domingo, 12 de enero de 2020

Guerra y palabra


 
"Según sentencia del tiempo", no queda la palabra: quedan las armas.




         Suena Pergolesi. Stabat Mater: conecta con su hilo de sinestesias Philippe Jaroussky los mundos de este mundo. Se trenza con su voz la de Wim Mertens que, sin decir nada, lo dice todo. Sus ecos han estado (y me han hecho ser) en el claustro del Monestir de Sant Cugat. “Estabat Mater Dolorosa”: la meditación cantada sobre el sufrimiento de una madre por la pasión de su hijo. El “via crucis” del camino de la vida, el himno del viento de ser:

“Stabat Mater dolorosa
Iuxta crucem lacrimosa
Dum pendebat Filius”


         Sobre la guerra crece la vida también. Sobre la guerra pasada. Que sobre la guerra futura no hay experiencia, solo esperanza. Y la esperanza es ya fruto caducado, incomputable para los algoritmos inductores de felicidad. En esta orilla de la realidad la carne y la sangre siguen su curso hacia el mar del morir que nos hace humanos. Las cruzadas, esa cruz de guerra con la coartada del amor y la redención liberadora del pecado, construyeron claustros y lucharon por el monopolio de la fe. Su herencia es nuestra. La herencia que dejemos también será nuestra. Y nuestra la responsabilidad. Con mirada de dios (esa idea que debe hacernos mejores, sin dogmas religiosos, desde la razón del sentimiento) proyectamos vida en el fértil huerto del mañana.

         Ante un capitel del maestro escultor Arnalis Catelli, todo el pasado y todo el futuro de concentra en dos versos endecasílabos blancos.  Los 144 capiteles del claustro nos hablan desde estos veintidós golpes de voz que son aldabonazos de conciencia. Y también, fundamentalmente, canta el capitel 145, el que fue necesario para contrarrestar la usura del tiempo y compensar la grieta del peso de la piedra sobre el aire. Norte, sur, este y oeste cuadriculan, en el círculo divino del paralelepípedo sin aristas, la fuente del conocimiento.

         Es el claustro centro de un alrededor que se cree centro sin claustro y multiplica los centros en el pánico de la agorafobia asumida como libertad, bajo el yugo de lo comprable.

         Ungidos de palabra. Uncidos por la libertad muda ahíta de imágenes.

                                              

                                                                 
Tras una guerra nos quedan las armas.
Tras la palabra, el crecer humano.




Cainismo humano: la acción anula, performativa, la dicción.

 
 
La perspectiva lo cura todo: es el tiempo enquistado en piedra de claustro glocalizado

lunes, 6 de enero de 2020

Pan y luz



Pan de luz. Obra de Daniel Méndez Guerrero para exhibir y degustar en Gárum




Para Daniel Méndez Guerrero, por su generosidad comestible.


         Abarcar con la envergadura humana el mundo es imposible. La metonimia y la sinécdoque son los brazos desde los que poder besar la realidad. El beso es eso: un abrazo de labios en directo y presencia. Y los labios la frontera sin usura del vaivén de la vida: por la que entra y sale lo que nos hace como somos y lo que nos afirma en el instante ante el rodal del cosmos que besamos.

         Hablar, comer, besar, respirar, expirar, conspirar, lamer, vomitar, cantar, silenciar… se fraguan en este estuario osmótico de la persona. Tienen también las palabras la luz de la idea: palabras que ingerimos por la boca que es el oído y por la boca que es el ojo. Converge la palabra en la idea que forja palabras que siembran el otro lado de la cara de besos léxicos. Besos que son caricias. Besos que son arañazos.



                                                                 
Pan y luz.
Nada más
necesito.
Luz heñida,
carne de trigo bruñida.
Claridad:
agua, aire
que den cuerpo
al espíritu
que habito.

         Pan y luz.
Entrojados
como forma
en el ojo
del viril del asombro.
Fusionados
dan presente
a la pérdida
refulgiendo
en la sombra.


         Pan y luz.
Pan medular para ser
Luz para ser y pensar.






lunes, 30 de diciembre de 2019

Glándula pineal: ignorar y saber


 
Ungido por el sol, el aire lírico es agua; la idea, mar. Fotografía de Ramón Bodegón



         Primera aproximación a la médula de saber. Descartes tuvo que improvisar, entre tanta duda metódica de su sistema lógico cartesiano, un estuario para conectar la “res cogitans”  de la mente con la “res extensa” del cuerpo. En ese nudo de sustancias, en ese centro osmótico de naturalezas habita el hito de ser, la trasminación que cuaja en presente los tiempos, los espacios y la luz. En esa encrucijada, filosofía, matemáticas y poesía levantan su arco del triunfo efímero y eterno como una epifanía. El poeta amasa su cochura y el horno de la poiesis cuece la palabra en su transubstanciación.



Filosofía + Matemáticas = Poesía

Matemáticas + Economía= Especulación



La primera es la ecuación que engendra versos como este para acercarnos en su lejanía la mar:


“Dans un tumulte au silence pareil”

(Dentro de un tumulto azul de silencio)

Paul Valéry. Le Cimentière Marin (1920)

O como este, “Danza de la muerte”, de Federico García Lorca, cruel y lúcido, de Poeta en Nueva York (1929-1940) que alma la materia léxica:

“De la esfinge a la caja de caudales hay un hilo tenso
que atraviesa el corazón de todos los niños pobres”


La segunda ecuación arma algoritmos sin corazón que rigen los destinos humanos desde la virtualidad real de sus deseos libres pervertidos. El dogma del número, falazmente axiomático, asertivo y aséptico,  abole el del mito con todo su lastre de fábula, sangre y espítitu.

Entre la verborragia y el silencio, la poesía.
Entre el azul y la estadística, la palabra precisa en su sugerir abierto.


Solo sé que no sé nada

                                      Sócrates


Solo lo que se nos presenta en la mente con distinción y claridad es intuición evidente de conocimiento: antes del método, todo es provisionalmente  falso. La certeza es producto de la racionalización metódica del magma del pensar que destila la idea universal.

                                      René Descartes


De lo que no se puede hablar, es mejor callarse”

                                      Ludwing Wittgenstein


“La mejor forma de decir es hacer”

                                      José Martí


         “No se pasa de lo posible a lo real, sino de lo imposible a lo verdadero”
                                      María Zambrano


“Dios” es un objeto intralingüístico y no murió con  Nietzsche: vive en la palabra, podemos hablar de él sin que tenga que ser más que materia léxica. Sobre el dios extralingüístico es mejor guardar silencio para no enlodazar el pensamiento y levantar la torre de babel de la confusión de causas y efectos como ladrillos de ignorancia ignorada.

Hacer es decir y decir es hacer. Decir es construir con palabras sobre los planos mentales que ha diseñado el pensamiento, ese arquitecto que ha interpretado las palabras como conceptos para bajar el infinito a la  escala humana.

Ignorar lo que sabemos abona el pensamiento. Saber lo que ignoramos siembra el pensamiento abonado. Ignorar que ignoramos y levantar sobre sus cimientos vanos el pensamiento puede dar lugar a imperios al pairo de “brokers y cuñados que nada saben de lo que dicen saber pero actúan y hacen actuar fuera de la lengua.

El vate comunica el conocimiento que la investigación poética le ha revelado y, palabra en boca, teje los mimbres que desvelan los centros a quien quiera escuchar con los ojos, sin más prisa que la que alimenta la pausa, sin más  velocidad que la de la duración.

La poesía es la bisagra pineal del armazón humano.

Bello es el ser sin apetito

Byung-Chul Han




domingo, 29 de diciembre de 2019

Oda desde la mar a Jesús

Jesús Cánovas admirado por Pascual Gálvez, literal y emocionalmente





         La mejor película es la de las olas contra las piedras en Calafría: después están Andrei Tarkovski y los poemas de Jesús Cánovas.  La duración que siembran en el tiempo sí es de este mundo. La del agua. La de la luz en movimiento de plano secuencia sin prisa. La de la palabra.

         Estos octosílabos con pie quebrado, con apropiación sonora de haiyín mediterráneo, juegan, como las olas, con la playa del oído de los ojos.



                            A Jesús Cánovas Martínez, por su liturgia de la claridad

                                               Como en huida de sí
                                               La claridad
                                               Galopa el corazón”




                                                                 
Huele salobre la silva
sobre la mar:
riza sus ramas de agua.

         El poema fertiliza
el silencio,
siembra la palabra música.

         Vuela el cielo en la mar.
Zurce el verso
entre azules inefables.

         Trasmina luz la palabra.
Raíz de agua:
abisma alturas su esencia.

         Soledad contemplativa.
Busca en el sol
la épica de los matices.

         Forja la oda, sinfónica,
esta pausa:
fragua en silencio el ruido.

         Trasciende, iluminando,
la palabra.
Transverbera el corazón.

                                               Convocada soledad,
voz del eco
pletórico de vacío.