viernes, 1 de enero de 2021

El don humano de la oración

 


 

 

CÁNOVAS MARTÍNEZ, Jesús (2020). Soy de tierra, también de cielo, y canto. (Elemental tratado poético de oración).Murcia: Diego Marín. Con prólogos de Joaquín Campillo, Fernando Colomer y Emilio Saura y epílogo de Dionisia García.

 

                            “Per aspera ad astra”

                                                        Séneca

 

                            “la transparencia, dios, la transparencia”

                                                        Juan Ramón Jiménez

 

                            “Y para ver hay que elevar el cuerpo,

la vida entera entrando en la mirada

hacia esta luz, tan misteriosa y tan sencilla,

hacia esta palabra verdadera”

 

                                                        Claudio Rodríguez

 

                            “Nada te turbe,

nada te espante,

todo se pasa,

Dios no se muda.

 

La paciencia

todo lo alcanza;

quien a Dios tiene

nada le falta:

solo Dios basta

 

[…]

 

aunque todo lo pierda,

solo Dios basta

 

                   Teresa de Ávila. Santa Teresa de Jesús.

 

 

Que nadie lo miraba,

Aminadab tampoco parecía,

y el cerco sosegaba,

y la caballería

a vistas de las aguas descendía

 

                   San Juan de la Cruz

 

                            “Canto y cuento es la poesía.

                            Se canta una viva historia,

contando su melodía

 

                   Antonio Machado

 

“Agranda la puerta, padre,

porque no puedo pasar;

la hiciste para los niños,

yo he crecido a mi pesar.

Si no me agrandas la puerta,

achícame, por piedad;

vuélveme a la edad bendita

en que vivir es soñar

 

                   Miguel de Unamuno

 

                            “si he perdido la voz en la maleza,

me queda la palabra”

 

                   Blas de Otero

 

 

         El animal de fondo que es el hombre en el paisaje infinito que es Dios deseado y deseante. “Ad astra per aspera”: “sic itur ad astra” / “opta ardua pennis astra sequi” (Virgilio: así se va a las estrellas: eligiendo los sacrificios para volar hasta ellas). Las penurias y la dificultades de vivir (ese camino áspero, esa senda ruda) tienen en la loa al alrededor su centro más motivante. Porque el sujeto lírico de esta oda a la trascendencia que es el libro de Jesús Cánovas es de tierra y de cielo y canta: su canto, trasminado de amor, enhebra en veintisiete oraciones y una alabanza mariana un tratado de oración salvadora.

         El don de la ebriedad de vivir poéticamente de Claudio Rodríguez es semilla en los versos de Jesús Cánovas, otra vez. Es un poemario religioso y puede, también, no serlo. Es un canto de amor que culmina en María como amada y amante, como epifonema y metonimia del amor. María, madre. Myriam, amada por Abbá, el padre. Mireya, mar en que convergen todas las gotas, todos los poemas y su milagro. Como en el icono anónimo del siglo XIV que ilumina la portada del libro, orlada del violeta feminista o el litúrgico de la penitencia y la humildad, la virgen acoge en su seno al hombre niño que vuela entre sus brazos hasta la estrella de su rostro.

El salmo pide salmodia. La oración pide canto. Y canto nos da la cadencia poética de Jesús Cánovas. Es un libro para ser leído en voz alta. Los versos claman ser declamados. Como las Cantigas de Santa María de Alfonso X o los Milagros de nuestra Señora de Berceo. Como el Cántico espiritual de san Juan de la Cruz, tan bien cantado por Amancio Prada. Hay un misticismo pagano en estos versos tan religiosos, una oda frayluisina a la música de la palabra, a la armonía de las esferas desde el ascetismo estoico que se aparta del “mundanal ruido” para hallar la claridad de la oración cuando “el aire se serena y viste de hermosura”. El “locus amoenus” del “carpe diem” espiritual. Un cantar de cantares pletórico de “soledades sonoras” y de “músicas calladas” que dan fundamento a la existencia. Es el de Jesús Cánovas, también un libro de buen amor. Amor a lo divino. Amor desde  lo humano. Con sus interjecciones, sus vocativos, sus preguntas, sus apóstrofes, sus mayúsculas: sus invocaciones y sus plegarias, lejos de la jaculatoria, desde la liturgia del endecasílabo y el heptasílabo en una suerte de silva sinfónica con epítome mariano. El sujeto lírico reza el credo del avemaría desde la letanía que combina todas las formas posibles de endecasílabo, arrobado como canta el poeta a la maravilla de sentirse vivo y creador por creado: enfáticos (“Viento que pasa, polvo y humo soy”), heroicos (“Amor que yo persigo, viento, nada”), melódico (“cuando crecen las aguas y se anega”) o sáficos (“Como el Esritu retorna al Padre”). Combina endecasílabos anapésticos, dactílicos y de gaita gallega (664 versos en XXVII cantos) para conducirnos hasta el estuario de los 36 versos heptasilábicos del canto final. Una coda mariana que recoge las alabanzas sembradas como sedimentos de un río en el trayecto musical, “in crescendo”, por aluvión amoroso. La oración convoca la soledad. La alegría de la plegaria invita a la comunión en coro, desde la intensidad del “aleluya” domado y secuenciado en palabras, desde la onomatopeya jubilar de agradecimiento por poder ser y poder seguir siendo. Tiempo pascual entrojado en la virginidad fértil que necesita la polifonía y el eco que el sujeto lírico sabe entonar. Versos que alaban a Yahvé desde el útero cósmico de la poesía de versos blancos (con un atisbo de sonoridad asonante vislumbrada).

Misticismo sin beatería. Felicidad poética religiosa desde la libertad de la fe, desde el vitalismo contemplativo del mundo. Desde la humildad del canto I a la trascendencia del alma, a pesar de la muerte del cuerpo, del canto XXVIII hay un camino de perfección con diferentes modulaciones en fondo y forma. Hay cantos, como el  XIII, que necesitan 60 endecasílabos; otros, como el XII, tienen bastante con 4. El itinerario argumental podría seguir estas estaciones que no son de penitencia sino de celebración:

Canto I (38 v.): el poeta, desde la insignificancia humana, llama a la puerta de dios. “Polvo y humo soy”, “dolor y gozo”, “sed y boca”.

Canto II (37 v.): el deseo, el gozo humano, también lo afirma en su presente. Las urgencias contingentes de habitar el mundo desde las pasiones humanas.

Canto III (30 v.): en la debilidad, naufraga el alma acechada por la negación espiritual: dios salva y no abandona al hombre perdido en su vacío.

Canto IV (46 v.): ante los ataques a dios, el poeta revive la pasión divina desde lo híbrido de ser deseo y fe, desde la indignidad que querer ser salvado por la piedad.

Canto V (34 v.): hijo de la tierra, heredero del oficio del padre, arador del desierto, el poeta es ofrenda de dolor que busca el amparo divino en la intemperie humana.

Canto VI (32 v. sellados con un “Amén”): dios vela el abismo humano lleno de recuerdos de otros tiempos, saciando la sed con el verbo que lo hace visible.

Canto VII (35 v.): la hipóstasis, metáfora biológica celular, es el corazón de la vida. “Un día así nosotros viviremos / limaduras de hierro en el imán / poderoso de Dios”.

Canto VIII (20 v.): es necesario silenciar el ruido para oír pasar el silencio elocuente de dios.

Canto IX (22 v.): ante los engaños, la severidad humana y la misericordia de dios son el nido hacia el Paraíso que fue y será.

Canto X (13 v.): el verbo divino es el nódulo final de todas las palabras humanas que ascienden como en incienso para que el cielo descienda y sane los corazones heridos.

Canto XI (15 v.): en la cámara secreta del poeta se impone la oración como mantra, como respiración espiritual necesaria.

Canto XII (4 v.): reclamo de la paternidad divina.

Canto XIII (60 v.): glosa del “Padre nuestro”. Credo fundacional del misterio epifánico de la palabra.

Canto XIV (21 v.): dios dice que la oración de los humildes asciende para ser: la de los soberbios es yerma en espíritu.

Canto XV (20 v.): la llama viva de amor no es cuantificable.

Canto XVI (29 v.): el poeta canta desde su condición de amasijo de tierra y cielo. La aspereza del mundo puede ser esperanza para llegar a las estrellas.

Canto XVII (20 v.): el poeta se sabe vivo y respirante y presente, ajeno a la muerte futura, abolida por dios.

Canto XVIII (40 v.): el poeta es un aspirador del aroma divino de la belleza del universo. El poeta halla su lugar en el mundo del seno de dios.

Canto XIX (20 v.): la alegría humilde las cosas sencillas hace germinar el mundo en el sembrado de amor que es dios.

Canto XX (17 v.): dios abrazo en la oscuridad sosegada del silencio el mundo de lo humilde: el arrullo de lo sin nombre amortigua todo conato de ruido humano.

Canto XXI (5 v.): en la calma divina, germina la humanidad.

Canto XXII (25 v.): los ángeles, personas con alas, ensanchan y defienden la gloria divina del nombre sin mácula ni podredumbre.

Canto XXIII (25 v.): la fragilidad humana, náufraga en el proceloso mar del sinsentido y las tristezas, tiene en dios la UCI de la esperanza: aparece la virgen como garantía de amor al sosiego. En este Canto, la cesura versal restaña la herida entre la angustia humana y la medicina divina: “perdido en el desierto de la vida, / es lo que digo. [cesura] Pero, Tú, Señor, / sostienes mi esperanza…”. Así, con la voluntad divina abrazada a la sonrisa humana, carne del mundo “hágase el Amor”. María es ya la garantía del puente entre el amor humano y el de dios.

Canto XXIV (27 v.): el dulce nombre de María, sol y luna, coronada de las estrellas del final del camino áspero, gozo del gozo, ampara al poeta pecador para gestar el amor desde la trinidad de la luz hacia la sangre, desde el espíritu.

Canto XXV (14 v.): ríe María como la niña con niño que es. Almena con faro, llena es de gracia, sostén de corazones desde la belleza.

Canto XXVI (8 v.): María como éxtasis de la belleza y la gratitud, victoriosa sobre la oscuridad y el vacío.

Canto XXVII (6 v.): María, puente entre lo humano y lo divino, es el cáliz que asperja el amor y se alimenta de plegarias.

Canto XXVIII (9 estrofas de cuatro versos heptasílabos): triunfa el amor en la batalla. El hombre, hecho espíritu de incienso, asciende, bello, hacia la belleza desde el regazo de María como una ofrenda filial hacia el padre global que engendra inmoralidad.

         El proceso interior de la creación poética de esta oración parece responder a una epifanía lírica, a un estado de gracia poética que Jesús Cánovas comparte con los lectores, transluminados por la revelación, orantes con el poeta en plegaria gregoriana, en rosario mariano, en estigmas dulces endecasilabados, fuera de la caverna platónica, iluminados por el dios de Descartes, de Pascal y de Spinoza, que fue Razón en Kant.

         Los hallazgos poéticos son parte del itinerario de la aventura que los lectores que se dejen llevar por la palabra poética de Jesús Cánovas van a poder gozar. La soledad que cimbrea o el deseo-ariete os esperan entre serendipias que balizan el sendero de abismos sublimes y consciencia de la conciencia humana.

         La palabra del poeta ha necesitado tres lustros para poder ser escuchada porque alguien, Diego Marín,  se ha atrevido a imprimirla. Al otro lado de Wittgenstein, cuando es mejor callar que balbucear lo que no se sabe decir, está la oración poética.

Amén. Para poder amar y ser amados. Desiderativamente. Así sea. Así es. En verdad. Verdad poética.

 

 

 

lunes, 28 de diciembre de 2020

Un final para Benjamin Walter de Álex Chico: un pasaje de tiempos y espacios en la estación de la historia que pueden ser todos los Portbou

 


 

                  

CHICO, Álex (2020 ). Un final para Benjamin Walter. Avinyonet del Penedés (Barcelona): Candaya, Candaya Narrativa, 47.

 

 

“Lo universal es lo particular sin fronteras”

Álex Chico cita a José Ángel Valente, pág. 161

 

“Un exiliado, para serlo, necesita una frontera"                                                  

  RIPOL, Marc (2005). Las rutas del exilio. Barcelona: Alhena Media. Pág.13. 

  Citado por Chico en la pág 89.                                                       

 

“Es ist niemals ein dokument der kultur ohne zugleich ein solcher der barberei zu sein”

         Epitafio sobre el simulacro de tumba de Walter Benjamin en el cementerio cristiano de Portbou, tomado de su Tesis de filosofía de la Historia.”No hay ningún documento de la cultura que no lo sea también de la barbarie”: lo cita Chico en la pág. 46.

 

“Desde los tiempos de Homero los grandes relatos han seguido las huellas de las grandes guerras y los grandes narradores han emergido de ciudades destruidas y de paisajes devastados”

                                               Hannah Arendt

 

“Narrar acaba en sabiduría”

   Álex Chico parafraseando a Walter Benjamin  (pág. 133)      

 

                      

 


                                              Angelus Novus de Paul Klee (1920) / Ángel de la Historia

 

Las alas del deseo sobre Berlín, sobre Varsovia, sobre cualquier frontera. El ángel de la Historia escucha y resiste los embates del progreso para fundar un mundo nuevo con los odres viejos; con los moldes antiguos impuestos, nuevas formas de libertad. La verdad literaria que cobija y da alas a la verdad factual.

En el hogar que alguna vez tuvo Walter Benjamin (Berlín, 1892-Portbou, frontera de fronteras, 1940), en una pared (ese muro doméstico) lucía el original del Angelus Novus de Paul Klee (1920) junto a una reproducción del trágico retablo de Isenheim de Mathias Grünewald (1512-1516).  En la tesis IX del ensayo de Benjamin Tesis de filosofía de la Historia (Über den Begriff der Geschichte –Sobre el concepto de historia-, 1939-1940 –cuya copia, en tiempos del pacto germano-soviético, llegó a George Bataille, que pasó a Hannah Arendt, quien la hizo llegar a Adorno, primer editor en 1942, y que acabó en las Iluminaciones de 1968, editadas por Arendt) eterniza esa contigüidad a la que bautiza como Ángel de la Historia, ese progreso que necesita la interrupción del pasado, su revisión, para poder seguir siendo. En la tempestad que sopla desde el Paraíso hacia el futuro, acumulando ruinas, es la que arruina también la posibilidad que encarnaba Walter Benjamin y la Escuela de Frankfurt. Portbou (ese refugio de embarcaciones en las inclemencias de los vientos) era un trámite viajero hacia el Portugal que llevaría a Benjamin hasta la América en la que lo esperaban Max Horkheimer y Theodor W. Adorno en el Instituto de Estudios Sociales.

Álex Chico estuvo en Portbou: la imagen de la portada del pasaje de Karavan cuenta su estancia allí entonces (entre las fronteras entre el otoño y el invierno de 2014 y las del invierno y la primavera de 2015) como los “Alojamientos” de S[í]lvia Monferrer narran las suyas por el mundo dentro del mundo de la narración que vive encuadernada en el libro.  Círculos densos multicentros que albergan semillas que serán centros de otros alrededores. Otras composiciones de lugar: lugares que serán habitados por protagonistas de las historias de la Historia. El narrador se fotografía en el cristal que ampara el punto de fuga del acero cortén entre las palabras de Benjamin y el azul del mar:

“Es una tarea más ardua honrar la memoria de los seres anónimos que la de las personas célebres. La construcción histórica se consagra a la memoria de los que no tienen nombre”.

         CHICO Álex en la convención bibliográfica: Benjamin Walter en las fichas policiales. Una circunstancia que desjudaíza, paradójicamente, al sospechoso, aunque lo germano y lo hebreo siguen aliándose en la combinación. Benjamin Franklin como coartada: padre de Estados Unidos y creador del pararrayos. Nadie apellidado Walter como referencia. “Walter”: líder de ejército. Walter Benjamin Walter muere en la soledad dudosa del tránsito.  El “señor Walter” como pseudónimo coyuntural. Narra el Álex Chico destilado en ficción realista, en enhebrador de posibilidades entre el ensayo, la épica, el análisis filosófico la reflexión lírica, el cuaderno de viaje y una especie de calendario de adviento cultural con ventanas que son pasajes, que son búnkeres, que son túneles que nos llevan, lectores, a otros paisajes desde otros nombres: Kafka, Arendt, Atget, Sebald, Centelles, Scholem, Machado, Karavan, Baudelaire, Gamoneda, Aub,  Bartra, Eidenbenz (que quiso ser anónima en su presente y la historia la ha hecho histórica), Líster, Klee, Adorno, Calvino (Italo), Marés, Carrión, Gabriel y Galán, Monje, John Wayne, Lichtenberg, De Chirico, Aira, García-Alix, Levi, Kertéz, Goethe, Proust, Camus, Mann, Carpentier, Brecht, Rohmer, Wenders, Handke…;  (también los intrahistóricos de Sílvia Monferrer, Vera Kéldysh, Teresa Puig, Xavier Jonama, la mujer de los amaneceres en Portbou o los cien mil concentrados en la playa de Argelès, el cura Andrés Freixa o los médicos Ramón Vila Moreno y Pedro Gargot, Dora Kellner, Juan Suñer o Lisa Fittko…). El juego de intertextualidades convierte la narración en un tejido de espejos que son hipervínculos:”Un tal Benjamin Walter” en Quimera (número 376, año 2015, págs. 49-51) del propio autor, prólogo del libro; Sobre la historia natural de la destrucción de W.G. Sebald; Walter Benjamin. La herida que se cierra de Carlos Taibo; Las ciudades invisibles de Italo Calvino; “Las claves de la maleta de Portbou” de Manel Martos (El País, 14 de septiembre de 2014); ¿Quién mató a Walter Benjamin? De David Mauas (documental de 2005:

 https://www.youtube.com/watch?v=6S3iT2iwDOQ);

Las rutas del exilio de Marc Ripol; y, sobre todo, a la obra del protagonista ausente de este mar de rescates que es el libro de Chico. En mi biblioteca, desde mis tiempos universitarios, dormían  L’obra d’art a la seva reproductibilitat tècnica, Haschisch, Poesía y capitalismo. Iluminaciones II (que tanto me reveló sobre Baudelaire) o Dirección única. Los fragmentos que son la obra de Benjamin, esa atinada provisionalidad desde la que escribe, esos libros-andadura sobre los que camina para vivir, viven en su estudio inacabado (el olvido es una maleta de sombra perdida) La obra de los pasajes y en la obra de Álex Chico que motiva esta reseña (pero con la dispersión muy bien tejida en la experiencia narrada, estancamente abierta entre las tapas de su libro).Pasajes, conexiones de dentro a afuera y de fuera a adentro, en ese movimiento estático de escribir y de leer. Flâneur baudelairiano Benjamin, Chico y los lectores: ante la ocasión creada por David Karavan en un cementerio marino, ante los libros que habitan los libros. Búnkeres de la memoria hechos paisaje para volar de la mano del Ángel de la Historia.

         El “seguro azar” saliniano de la vida tiene en la demiurgia narrativa de Álex Chico un control literario que, aunque dependiente de la vida de su autor, vibra autónomo en la ficción ensayística (“Pensé en la suma de azares que se había sucedido para que yo estuviera en ese lugar. La cadena de casualidades que se habían ido añadiendo inesperadamente, o que quizás yo mismo había provocado, como un imán que ejerce su magnetismo y nos atrae hacia él sin darnos cuenta”, pág. 223). La estructura de Una final para Benjamin Walter se rige por las leyes de la dinámica dialógica del arte. Tres partes y muchos estuarios como nuevas castalias: una “Composición de lugar” con setenta y cinco estaciones; una “Densidad del círculo” con cuatro secuencias que concentran la diana en su epítome de realidad; y una coda-estrambote, la “Nota final”, con el testimonio de la deudas contraídas en el viaje hacia un punto del pasado (finales de septiembre de 1940) en un lugar recóndito del mundo como metonimia (Portbou) y un espacio infinito de ficción y de historia. Benjamin y la pintora Sílvia Monferrer: los exilios que acaban (para radicar en la historia) en Portbou y los desarraigos que arraigan en Portbou. Sílvia como contrapunto a Benjamin: su viaje recala en  esa frontera en la que ahora se ordenan todos sus “Alojamientos”; la maleta que se pierde en el limbo de la historia con los pensamientos benjaminianos. Cuando Sílvia aparece en la narración, la secuencia de vórtices se altera y se hace largo remanso. Si el narrador agrupaba los asuntos en manojos de unos cuantos capítulos, al llegar al LX Sílvia nos acoge como alquilados (al Chico narrador y a nosotros) en una de sus habitaciones de su piso de la Pujada del Mirador, muy cerca del memorial de Karavan, durante trece capítulos con algunas interpolaciones (la culpabilidad de los supervivientes al holocausto, la resignificación de las palabras y la necesidad de seguir hablando del horror después de Auschwitz a contraAdorno –el LXI-; el valor de los lugares olvidados –el LXIII-; el valor baudelairiano del poeta como coleccionista de fragmentos desechados o el goethiano de los universos de lo minúsculo –el LXIV-). Silvia pasa a ser Sílvia para no quedarse fuera del espacio  el tiempo que quiere habitar en Portbou. Walter Benjamin había perdido su identidad al ver su nombre hecho pseudónimo: Benjamin Walter. Lo suicidaron.  El capítulo final de “Composición de lugar”, el LXXV, como en el poema que cierra esta reseña, nos pone en la fuga de sin puntos fijos del memorial de Karavan, como una cicatriz sin restañadura en la geografía del alma.

         La estructura de esta crónica de viaje, estático en el espacio y dinámico en tiempos y protagonistas, es de vaivén marino. Los temas, como olas, van conformando el mar del argumento. Un mar que oculta más que enseña. La historia y sus huecos dan el argumento y la literatura la trama y la urdimbre. Como en El Lazarillo, novela pionera del falso realismo autobiográfico, la obra de Chico parte de una posible mentira fundadora de la narración. Es el “caso” que Lázaro González Pérez intenta rebatir sin éxito ante “Vuestra Merced”: cuanto más argumenta, irónicamente, menos razón tiene en su defensa. La carta desaparecida de Benjamin a Adorno (pág. 123): “En una situación sin salida no tengo más opción que ponerle fin. Será en un pequeño pueblo de los Pirineos en el que nadie me conoce donde mi vida se acabará”. Portbou como culo de saco y una muerte (buscada o encontrada) como salida abren un excelente argumento. Un lugar en despoblación, centro neurálgico de la política de estrategias fronterizas –una estación que pare un pueblo- en el que lo fantasmal y el abandono pueblan sus calles de ambiente deshabitado. Porque el sentido de la vida de un hombre es una retroproyección desde su muerte que es la que ilumina su pasado para poder ser futuro. Las fechas del ensayo se diluyen para construir la realidad narrativa. Las fronteras de la luz dan mayor sentido al monumento que Dani Karavan, judío, pudo construir en la memoria del olvido en 1994. Como la oralidad se lo da a la historia narrada. En el acantilado sobre el mar el cementerio marino puede incitar a un suicidio por imitación que nunca se dio. Transición entre la vida y la muerte. Transición entre el olvido y la memoria. Entre la luz y la oscuridad. Teje Álex Chico con esos mimbres un palimpsesto que da historia a la Historia. Un exilio: todos los exilios. La ruina física nadando en la ruina moral que brota de la cornucopia de la apariencia. Walter Benjamin volando de la mano del Ángel de la Historia sobre la metonimia de Porbou: eso narra el libro de Álex Chico con su crónica de una itinerancia estática desde el lirismo de su testimonio de testimonios. Benjamin buscaba en el arraigo material de su coleccionismo el antídoto de su desarraigo vital, era un coleccionista nómada. El narrador fotografía con palabras la paradoja.

         Álex Chico y Benjamin Walter Benjamin revisan la historia, ángeles paganos, no en una dirección única sino en un bifrotismo literario y filosófico que funda progreso futuro en el pasado.

Ese “realismo expandido” del que habla Bachelard, además de nombres, referencias culturales y experiencias personales de su autor está poblado de lugares. Un libro, crónica de investigador, que es un lugar de lugares, un viaje con Portbou como estación de todos los enlaces, sea cual sea la naturaleza de sus vías. La narración de Chico es un ventilador fértil. Un ventilador de aspas de helecho, entrojado en libro, que esparce sus esporas en una diáspora de semillas que trascienden los géneros desde la imprecisión precisa de a ficción.

Walter Benjamin es un pensador, no un filósofo. Álex Chico es un narrador, no un novelista. Los dos reflexionan sobre el espacio y el tiempo, sobre cómo habitamos el mundo en su metamorfosis y la nuestra, desde la orografía de la memoria.

El narrador y la persona que es Álex Chico fueron a Portbou una tarde de octubre y Portbou los retuvo hasta mediados de marzo. Seis meses con paréntesis de bajadas a Barcelona para guardar la distancia de la perspectiva. Fueron a buscar un misterio, a intentar resolver el enigma del efímero paso de Walter Benjamin por ese enclave costero fronterizo y espacio y el tiempo condensados en la incógnita los atraparon. El viaje-visita fue un viaje-estancia. “Solamente lo fugitivo permanece y dura”, dice Quevedo: lo efímero funda permanencias. El peregrino busca Roma en Roma y en Roma no hallará más que su ruina. Álex Chico busca la muerte de un hombre y halla la vida muerta de un lugar lleno de pasado y vestigios. Pasa la vida: queda la muerte y esta crónica novelada de una permanencia.  Para hacerse una composición de lugar no hay mejor guía de viaje ni mejor portulano ni mapa que la vivencia sin prisas ni usuras:

“Fui en busca de un escritor y acabé encontrando un pueblo. Más aún: acudí al pasado sin saber que solo me estaba desplazando hacia el presente. Este tipo de presente que nos asalta de improviso, en un instante y en un lugar concretos, y sobre el que planteamos su propia memoria, como un aura”

Así acaba el artículo de Álex Chico de Quimera (reproducido en la página 55 de la novela). Es el germen de la narración de Un final para Benjamin Walter. El aura, ese “hic et nunc” de la teoría estética walterbenjaminiana, ya lo tenía el hombre Álex Chico inoculado. Portbou es el aura de una huella.

 

“Lo más extraño del viaje

es no saber hacia dónde se regresa.

 

Acaso diría Walter Benjamin

que en esos lugares parece haber pasado todo

lo que aún nos espera”

 

CHICO, Álex (1998-1999?-2008). “Primer momento”. La tristeza del eco.

 

 

(Esta reseña de un libro de 2017, como el Ángel de la Historia que vence la presión de un futuro memoricida, a redrotiempo, tiene una precuela que es secuela en otra reseña a un libro posterior, de 2019, leído antes, Los cuerpos partidos, que habita en esta grieta digital).