domingo, 14 de octubre de 2018

Caligrafía


                   

Se derrama la palabra: se hace encelafograma plano, pérdida laberíntica del encuentro, arabesco sin correspondencia.

                            .

                                      

Se deshilacha la madeja de la razón en nada.

El huso de la palabra
devana
para tejer
la transustanciación de la vida.

El poema es su tapiz.









sábado, 13 de octubre de 2018

Destellos XCIII


 
Atardece en el cementerio. Debería ser un amanecer. Tanta novedad sin abono conduce a leños secos con las raíces al aire artificial y feliz de lo ajeno.




         El caos mismo del nuevo orden parece que me obliga a domar los Destellos y me hace olvidar estas melenas aforístico-líricas sin peinar. Que no las comunique no quiere decir que no se vayan pariendo con el semen de la realidad en el útero de mi pensamiento. Mis libretas dan cuenta de los abortos.

         Son estos tiempos de engendrar duración. Que todo parece vacunado contra el tiempo, precipitado de obsolescencias eficientes y lucrativas para el mercado de escaparate en el que vivimos. La mirada que cuaja en visión lírica, claro, no cotiza en la bolsa usurera. Es este un tiempo en que las iniciativas de los profesionales de la educación (ese oficio usurpado a los antiguos maestros y profesores por pedagogos, psicólogos, médicos, economistas y padres-clientes, profesionalizado por las subcontratas estamentales disfrazadas de sinergia colaborativa ecuménica) usurpan el progreso de sus educandos, desde una pedantería de futuro que menosprecia el pasado y hace holístico un presente sin raíz por exceso de alas.

         Aquí van nuevos destellos que viene de lejos: de la raíz entrojada en tiempo y espacio que quiere dar aliento y duración al flujo hacia la nada más prometedora.
        

        

Internet de las cosas: objetos conectados en un mundo de hombres desconectados de ser para estar, para dejarse llevar por la facilidad material que induce a la simplicidad mental.


La solidez de un árbol.  La fragilidad del hiperactivo hiperconectado y felizmente desubicado y desarraigado.
Ese ser de su tiempo necesita abrazarse al árbol del destiempo para saber que está en su ser.


El mar siempre es igual en su eterna diferencia. Es la costa la que cambia para competir con su duración.




El epitafio azul de calma del mar.




Biyección: implosión. Ósmosis frustrada  de las sinergias de ser. Quiere el hombre ser en su medio y los que alimentan su estar acaban perforando su ser para inocularle la presión de proyectarse como cliente hacia afuera.



La felicidad del “fast-food” o de las “fast-pictures-appereance-snapshot” es la pornografía del erotismo: vacío inmediato sin más sexo que el del orgasmo sin proceso. 



Heraclitianamente, nunca puedo ser. No soy ni quien era ni quien seré. Ese no-yo en el estar, ese transyo. Siempre es todavía, machadianamente, sí: pero yo no soy el que fui y aún no soy el que seré. Por eso, la poesía: esencia en el tiempo, sustantivo sin verbo, raíz léxica que se ramifica como un sauce llorón fértil.




Confusión clarividente. Perdido siguiendo la estela de olor azul de la luz verde.


El tiempo se hace plano en el tiempo, se desgasta la ilusión de lo nuevo. El corazón se acomoda y los cambios pierden orografía, tan lejos de la ingenuidad infantil de lo desconocido que las cuevas de la base son suficientes para dar luz al progreso que es ya de otros.



viernes, 12 de octubre de 2018

“Surmenage”


 
José María Quiroga Plá en la casa rectoral de Salamanca. Difuminado por el tiempo y la ignorancia inducida, él es quien me dicta en sus versos mi destino sin tragedia.



         La poliedria no es una actitud vital nueva, pero sus aristas romas han sido afiladas por la prisa y la eficiencia impuesta. Y algunos de sus filos se clavan por dentro por la presión del alrededor amorfo por lo detallado de sus algoritmos.

         Surmenage”. Así en francés. Cansancio mental, colapso espiritual, encrucijada intelectual y emocional paralizadora. Hamlet calla y el “stress”, en inglés, atenaza los calcañares del alma. Síndrome de fatiga crónica, síndrome del desgaste profesional, erosión del entusiasmo por el asperón leguleyo de la pedagogía sin amor, incendio que funde la ilusión en yermos. Ponosis, panastenia, astenia laboral.

         Unamuno, Cortázar y Tarkovsky asisten a los nuevos enfermos de felicidad. Agonía como proceso vital, alimento de las grietas y duración. Arte como medicina. Cultura como asidero en el fluir del rabión de la vida. Celda ascética desde la que ser mundo sin exhibición. Aquí y ahora eternos sin clonación en pantallas. Prójimos en un pueblo global sin aeropuertos.

         Destila la herida una silva blanca centrada mientras suena la Symphony III de Henryk Górecki en la ramificación fractal sin frutos.



Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada

                  

Julio Cortázar. “Casa tomada” en Bestiario (1951). Madrid: Alfaguara, Alfaguara Literaturas, 88, 1993, pág. 21.
                                              

“Homo sum; nihil humani a me alienum puto dijo el cómico latino. Y yo diría más bien, nullum hominem a me alienum puto; soy hombre, a ningún otro hombre estimo extraño. Porque el adjetivo humanus me es tan sospechoso como su sustantivo abstracto humanitas, la humanidad. Ni lo humano ni la humanidad, ni el adjetivo simple ni el sustantivado, sino el sustantivo concreto: el hombre.”

Miguel de Unamuno. “El hombre de carne y hueso” en Del sentimiento trágico de la vida (1912). Madrid: Austral, Humanidades, 2005.




                  
El mundo era su casa.
Solo en dos de sus estancias era,
pero nada humano le era ajeno.
Hombre centricentrado,
tras la fagocitosis del gran todo,
pasó a vivir periparapetado.
En la depresión feliz de sus valles
alzaron atalayas
para mejorar la felicidad,
diseñaron la trazabilidad
del feliz proceso de la evidencia.
Costoso peaje de la osmosis:
los alegres vigías,
tan poliédricos como evaluadores,
bajan para abrazarse a los árboles
que crecen al amor
de tanto escombro de juguete roto.

Hoy tiene el deber de ser feliz
con la casa tomada.





martes, 9 de octubre de 2018

De libros y pantallas








         En el gran centro comercial que es el mundo ya no es preciso desplazarse para llegar. Pero todos quieren viajar. La experiencia de novedad no se satisface solo en la quietud hiperactiva de una comodidad fuera de la zona de confort más confortable. El avión conecta los centros comerciales  que alimentan el gran centro comercial del mundo. Y la pulsera de todo incluido pasa por gratuita para los turistas clientes.

         Moscas engreídas en una tela de araña de luz y brillos. Moscas libérrimas que chapotean en la miel amarga de la dependencia dulce, de sirenas sin cuerpo que todo lo ocupan.



                                              
                                               “La transparencia, Dios, la transparencia”

                                                        Juan Ramón Jiménez




                                                                 
Un libro. El mundo
en su cabeza.

         Una pantalla. Su cabeza
en el mundo.
El mundo: ese todaspartes
sin lugar
de la nueva intemperie
del hogar portátil.

         Falsa transparencia,
obscena trasparencia.
Salomé vestida de algoritmos
para desvelar
al animal que es,
decapando cultura
hasta llegar
a la médula de deseo
que le mueve.

         Chantaje de los futuros
proyectados
que hipotecan su presente.
Dictadura de la libertad
sin raíz.

         Ajeno al otro lado
de su realidad,
su mundo, su celda, su hogar
es el libro
que centra
un alrededor ajeno
y enajenante.

         En la pantalla castigada
a de cara a la mesa,
ignora una consigna
de felicidad:
“Mejora tu bienestar
de forma
intensa,
rápida,
eficaz
y fácil.

         Para aprender a leer
tuvo que arrastrarse
por los desiertos
y selvas
de símbolos y garabatos
que hoy le desvelan
cómo aprender a ser.


Duerme despierta
                                      y velada
                                      la pantalla manchada
de huellas digitales.

         Pasa las páginas
del libro que ocupa
espacio y tiempo.
con su olor,
con su topografía
de límites,
en una ceremonia
que fija
la realidad
en dosis homeopáticas
de ficción.

         Crepita el fuego
del hogar antiguo
en el corazón del lector
de libros,
aislado y opaco
a un alrededor felicista
como boa constrictor
de grave
levedad
transparente
y sólida evanescencia.