domingo, 9 de agosto de 2020

El paralelismo ucrónico de las vidas posibles entre el determinismo y el libre albedrío. Las alternativas presentes del presente

 

 

     Atardecer en el templo de Debod: 

centro osmótico de las historias del argumento

 

Hernández Rabal, Andrés (2020). Atardecer en el templo de Debod. Barcelona: Resistencia Literaria, Narrativa

 

                   Los hombres, a veces, son dueños de su destino

                                                        Shakespeare el Julio César

 

         La dualidad rige toda la trama. Lo real y lo posible. Lo posible y lo real. De la ficción, claro. Spinoza y Borges: la filosofía y la literatura; Nicolás o Miguel; Mónica o Sonsoles; Almudena o Sonsoles; John o Gerardo; Jéssica o Dolores. Lo que viene dado o lo que se busca. Quién eres o quién puedes querer ser.

         En la estela de Paul Auster, con Sísifo como referente del eterno retorno. 4, 3, 2, 1: 1, 2, 3, 4. Archibald Isaac Ferguson es Miguel Hernádez Gilabert-Nicolás Espinosa (“Nicolás” por Maquiavelo y “Espinosa” por Baruch). Y las posibilidades  las da la una Wikipedia paralela a la común en la que el “googlearse”, el autosurfing internaútico, nos adelanta lo que todavía no hemos vivido. Como La cantante calva de Ionesco sin absurdo, vivimos lo vivido sin vivir como un juego de expectativas que nos condicionan pero sobre el que podemos modelar las acciones para determinarnos el futuro. Hay una fractalidad en la realidad y el deseo que es responsabilidad del sujeto atractor de objetos.      

         La novela despliega su argumento en cinco partes que viene determinadas por un prólogo. Miguel-Nicolás, un filósofo de treinta años convertido por la necesidad nutricia en burócrata, aparece en la escena narrativa, narcisista, contemplándose en un espejo. Cree que se conoce. Vive en una reiteración absurda de la obligación. Vive también de los pensamientos que consigue ordenar en libros: ha escrito dos, autoeditados; pronto sabrá que será la literatura filosófica  la que le permitirá vivir la vida que quiere vivir. El poder de la seducción y Doble secuestro han de ser la semilla de unas posibilidades que dependen de la seguridad que da creer que se conoce el futuro. El determinismo rebaja su condena a libre albedrío: en la proyección objetivada de los deseos está parte de su materialización futura. La interacción entre los personajes, con el narrador en tercera persona como demiurgo, provoca las consecuencias. Un narrador en el que hay una parte del autor de la novela, Andrés Hernández Rabal.

         Cada uno de los cinco capítulos está titulado con el protagonista dual (seudónimo y nombre; nombre profesional y real) que provoca con su acción la acción narrativa del protagonista, presentado en la “Introducción” y la primera parte-capítulo, “Nicolás (o Miguel)”. A su vez, cada parte se subdivide en breves secuencias con títulos que son avances del asunto: cuatro capitulillos tiene la primera; la segunda, “Mónica (o Sonsoles)”, tiene diez; trece tiene la tercera, “Almudena (o Sonsoles)”; “John (o Gerardo)” tiene cuatro; y la quinta, “Jéssica (o Dolores)”, tiene cuatro, “Epílogo” incluido. Es una arquitectura inteligente. El motivo generador de la trama podría agotarse pronto pero Andrés Hernández Rabal sabe gestionarlo para que rinda y sorprenda, un poco lastrado de moralina a veces. La expectativa abierta para las siguientes páginas está muy conseguida. El estilo conseguido en sus dos libros de relatos anteriores, El círculo vicioso y Universos adyacentes gana en cuerpo y estructura al hacer de la literatura tema sobre el que gira también un argumento hecho de realidad y deseo, de presente y futuro. Como si el tiempo fuese un haz infinito de presentes reversibles y pudiésemos saltar de un hilo temporal a otro en cada aquí y cada ahora: eterno retorno y mundo paralelos con tangencias provocadas. Las dos obras futuras de Miguel-Nicolás: La metafísica de lo cotidiano y El Librepensador, en un juego de espejos de ficción cervantino (o, por ponerlo al día, un recurso de realidades aumentadas a lo Gustavo Faverón en Vivir abajo) son motivaciones de futuro que fundan presente. La seguridad de la expectativa convierte la adivinación en camino de progreso personal. Porque el valor oracular de la Wikipedia es personal e intransferible como información: hay que transformarlo en acto. Entonces sí que puede compartirse el privilegio de saber: cuando es ya una realidad. A eso juega el narrador para atraernos con lo narrado. Puede que lo que se cumple solo sea una consecuencia del un suelo comatoso. Puede que lo que pasa sea realidad (en la ficción) y que el recuerdo de lo que se creyó real incida en lo que acabará siendo vida.

         Las perspectivas desde las que están presentados los personajes, que parecen una cosa y acaban siendo otra, dan al argumento la justa profundidad que necesita el interés lector: están al servicio de la historia, se funde, se confunden,  dialogan entre ellos sin hablarse. El sexo, la amistad incondicional, la tensión sexual, la infidelidad trufan la narración de giros en los momentos oportunos. Incluso un personaje como Gerardo Cuenca-John Spencer, el más lineal de todos, el candidato a ser antagonista, el felón, el aprovechado fanfarrón, matiza su antipatía con dosis de grises humanos que se agradecen. Dolores, la “lectura beta”, la amiga que es bajo continuo en la sinfonía de esta novela es, para mí, el personaje mejor logrado. No tiene ningún capítulo propio: cuando aparece su nombre en la quita parte ya ha logrado el narrador la alquimia del desenlace.

         En ese haz de posibilidades que es el argumento de este Atardecer en el templo de Debod hay anillos de presionan las distancias  y aúnan en tiempo y espacio reconocible la diáspora de las acciones: los libros en el limbo de una publicación futura que vuelven desde el pasado del trauma onírico ara hacerse presente y fundar futuro; el atardecer en el templo de Debod; el brillo del anillo Poétic de Chaumet; una felación; la prostitución hecha amor (con un guiño a Pretty Woman). Casualidad o destino, posibilidad cultivada o azares cruzados. En una mano, la opción de acabar la narración que es la vida; en la otra volver a un camino que siempre corrió paralelo, oculto en su evidencia (en la ficción y en ese embaste en que se pespuntea la vida sobre la que rematar como sastres la existencia).

         Lo extraordinario puede fundar lo ordinario, esa rutina que nos asegura la senda vital en la que ser desde las decisiones que queremos tomar. Las señales del destino son proyecciones desde el presente. Triunfos y fracasos son parte del carrusel de vivir que hemos sabido construir. Y esa trama vital debe haber espacio para lo onírico: desde el inconsciente causado por un accidente o desde la libido subconsciente que abre la conciencia consciente.

         Atardecer en el templo de Debod es una buena novela, una novela en la que la historia apunta hacia unos sucesos que no pasan y que obliga al lector a ir replanteándose el argumento. La primera finta en las expectativas argumentales siembra la intriga cultivada hasta el final de la historia.

 

 

 

miércoles, 5 de agosto de 2020

Entre las grietas de la historia y la fe crecen los relatos. El peregrino desolado de José Ortega: los veinte años perdidos de Yahshsuah encontrados en un ensayo-ficción

 

 

         Ortega, José (2019). El peregrino desolado. Los años perdidos de Jesús. Málaga: Ediciones Corona Borealis.

 

 

La novela de José Ortega nos hace entrar en el paréntesis de los años ignorados de Jesús. Con él podemos imaginar y recrear el tiempo en que el Peregrino desolado se busca y se encuentra para poder después darse al mundo. La hipótesis por una formación vital en la cultura egipcia conecta los dos universos intelectuales del autor: la cultura antigua, con Egipto como centro, y la bondad. En esta novela, en este ensayo-ficción, la formación de Yahshuah es revelación de pasos hallados en el limbo histórico de las palabras sagradas: la herencia cristiana de Maat. Al calor de la hoguera de hogar del libro nos contaremos una historia que nos hará mejores.

José Ortega, abogado del mar y de la bondad cifrada en actos, nos habla para que sigamos aprendiendo a ver, nos enseña para que podamos aprendernos en la brecha que hay entre la verdad y el relato, entre la espiritualidad y la materialidad de ser. La serenidad de su discurso, diletantemente fértil, se nutre de hiperactividad e introspección. Diez novelas ha publicado, incontables son los pleitos, en todos los frentes jurídicos, trabajados (su Manifiesto 2012, una propuesta de reforma de la constitución al margen de la carrera electoral, es paradigmático de su esfuerzo por hacer justa la Justicia, democrática la Democracia y para hacer eficaz al activismo al margen de los activistas de sofá). Desde Gilgamesh y la muerte, 1990-1995 (primera parte de las tres del ciclo: luego vinieron Khol, el príncipe pálido y La piedra resplandeciente –ambos de 2001-) hasta El peregrino desolado (ahora está enfrascado en una novela sobre la pandemia de la Covid-19 en la que su azacaneo legal ha sido extenuante) nos ha enseñado desde el placer de la lectura con novelas como El último sueño de la mariposa y El árbol de la vida (2012), Camino al paraíso , La tumba y Mi hombre ideal (2013) o Nafuria (2018). En El sol, la luna y las estrellas, con una intención más ensayística podemos apreciar también la trasversalidad de su conocimiento, hecho de inquietudes, trenzado desde la trascendencia humana que forja en la antropología, la historia, el pensamiento político crítico, la literatura y la espiritualidad. Sus estudios de derecho y de Historia Antigua y Arqueología, mucho más allá de sus licenciaturas y cursos de doctorado, además de novelista y ensayista, le han obligado a hacerse guionista, productor, director de cine y televisión y a tener una productora con el nombre del padre de Gilgamesh, Lugalbanda, en la que dar salida a tanta sabiduría.

 

Lenguaje legal, lenguaje de la historia, lenguaje literario. La narración (novela o cuento popular) como conocimiento antropológico que hay que saber interpretar a la luz la interdisciplinariedad.

 

José Ortega, imaginación e inteligencia, es el cicerone en el viaje iniciático humano de Yahshuah. Nos lo trae diletantemente fértil en la bondad, peregrino de una tristeza alegre y trascendente. Su epifanía medular de veinte años puede ser antídoto ante tanta facilofelocidad hueca mediática e inmediatocéntrica. Dios, el innombrable, el oclusivo gutural, fue carne y palabra en Yahshuah. Salvador humano de Yahweh, necesitó peregrinar para aprender a ser salvador de los hombres. Egipto fue su escuela. La bondad, el equilibrio cósmico, la geometría de la belleza, la proporción, la inteligencia del sentimiento se hacen camino de vida en la revelación de Maat. La bisagra cultural de su buscarse nos acerca a lo que somos desde lo que fuimos. El viaje por Mitzráyim nos hace salir del libro ungidos de la esencia de la bondad circadiana, del orden cósmico, geográfico y ético de ser.

 

Jesús-Yahshuah, mito, personaje y persona, siguió siendo en ese paréntesis de silencio que va desde sus doce y sus treinta y tres años: José Ortega novela la aventura de un héroe trágico, pasión humana antes de ser pasión divina, fundador de la catarsis en el teatro del mundo. En su ficción seguimos sus huellas sobre la arena del desierto fértil de Maat en Egipto. De la literatura performativa y perlocutiva, ninguna más fértil (en tergiversación, en exégesis y en humanidad positiva) que La Biblia. Ningún personaje ha fundado tantos comportamientos como Jesús, esa creación entre la historia y el mito, entre la persona y la idea ficcionalizada. Tampoco hay en el canon literario ninguna creación de tan prolija narración, tan palimpséstica (solo Cervantes se atreve a jugar a ese juego de espejos a un nivel comparable) como el libro de los libros.

 

Tras la epifanía pesebrística, un ángel hace soñar a José el peligro que acecha a su hijo Jesús. María huye con el fruto de su amor divino a Egipto. Herodes, embriagado por los velos de las veleidades del poder, busca a quien no va a encontrar sino en el futuro de su presente. En el Creciente Fértil, ese imperio sin murallas, halla el mesías su razón de crecer. Volverá cuando, adolescente, se busque. En Egipto se encontrará para que nosotros, después, nos sepamos hallar. De eso va la novela de José Ortega: del aprendizaje de Yahshuah para enseñarnos.

 

La cábala hebrea le permite hacer del alefato un discurso en un segundo plano de significación. Los doce capítulos, como los apóstoles, y el epílogo, llevan títulos que dan claves sobre el contenido usando algunos de los setenta y dos nombres de Dios. La carga energética de la vibración enunciadora judía también nos habla en la novela desde el ADN del espíritu. Con el Tetragrámaton como eje (YHWH: yod-he-waw-he), los trece trechos del exilio del protagonista vienen anunciados por atributos divinos sensibles que balizan la aventura desde el misterio que da alas a la lírica de su épica y a la épica de su lírica. Energía positiva que protege del mal de ojo ante las miradas que pueden matar; la armonía de la atracción entre iguales que lleva al amor incondicional; la fusión espiritual por la atracción del alma gemela; el dolor de una honestidad que combate el odio; el control sobre la presencia que puede detener la atracción fatal; la revelación de lo oculto tras detenerse a querer ver la verdad y cultivar e coraje para afrontarla; la capacidad para transformar la idea en acción; la fe pletórica en la certeza absoluta; el escuchar antes de decir para poder decir lo que se piensa; el panóptico de las consecuencias de los actos presentes; la conexión con Dios; la construcción de puentes hacia lo otro; el paraíso aquí y ahora a la luz interior infusa por la divinidad: esas son las estaciones de vida previas al via crucis de la penitencia pasional redentora. Ideas desde la demiurgia de la palabra formada con letras teofóricas con una trama atractiva como primer plano del argumento. HLLYH. Y una moneda como símbolo de los vínculos, con su cara de propaganda y su cruz de realidad. Y su sexo. En la Maat personal del ciclo circadiano transcultural y atemporal la bondad busca la intersección entre el sistema inmunitario de la glándula pineal y el vaivén de vigilia y sueño que alienta la luz y mece la oscuridad en su “efecto speculum”. “Si hacemos cosas buenas el mundo será bueno” dice Jose Ortega, en la vida y en la literatura. Jesús es Osiris. Y aunque Dios es innombrable, José Saramago y José Ortega lo nombran en su extensión humana que es Yahshuah.

 

El peregrino desolado no se queda en su tristeza desierta e inhóspita: su aflicción nos unge contra el poder ser uncidos, la angustia y el desasosiego. La transición entre dos épocas que lo contextualiza revela las interacciones entre physis y nomos que ponen los andamios del progreso real. Su exilio es conocimiento: este ensayo-ficción, ucrónico, de distopía pasada benigna, nos lo revela desde un argumento revelador.

 

 José Ortega, aguileño de vocación, centauro de lo espiritual y lo legal, abogado del mar y de la bondad empírica, místico y agente de la bondad, nos habla de la humanidad de Yahshuah, personaje y referente histórico y moral. Su vida entre la discusión con los mercaderes del Templo y su muerte nos va a permitir conocernos mejor y reconocernos en la herencia de la cultura egipcia y en la trascendencia literaria que nos hace más humanos.

 

El dragón dormido de Cope vela, telúrico, nuestro sueño de mujeres y hombres. José Ortega nos lo cuenta para que despertemos y seamos en el cuento.

 

 

lunes, 6 de julio de 2020

Sonetos de carne XIV:


  
 
Instante orgasmo

                                   

        
Geometría fractal del amor
                                              



                                                                 
      Ángulo obtuso. Uve abierta de hambre
por su vértice cóncavo de cueva:
curvas y radios diseñan tangencias,
confluyen en su estuario de sangres.

      A buscando su norte sur encuentra,
el envés del haz atrae a su encaje,
la dársena acoge el pecio de carne
que cierra la herida en que se alimenta.

      Mediodía extático. Centro eterno.
Cumbre abisal. Vaivén reflejo. Luz.
Danza de la sintaxis del encuentro.

      En el mar de amar han fundado el tú.
Se han fundido en la intersección del beso.
Son trasvase fractal de plenitud.




                                     




viernes, 3 de julio de 2020

Nación Vacuna: ucronía distópica en la elipsis








A Fernanda García Lao en su venir e irse para volver a venir y quedarse, en ese vaivén transatlántico tan argentinamente europeo



“Si quieren venir que vengan, les presentaremos batalla. Si es necesario este pueblo, que yo trato de interpretar, está dispuesto a escarmentar a quien se atreva a tocar un metro cuadrado del territorio argentino”


Desde el balcón Casa Rosada, Leopoldo Fortunato Galtieri, miembro de la Junta Militar argentina, declara la guerra a Gran Bretaña el 2 de abril de 1982





Argentina es una nación vacuna, un país carnívoro de kermeses con olor a asados y parrilladas. Un lugar donde la porción de vaca cortada es metonimia de fiesta: tiras, bifes de chorizo, bifes angostos, palomitas de paleta, matambres, entrañas, vacíos, colitas de cuadril, chorizos criollos… La identidad nacional pivota sobre la esencia vacuna. Por eso el héroe de esta novela es un segundón burócrata vegetariano: Jacinto Cifuentes es el funcionario de una patria en crisis.

Recuerdo que supe de la Guerra de las Malvinas por mi profesora de Historia de primero de BUP. Fue una epifanía en esos años de desconcierto adolescente: era preferible vivir en una democracia como la inglesa que bajo una dictadura como la argentina. Eso dijo. Minimizando la tragedia del conflicto. Fernanda García Lao, la autora de la novela, estaba entonces exiliada en Europa y conoció el hecho, en francés e incrédula, mientras hacía cola para entrar en un museo.

Los setenta y cuatro días de duró la guerra (del 2 de abril al 14 de junio de 1982) no nos importan mucho para disfrutar de la lectura. Ni ser unos apasionados del asado argentino. Basta lo dicho para contextualizar en la historia y en la realidad un argumento que desborda en fondo y forma esas circunstancias para ser literatura. En el enfrentamiento salvapatrias de la junta cívico-militar argentina gana pérdidas. En el enfrentamiento entre el lector y la novela pierde el conflicto y gana el arte. Nación vacuna nos lleva a un naufragio como el de Próspero en La Tormenta desde el fracaso en el éxito de la propaganda de guerra para intentar salvar una dictadura gracias a la Falksland War. La dictadura cayó y el arte se salvó. La operación mediática de la Argentina militar tiene su reverso en esta novela de Fernanda García Lao treinta y ocho años después.

En la ficción, Argentina gana la guerra. Es una nación mostrada en una distopía del pasado (como la de Juan Soto Ivars en Crímenes del futuro). El enemigo envenena el agua de las islas M y la vida es insostenible. La Junta civil, sin militares tras la guerra, emprende una campaña de repoblación en la que argentinas continentales seleccionadas deben asegurar con sus vientres que los soldados de las islas se perpetúan y pueden dar vida a la victoria contra el enemigo. Es una operación para reconquistar la victoria. Una victoria pírrica en un ambiente de apocalipsis de precariedades, difuminado en un paisaje de posguerra en el que el animalismo sexual busca, sin conseguirlo, tapar las grietas de la frustración de los personajes. Libido femenina que somete a los hombres. Hembras fálicas que usan a los machos, que los engañan incluso en una política de subsistencia y promiscuidades. Con el orden natural y social alterado todo pasa por válido. Es la pesadilla que nos hace vivir Nación vacuna describiendo un ambiente kafkiano (por esa lógica del absurdo burocrático impuesta por el punto de partida argumental, por la ironía macabra de un estilo cortante, lleno de elipsis, fragmentario). Los personajes parecen vacas colgando de sus ganchos, sin cabeza, en el matadero de sus vidas, regidos por las órdenes de un poder central y centralizador. Una dictadura desvaída con muchas zonas de sombra desde las que nos iluminan los personajes, libres y prisioneros en esas grietas del control. Grietas llenas de sexo furtivo como moneda de cambio.

La dualidad tensiona todo el relato. Padre carnicero con hijo vegetariano. Padre activo y militante ante una madre sin maternidad: sus dos hijos, Jacinto y Leopoldo, son, a su vez, el haz y el envés del emprendimiento (gris y fracasado el primero, protagonista de la acción; triunfador y brillante el segundo, agente de los acontecimientos narrados pero en un segundo plano). Una mujer en disputa “amorosa” entre los dos hermanos, Mona (la seleccionada 1789, la elegida por el pueblo), que medra y se sacrifica por la causa. Planes contra Jacinto con Erizo y sus axilas como intersección. Jacinto contra Rubén el camionero con Mona, la cuñada, en la discordia de la fertilidad salvadora de la mentira. Las mujeres “Lesbianas Re-evolucionarias en Contra” contra La mujeres del proyecto original para  combatir el heteropatriarcado de la regeneración. Violencia de la carne y la sangre. Disyuntivas trascendentes: “¿Coger o suicidarme?” (dice Cifuentes en el dilema que va del follar estéril a la muerte fértil). Como Fernando de Rojas dice traer de Heráclito a su prólogo de La Celestina: “Todas las cosas ser criadas a manera de contienda o batalla”. En ese caos sobrevenido por una guerra, la prostitución es un arma patriótica y la degradación se diluye en la tragedia general que la justifica una supervivencia con connotaciones raciales.

Novela proléptica. Novela ucrónica. Novela nave sobre un pasado que dosifica la acción anticipando la ficción que recrea una historia que nunca pasó. Fernanda García Lao inventa unos personajes que de estoicos acaban siendo hedonistas en el naufragio impuesto con párrafos breves como olas de un mar entrecortado. Novela de realismo simbólico cortante desde la voz de un burócrata aséptico, distante, desapasionado, pero en una orgía vital sin más placer que el frustrante y animal del sexo. Los espacios en que se mueven los personajes contribuyen a la sordidez: el matadero (ese que nos lleva a la novela homónima del argentino Esteban Echevarría, crítica también a un despotismo dictatorial del siglo XIX); Rawson (hijo crudo en inglés –hijo vegetariano afilador de cuchillos de un padre carnicero-), ciudad desde la que fletar hacia las islas M la salvación en el barco Nación Vacuna; el limbo con cementerio y almacén de la espera para el embarque tras el anuncio del aborto de la misión; esas isas M no holladas durante el argumento como destino de la derrota… Las cápsulas de carne, una especie de “Avecrem” que concentra todo el simbolismo de la novela, condensan la metáfora de las vacas abiertas en canal, el alimento de subsistencia, la gragea libidinosa, viagra pansexual de carne para compensar ausencias de apetito sexual. Carne de vaca para provocar la causa de la recuperación tras la catástrofe bélica. Cápsulas como vacunas contra la pandemia provocada. Vacunas hembra. Edward Jenner descubrió que la viruela bovina inmunizaba de la viruela humana. Era inglés, de Gloucester. Los ingleses emponzoñan la potabilidad de las islas M y las mujeres “triadas”  consumidoras de cápsulas cárnicas llevan en su cuerpo la vacuna. Su cuerpo es la vacuna que llega por mar en el Nación vacuna desde el continente al  archipiélago patagónico. Como en tantas leyendas (la de Sant Jordi entre ellas) la mujer es el agente (paciente) sacrificado por la causa general. Pero las mujeres de Fernanda García Lao, en la manipulación nacional, son quienes dominan sexualmente. También son utilizadas pero tienen espacios de poder sobre los hombres.

En una frecuencia de tono que nos puede recordar 1984 de George Orwell, perlada de atracciones como la del sudor de las axilas que se mezclan con las cuadrículas burocráticas de un encargado del registro, los personajes de Nación vacuna son ganadores de un Proyecto que los humilla pero que deben aceptar como un privilegio por su valor salvapatrias. Una revolución farmacéutica desde la única corbeta en el puerto de Rawson que la victoria contra el enemigo ha podido conservar en condiciones de navegar. “Hembras por la Patria” que no embarcan en loor de multitudes en la corbeta, que tienen que intentar cumplir su misión en un precario barco pesquero, el Quisquilla I, rebautizado como Nación Vacuna, en un trozo de costa sin puerto, anónimamente. Cuerpos procesados, de vacas, de mujeres, para salvar a los militares confinados en cuarentena, aislados, literal y metafóricamente. No hay vacunación inocua. La redención puede habitar en la vagina.

Toda la novela presenta unos espacios fantasmagóricos, entre kafkianos y beckettianos, con un Jacinto Cifuentes transparente, responsable pero pasivo entre onanismos oníricos potenciados por la lascivia de las cápsulas vacunas. Vulvas inflamadas. Mejillones que se abren como plantas carnívoras para que Jacinto mordisquee su carne naranja del sexo y entierre los cadáveres de sus valvas negras. Jacinto Cifuentes invisibilizado por la máquina burocrática, muerto oficialmente y vivo de facto. Responsable de engendrar en coitos programados el heredero, fingir un éxito militar con un fracaso administrativo que el funcionario va a remediar. La mentira como cimiento social.

Más allá y más acá de las coincidencias con coyunturas pandémicas presentes, Nación vacuna es una excelente ficción de una brevedad (140 páginas) que engaña porque entre los huecos de los párrafos hay mucha historia contada en silencio. Es la historia de un burócrata sometido al sistema en toda su contradicción de épicas de serie B explicada desde el estilo telegráfico de la administración y sus asepsias con el que frontalizar la putrefacción de lo narrado, para que los trámites de carne amortigüen su olor a sangre, para que los populismos de cloacas se confundan con los trasiegos nutricios de un matadero en su orgía cárnica.

Hemos empezado con las palabras reales de Galtieri con las que quiso vestir de gesta nacional una bravuconada militarista. Acabamos con las palabras reales de la ficción que son eco literario de su sustrato histórico (pág. 116). La maniobra populista busca efectos y no verdad: el Nación vacuna no había zarpado, pero tenía que estar en las islas M y cumplir su misión:


La Junta ya logró su objetivo: levantar el perfil en las encuestas. La realidad es carísima, dice Erizo. Prefieren hacer como que nos fuimos

         Las dos juntas, la militar de la dictadura y la civil de Fernanda García Lao, fracasan en su objetivo: una pierde la guerra a pesar de la propaganda; la otra va a ser engañada por las “misioneras” pero pierden el rumbo y son llevadas al destino que querían evitar y la solución se pierde en la costa negra ante las banderas de los que perdieron.



GARCÍA LAO, Fernanda (2020). Nación Vacuna. Barcelona: Candaya, Candaya Narrativa, 65.