillas, boina y bata, escéptico y compasivo. Esta novela pide una lectura lenta, conceptista: está llena de agujeros hacia otros mundo literarios, de notas a pie de página, de hipervínculos que alimentan el caudal literario de las páginas. Como Baroja, el caudal creativo solo se detiene cuando el editor le quita el libro de las manos: reescribiría siempre la misma novela, mallarmeano, como esa ficción real de un Luis Rodríguez que durante diez años escribe siempre el mismo párrafo con diferentes máquinas de escribir alquiladas: “Etéreo, metálico, absorto y hueco, las palabras restallan en venablos cárnicos que andrajan el aire, caen al suelo, y reptan inermes por la arena.” Ahí está, como su cuento “La orcina”, como las referencias a sus novelas La soledad del cometa (2009), novienvre (2013-2016), La herida se mueve (2015) o El retablo de no (2017). Intertextualidad como savia fértil de este hombre de acción cuyo corazón bombea literatura, cuyo cerebro ve un mundo leído. Solo así consigue ser Cide Hamete Benengeli, el traductor, el narrador, don Quijote, el cura en la venta leyendo a los congregados “El curioso impertinente” y Cervantes. Sobretextualidad como paisaje mental y como material de construcción creativa. Facecias enhebradas en el cuerpo novelado como en El Lazarillo (anónimo este, de magmática y fractal autoría  8.38). Anécdotas y digresiones que se cruzan y paralizan, la trama. Luis Rodríguez es Hamlet padre, en la mente de Hamlet hijo, sobre la columna de un estilita subterráneo. Pero da vida también o lo que mata la acción principal frustrada: el negocio cubano de las bombillas fundidas a mitad deprecio; la historia del artista enterrado vivo del circo Grand Royale para atraer al público (y la de la expectación impertérrita ante la posible salida de la tumba de Houdini en su entierro); el secuestro de los montoneros argentinos de los hermanos Born en 1974; los mapamundis y planisferios de Arthur H. Robinson; las estrategias de portero y jugador ante el penalti; los besos en morse de los amantes; “La orcina” (en la que el sujeto narrador se aclara la garganta como Libanio); la versión teatralizada de “La lotería de  Babilonia” de Borges y su lógica de reglas del absurdo; repeticiones que cambian su sentido; el tábano de Doval (¿debe hacernos pensar ese personaje en el militar responsable de la represión en Asturias de la revolución de 1934?);la pierna del militar conservada en un  museo; la disertación sobre la “válvula de la hipocresía” de las personas que viven presas del síndrome de Tourette; la historia de Jan, el enfermero asesino; el trampantojo de Gabriel, el inspector ladrón, y la invisibilización de un simple chubasquero; el condón usado resbalando por la cortina de plástico; la escena de Ginés acariciado como una mascota por Claudio para reconciliarse con su cuerpo; las observaciones de personas y estados de Nuria la chupapiedras; el íntimo exhibicionismo de Justino, el empleado de una pequeña sucursal bancaria que se despelotaba de cintura para abajo, oculto tras la mesa para suplantar al director y atender a los clientes; las reiteradas violaciones de Lucía a su padre…

Una voz narrativa desconcertantemente atrayente: un laberinto de palabras iluminadas por palabras que ilumina las palabras de otros laberintos y dan luz a la realidad de este lado de la página desde la realidad dada a luz desde su envés. Para leer lento, desde la duración, como el plano secuencia de más de diez minutos del final de Nostalgia de Andrei Tarkovski: el cumplimiento de la promesa en la agonía cordial, mientras ardía en sacrificio el oferente, de un cabo de vela atravesando la piscina de aguas sulfurosas de sana Caterina. Literatura detenida, llena de grietas con géiseres literarios. Dice en una entrevista Luis Rodríguez (fuera de la ficción acotada en 8.38)  que “el lector es el oxigeno donde arte la literatura”. Como agente de posibles incendios, siembra intenciones que son llamas de lectores leídos. Una novela es un artefacto minado. La paradoja literaria de la verosimilitud: para vivir literariamente un texto haría falta la compasión vital del lector y eso lleva a una exigencia imposible que aborta la narración. El suicidio del protagonista no puede exigir el suicidio del lector, pero sí el esfuerzo por recuperar su voz interna, aquella que el narrador oye cuando lee en silencio.

Tarkovski esculpió el tiempo en su cine. El campo de alforfón de su infancia tenía que volver a florecer en El espejo y la actriz protagonista tenía que desconocer el guion para poder interpretar la realidad de una espera que fue real. Solo si el sentimiento es real la ficción puede ser arte. Aunque esto lleve al culo de saco del fracaso. Un escritor, demiurgo léxico, que ignora quién es el maquis infiltrado de su aventura fracasa de honestidad narrativa. De lo que no se pueda hablar hay que callar dice Wittgenstein, pero si eres un animal literario haces de la impotencia reto narrativo y del argumento corazón de la ficción. Luis Rodríguez muestra, como Baudelaire, su corazón al desnudo: las entrañas del narrar la narración, el juego trascendente, como El Quijote, que crea un aparato en la frontera misma de la demiurgia, sin voluntad de impostura, como un Fahrenheit 451 invertido.

Pablo es un amigo de Luis. Su apostol: albacea y Judas. Es él, encarcelado, quien nos presenta la frustración novelística de Luis y quien le sigue la pista hasta Soyube y quien hace realidad literaria su última voluntad. Como el interés que suscita un nombre tachado por encima de los que se pueden leer, tres voces dan voz al relato onfálico de Luis y sobre el Luis que no consigue transformar en relato la historia real de un guardia civil que, profesional y sin revanchismo, busca a dos maquis. Tras Pablo, Jacinta. Una creación que se parece a su creador: como una flor que se cree semilla. Tras Jacinta, Claudio. Un trabajador de banca, como lo fue el Luis hombre durante cuarenta años, de una cojera moral que contrapuntea la introspección creativa de Luis.

Un amigo escritor. Una niña de doce años que cree ser un personaje pensado por Luis. Un empleado de banca cínico de día, prostituto por las noches, tan diferente a Luis que es Luis mismo. Porque, como ha dicho Vicente Luis Mora, la rareza de Luis Rodríguez, destilado en estilo, es tan singular que no se parece ni a él mismo. Cuando Pablo nos da a conocer la vida de su amigo, esta ya se ha suicidado. Su frustración narrativa se vuelve potencia novelística tras su muerte: su impotencia florece en potencia metacreativa. No muere la literatura con la metonimia dostoievskiana del suicidio de Luis Rodríguez: 8.38  es la bisagra entre la vida y su literaturización. La realidad fagocita la ficción, como en el sol del membrillo de Antonio López.
Olga y Paco Candaya lo han vuelto a hacer. Su artefacto volador, su clavileño mercurio entre las dos orillas del Atlántico, su espejo de Alicia entre el autor y el lector obró de nuevo el prodigio de una empresa industriosa (como Alfanhuí) que, alquimia humanista, transforma el negocio en cultura que es presencia. Acompañan a los autores que son su razón de ser. Publican la literatura en la que creen porque les apasiona: oír a Luis Rodríguez recordar, emocionado, como en la madrugada Olga le leía a Paco una novela que ya se habían comprometido a publicar, hospedados en la casa el escritor, es un homenaje a vivir literariamente. La suya es, por encima del aparente pleonasmo, una editorial literaria.

Cada vez que un lector abre 8.38 vuelve a nacer Dostoievsky en un  rincón abierto de este mundo, aunque su reloj marque la hora en digital y el brigada de la guardia civil y los dos maquis cántabros nunca lleguen a encontrarse más allá de lo que lo pudieran hacer en su realidad emboscada, abolida la posibilidad de trascender en novela. Luis Rodríguez es el infiltrado de una trama no escrita que trama el argumento de este ensayo tan novela. En él viven también, entre otros, Vila Matas, Camus, Don DeLillo, Lucía Berlin, Walser, Cervantes, Conrad, Valéry, Nabokov, Kundera, Flaubert, Stevenson o Sebald, a tres voces narrativas, a contrafacilidad, para afirmarse en el artificio literario más convincente, aun a sabiendas que toda novela es un borrador hasta que se demuestre lo contrario, que siempre en un proceso sin más finalización que la que obliga la edición. La identidad literaria, íntima, viene a ser la única verdadera identidad.

“-Luis Rodríguez me ha matado”,  dice Jacinta en la página 183. Y, cuatro páginas después, ciento setenta y un nombres de autores suicidas escriben el epitafio –su 8.38- de una nota al pie de obra cuyo peso es la causa y la consecuencia de una novela sobre la imposibilidad de escribir una novela y que aborta un ensayo fértil de literatura, como Virginia Woolf confundiéndose con el croma de una corriente textual de la que es corazón de piedra, tinta y sangre.
El brigada Aníbal Briz y los maquis Opo y Manuel siguen emboscados en el silencio del envés de las palabras de un novelista consciente. El haz es la reflexión sobre la impotencia de elevar a ficción la realidad. La guía de teléfonos, con sus nombres y números, sin ser novela, es, potencialmente una serie novelesca desde la mente lectora de un novelista. O una nota a pie de página, esa realidad aumentada que puede ser prescindible o tan imprescindible que abra una novela subterránea mejor que la propia novela a la que complementa.  O la intertextualidad de la aclaración de un concepto (“trasto”, por ejemplo). La longitud de onda de la narrativa de Luis Rodríguez todavía espera el ajuste de los radares lectores actuales, quizá.

Como el Apolo del soneto XIII de Garcilaso de la Vega, el Luis Rodríguez que es escrito por Luis Rodríguez, bloqueado por el exceso del peso de las posibilidades de la literatura, hace de la potencia causa y efecto de su acción pasiva tan fértil, en la que el llanto es goce. Le debe tanto a la literatura, es tan artefacto literario, que en los resquicios de la reescritura, en el palimpsesto que es siempre lo que escribe, quiere (y no puede) habitar toda la literatura:


“¡Oh miserable estado, oh mal tamaño,
que con llorarla crezca cada día
la causa y la razón por que lloraba!


            Porque los personajes exigen ser bien narrados y el escritor debe exhibir su imperfección de hombre. La honestidad de Luis Rodríguez es proporcional a la frontalización de la impotencia creativa de Luis Rodríguez. La “mise en abyme” está preparada en el borde del precipicio.





Autor y personaje, Luis Rodríguez; presentador, Álvaro Colomer; y editora, Olga Martínez "Candaya" en la presentación de Documenta