lunes, 13 de noviembre de 2017

Sabios, maestros y otras malas semillas



 
El círculo que no vuelve sobre sí mismo: eso es la innovación. Madurez infantilizada.





         El oficio de enseñante (sabio, maestro, profesor, párroco laico) ha quedado huérfano de contenidos (da igual si factuales, conceptuales, procedimentales, competenciales o éticos)  y aprendices.  La pedagogía y su negocio altruista, de amores y pulsiones sistémicas, se hace causa y consecuencia del paradigma económico que se vende como panacea y milagro burocrático para construir, desde la formación de los ciudadanos, un futuro más habitable y mejor. El valor del esfuerzo personal para el beneficio colectivo es una buena niebla para adelantar al contrincante. También o es la transparencia de panóptico: todo es evaluable y flexible hasta que un interés superior reevalúa lo evaluado (auto o heteroevaluado) y hace de la trasparencia un argumento para una invitación a cambiar el ámbito de las responsabilidades, asertivamente, sin acritud, para el bien de todos, en una asepsia de criterios volubles programada en la nube, siempre accesible a las partes para saber las reglas del juego que nos hacen jugar (que en el gamificación motivadora está la piedra filosofal del progreso).

         La formación, los congresos, jornadas y talleres, alumnocentrizan la sinergia educativa. El etiquetado de la personalidad, sin traumas, desde la alegría de la convivencia áulica (el aprendiz es el señor feudal) taxonomiza la felicidad y segrega posibilidades al sistematizar la diferencia. La flexibilidad del diálogo era suficiente, pero no pasaba la ISO. Pensar, sentir y amar pide indicadores para hacer del sentimiento evidencia evaluable, objetivable, dato comunicable en un informe. Pero para aprender a emocionarse y reconocer la emoción no vale la poesía: solo la economía puede dar cuenta de los sentimientos y el turismo hacernos habitantes del mundo.

         Opositar a ser “perito en lunas” y buscar y forjar la ocurrencia transcendente tiene hoy poca claca: viste más, a lo galas del emperador, la poliedria siliconvalleyana de informalidades formalizadas entre cojines, palomitas y “smiles”. Eficientes y centripetados, centrifugadores del alrededor, víctimas de una falsa dialéctica socrática sistematizada, lo aprendices desprecian las oportunidades de crecer desde el contrapelo. Porque hay que fluir. Hay que hacer fluir. Y en las cunas de los cauces infinitos, en el “ad personam” adulador, asesinamos a Sócrates. Porque el camino es ya todo destino: conciencia artificial, redes neuronales de inteligencias múltiples y talentos desperdiciados piden, polluelos en su nido, una atención de puntales y muletas.

         La libertad pervertida esclaviza en la diáspora de un posibilismo sin centros. Zombis felices, eslabones de la subcontratación, los aprendices no son ni arco ni flecha, ni barco ni derrota: sueñan con ser blanco o destino sin experimentar la tensión del proceso de la duración. La suya es una duda deshamletizada, si hay atisbo de duda. Que los dilemas siembran la inseguridad que abre heridas. Porque dudar sin modelos para madurar criterio conduce a la egolatría globalizada.

         La titulación necesaria para ejercer de profesor no cabe en el documento que debiera acreditarla. Ser maestro es ser licenciado Vidriera en un patio de Monipodio como un circo romano de mil pistas simultáneas, cada una con su proyecto competencial. Y el titulado, despersonalizado y acróbata, ubicuo, Sísifo alimentado de ilusión, náufrago, fraguando personalidades libres desde la significatividad, la comunicación, la acción creativa, la proyección y la autonomía de unos educandos que cada vez son menos suyos.



Nació con vocación de sabio,
aunque todavía no lo sabía:
en el útero ramoneaba
los frutos de la ciencia
desde la raíz de la de vida.

         Dado a la luz, supo doctorarse
en el juego de querer ser
y aprendió a aprender
en la escoriación y el desollarse:
sus rodillas cambiaban de piel
en la escuela del mundo;
sus ideas nacían de la ósmosis
de la controversia y el amor.

         La sombra del contrapelo
iluminó su consciencia:
quería ser maestro.
Pero solo pudo licenciarse
y ser profesor.

         Ganó y perdió vida en las aulas:
daba lo que sabía y lo que ignoraba:
recibía más que enseñaba
desde la confianza
de una oposición de olas,
rompeolas y resacas;
desde el ser “punching ball
(más que “punching bag”)
que, a veces, golpeaba
al aspirante a persona.

         Sabio, maestro y profesor
han quedado en reliquias laicas
sin museo:

         Cada aprendiz es ya maestro
de su vivir en todo el proceso,
sin oposición, fluyendo holístico
y onfálico, “empowered”,
en la mátrix posverdadera
de un patio de Monipodio global
disfrazado de Disneywonderful World.
Cada aprendiz tiene tanta posibilidad
de talento, tanta potencia,
que vive la omnisciencia de su ignorancia
sin trinchera.

         La transparencia ha asesinado
la confianza: la programación sistémica
ha mitificado la personalización
de la fluidez en cuadrícula,
ha barnizado de persona al individuo.

         Los corazones y sus alrededores,
homínidos,  barro apenas modificado,
piel con identificación fiscal,
campan sin más ley que la propia
(en la que no han pensado
y que, al pairo, cambia con el interés)

         Así pues, la raíz se deslocaliza,
se vende al postor yoístico
(el mejor cliente)
y se futuriza en presente desarraigado
y ergonomicocéntrico
sin confort
(eso dice el prospecto ecuménico
-en inglés-)

El enseñante ha mutado en
implementador,
gestor
subordinado,
de contextos cognitivos
motivadores
inclusivos
personalizados
e inductivos,
incentivador
de causas emprendedoras
y creatividad inherente
para potenciar
el talento
empoderado,
empático y sinérgico,
que, desde la cooperación,
ayude a coordinar
las plenitudes ontológicas
en ciernes
con el objetivo
de construir conocimiento
competencial
que permita
a los futuros ciudadanos del mundo,
eficaces y eficientes,
desde su autonomía,
criterio,
consciencia ecológica
y económica,
conocer,
ser,
hacer
y convivir,
generosos en esfuerzo
altruista,
desde la percepción holística
(y mindfulnésica)
que, en plenitud
onanística y heteromatriarcal,
sea centro y alrededor
de la felicidad
coherente,
cohesionada,
adecuada,
respetuosa con la diferencia,
ecuánime,
colaborativamente osmótica,
responsable
en su libertad,
comprometida
con el universo
y conciliadora
de los conflictos
que genera esta pureza pedagógica.

Bajo los pies estudiantes,
vaginas dentadas
y penes agudos,
caníbales
y tribales,
en inglés,
exhalan su halitosis de felicidad.

Aquel infante
solo quería aprender a hablar
para enseñar a ver el mundo
desde la mirada de la palabra.

La palabra ha suplantado el mundo
y es el disfraz de la cifra
en que se cifra
la felicidad,
que ha quedado en palabra
vacía de mundo.


        



Simultaneidad de la concentración: nuevo estadio de la evolución ontológica. El alumno del futuro habita ya entre nosotros para redimirnos y liberarnos de magisterios humanos.









sábado, 4 de noviembre de 2017

Sonetos de carne IX: Huecos



 
Fotografía de José Ignacio Martínez Navarro.



         Beber del hueco de tu sonrisa es más que saciar la sed: es beber y vivir la alegría del sorber, que es mejor que saber que uno es deseado. Porque, deseante deseado, en el acto mismo del deseo, sacia con sed el beber. 

         Beber alegría, en boca horizontal o vertical, siembra lúbrica insatisfacción fractal en su proceso. El relámpago habita en los huecos y se hace trueno, se hace lluvia fértil contra el yermo. Habita una fecundidad en el vacío que reclama piel y saliva ajenas para inundarse y ser. El cauce de la columna puede ser una senda hacia la idea. El laberinto de la oreja, la caracola en que cabalgar el murmullo del mar.

         Onfálico, el hueco es el centro del universo. Abduce el amor como el agujero de un aspirador a ser dentro.

                                              



                                                                 
Como la lluvia alimenta los charcos,
                                   el amor llena de mi luz tus huecos:
vacíos de la sed quieren, resecos,
ser puertos abiertos para mis barcos.

         Cada hendidura dibuja el marco
en el que navegan deseo y eco.
Diálogo de saliva en el que peco
lubricando mi flecha en tu arco.

         Hoyuelos de Venus, escotaduras,
corvas, pliegues del codo y axilas:
nidos de besos que acercan cinturas.

         Valles claviculares, calcañares,
puente plantar y cuenco de tu mano.
Boca y sexo: pozos, sonrisas, mares.




Arquitrabes XXVI:








Érase que se era un burro y un toro. Los dos competían en un mismo circo. Los dos se veían como los protagonistas del éxito y de la atracción del público que subvencionaba su  vida.

Pero el circo cayó en la subcontrata y cada estrella pasó a ser protagonista de su función. Competían entonces en dos circos dentro de un  mismo negocio. La crisis hizo el resto.

Cada uno en bajo su carpa (y los dos bajo el mismo cielo), acabaron sus días dorados a la intemperie, exiliados en la nada, entre vítores e insultos de masas de individuos insatisfechos. El jaleo, de zambra o sepelio, encaró a las dos “vedettes”. El ring, centrado de focos, hacia el mundo su alrededor. 

El ruido no permitía el diálogo. Los dos, como solución, lanzaron sus bocas hacia los testículos del contrincante. Con la bolsa escrotal entre los dientes, pensaron.

Una quimera, mitad asno y mitad toro, nació del pensamiento. 

Desde su hibridez, pasta feliz en el locus amoenus del nosotros más fértil.