sábado, 30 de octubre de 2021

Haikus LIII

 


           La sonrisa que no se ve es la que, desde el tantién, vuela por dentro para centrarme y ser

 

 

A Saúl Martínez Calvo, por la epifanía progresiva de su enseñarme a mirar desde detrás de los ojos.

 

A Inés López Suárez, por ponerme en su senda desde el mar de Águilas.

 

A Gabriel Muñiz, por hacer del arte una conexión sinérgica entre personas.

 

 

 

Caos. Naufragio alegre en relativismo usurero. Sin maestros, los alumnos endiosados (clientes sin consciencia de serlo) imponen su idea de progreso inducida por los monopolios que gestionan su libertad condicional (de la que desconocen las condiciones). Nunca el futuro fue tan dependiente de los intereses manipuladores de unos pocos. Nunca fue aparentemente tan nuestro. La metarrealidad es la realidad. El universo, metaverso pixelado.

Cada persona, a solas con ella misma. ¿Qué piensa? ¿Se piensa? ¿Sabe ver el simulacro que exhibe, los filtros que la hacen social? Egoendiosamento clientelar ingenuo disfrazado de colaborativismo globalizador y filantrópico cultivado por individuos egoístas encapsulados en el todo de la nada.

Con el presente herido y el pasado anestesiado por la innovolatría, la esperanza batalla por seguir sembrando futuro desde el presente de consciencia plena permanente que siempre somos, con retrovisor y faros proyectivos.

Dos haikus encadenados a la libertad de decir desde la dependencia al conocimiento. Sin puntuar, sin mayúsculas: para que lo minúsculo de la lectura atenta restaure el sentido. Queda suelto el quito verso para que, quien quiera, siga trenzando este prólogo.

 

“Hoy es siempre todavía”

    Antonio Machado: “Proverbios y cantares” VIII

          (Dedicados a Ortega y Gasset)

 


       siempre es presente

sintiendo el pensamiento

soy yo consciente

 

         mi mente siento

en este aquí ubicuo

donde soy siendo

 

        

 

        

 

 

 

 

 

domingo, 17 de octubre de 2021

Mujer de rojo sobre fondo gris. Los ángeles de la historia

 


 

A Paula Corripio, por la complicidad intelectual

 

 

El ángel de la historia de Walter Benjamin, inspirado en un dibujo de Paul Klee, ese ser de espaldas al futuro que es arrastrado por el viento alentado por las ruinas del pasado que ve hacia el después que no puede ver, está habitado por muchos otros ángeles del presente. Como Ángeles de Castro: una mujer de rojo sobre el fondo gris del pesimismo de Miguel Delibes. Rojo de intuición para vivir sobre el gris del vivir arrastrado instalado en la pérdida. El progreso va a ser algo parecido a eso: el Angelus Novus benjamininizado y gris preñado de ángeles de luz roja.

Ángeles de Castro, razón de vivir, murió de un tumor cerebral en 1974: tenía cincuenta y un años de presentes y alegrías y toda una vida de dar vida a Miguel Delibes. Delibes siguió viviendo de prestado hasta 2010. Pudo llegar porque sus hijos y el recuerdo de su compañera de vida le dieron las prótesis que necesitaba: en 1991 publicó en monodiálogo Mujer de rojo sobre fondo gris, un exorcismo autobiográfico terapéutico. Literariamente venía de Cinco horas con Mario (1966: Menchu, una mujer prisionera en el gris) y de Las guerras de nuestros antepasados (1975: Pacífico Pérez, recluso en un sanatorio, inspirado por el anís, recuerda el gris de los rojos de su gris). La Ana de la novela de 1991, reconstruida desde el gris iluminado, refulge en rojo. Nicolás, con el alcohol como motivador y anestesia, un pintor que vivió tan de cerca el amor de Ana que no fue consciente de su luz pictórica, rememora su relación en el verano y otoño de 1975 con su hija Ana, invisible, como interlocutora muda. Eduardo García de Benito había pintado a Ángeles de Castro en 1962: de eso hace Miguel Delibes un argumento en forma de novela breve e intensa que José Sámano, José Sacristán e Inés Camiña transformaron en tridimensionalidad teatral entre 2008 y 2018. Delibes en carne viva y roja desde el gris de su seguir existiendo.

El sábado 16 de octubre de 2021, en el teatro Romea de Barcelona pude vivir tres prodigios humanos que dieron a luz, en la oscuridad del patio de butacas, una epifanía. Dos profesores de literatura y un grupo de alumnas fuimos testigos del fenómeno y su catarsis.

Primer prodigio: Que un actor de ochenta y cuatro años se convierta en un gigante de gestos y palabras en el escenario y nos tenga hora y media pendientes de su ficción. Mérito tiene su memoria. Mérito tiene su arte. Y mérito tiene la profesionalidad que mostró ante las toses, los ruidos de papeles y las notificaciones de los móviles. Una obra de silencios, matices, modulaciones de voz, microexpresiones… requiere un templo de contemplación. José Sacristán estuvo inmenso y seguro en su ser Nicolás. Al acabar y bajar del escenario, en el vestíbulo del Romea, volvió a ser José María Sacristán Turiégano, el niño que nació en Chinchón en 1937 y sobre el que pesan ochenta y cuatro años de sabiduría y compromiso: pequeño, menudo, con apariencia de despistado. Pero ese ser frágil de voz potente y afinada es quien siempre se ha puesto del lado de la justicia social y ha defendido la igualdad fraterna.

Segundo prodigio: El teatro como presencia sigue siendo una necesidad humana. En un presente de trincheras-pantallas de tiempos y espacios simulados, tiempo y espacio reales, sincrónicos y compartidos: un mismo presente, un mismo aire que respirar, una misma inquietud social que poder abandonar por un rato. La convivencia espacial y temporal real para vivir la ficción como una tribu coyuntural. Frente al simulacro, la verdad de la ficción. El teatro se erige en un templo de humanidad con la palabra como constructora del espacio y el tiempo que contiene. Por eso el público debe pasar desapercibido (no como en espectáculos de otra hechura -los de La Cubana o La Fura dels Baus, por ejemplo): la complicidad en el silencio o en los contrapuntos risueños, nada más. Bueno sí, el universo de ruidos estancos de cada cabeza, dos manos que se buscan y se encuentran… Las toses, los ruiditos eternos de caramelos, pasillas y otras necesidades físicas, los tonos de las notificaciones de los teléfonos y los reflejos de sus lucecitas también forma parte de la función y la enturbian. José Sacristán fue espectacularmente actor con una mujer que “interrumpió” (involuntaria y reiteradamente) su monólogo: lo detuvo, la miró (unas diez veces) y siguió como si ese breve lapso estuviera fuera del tiempo y el espacio compartido, sin que la fluidez de su actuación se dejara intimidar por la impertinencia.

El tercer prodigio es personal e intransferible: En José Sacristán siempre he visto a mi padre. Físicamente siempre los he identificado. Mi padre tendría ahora, de no haber muerto en 1991, setenta y seis años. Y, claro, veo a Sacristán con más de ochenta (y con una apariencia estupenda) y no puedo evitar ver a mi padre vivo.

La epifanía es la convergencia de los tres prodigios: la revelación de que en el arte tenemos una posible salvación. Podemos ser personas de rojo sobre fondos grises en una sociedad que pervierte tanto los colores de la realidad que pinta con píxeles excitantes y fosforescentes los simulacros de realidad y nos hace creer que somos cada uno del color que queramos, libremente, a nuestro criterio libérrimo (sin raíz) para que como clientes deseemos encajar en el laberinto de oportunidades que nos venden. El arte humano como epifanía, con la tecnología como complemento.

martes, 12 de octubre de 2021

Armonía de contrarios de ser en la música de Clara Peya

 

                             Clara Peya Rigolfas (Palafrugell, 1986). Estat de larva (2020)

 

A Pilar Navarro, corazón del ser y seguir siendo.

A Clara Roldán, reveladora de esencias epiteliales.

A Susana Koska, que sabe de estados de larva para volver a ser.

A Clara Peya, claro, por poner puertas de libertad al campo y balizas en el mar de la Belleza.

 

         Hoy he tenido una experiencia mística: quietismo dinámico en la impermanencia de la permanencia, en el eterno retorno de lo efímero, en la duración de lo fugaz.

         La música de Clara Peya en Estat de larva ha sido el catalizador de tanta química espiritual. Escuchada en bucle: como banda sonora del fondo (como el aire que da de respirar); como microtesis doctorales sobre el vivir (como alimento para la mente). Una larga meditación preñada de disrupciones y sinestesias. He dormido en ella, he soñado, he pensado, he sido y me he dejado ser en una larga meditación.

Maraña de sentimientos que engendran un ascensor de luz en el corazón: letra de médico que no se entiende pero cura. El feto larval que nos enciende como un quinqué nos sana y tenemos que darle mecha y combustible para seguir. Escala en la intimidad el ánimo animado, coreografiado por las teclas de un piano: fuerza mecánica que abre, al pulsar, el cajón de sastre del sentir.

         Temas tuétano preñados de fractalidad y simetrías amorfas. Música inseminada por Clara Peya para florecer en los oídos del alma. Semillas de vida que germinan en el proceloso mar del sentir. Notas y ruidos, como la vida misma: calma el alma la armonía moteada con sonidos de la música sin arte del mundo. Como en las películas de Andrei Tarkovsky (vencejos falsos, molas, fondos industriales, agua…) la belleza resplandece entre los contrapuntos. En el duermevela, enredado en sueños, canta el piano de Clara Peya, es centro y periferia. Me grita suavemente un acróstico cuyos versos son piezas musicales: No-Sé-Vos-Al-Tres-Pe-Rò-Jo-Ne-Ces-Si-To-Pell-Per-Viu-Re. “No sé vosotros, pero yo necesito piel para vivir”. Arrullo: acuña y acuna. Tatúa en la piel del sentir la intimidad más compartida y callada. Nunca hemos dicho tantos besos y abrazos y hemos besado y abrazado tan poco. Briza, entre suaves chirridos como de banqueta que gime, el rizo de amor de la fragilidad en la intemperie. Suenas los mecanismos del piano mientras exhalan música. Suenan pasos de ausencia que acompañan en el recogimiento al acabar el disco. Suenas pájaros en el aire musical del paisaje pintado por el piano. Es una música que nos hace isla y archipiélago con vocación de continente: se reflejan las notas en el espejo del yo que reflexiona, recíproco, ante la posibilidad de desbordarse.

Fagocitados por la soledad náufraga en el exhibicionismo del simulacro usurero, el piano de Clara Peya es caballo de Troya: penetra el sistema, violador de la intimidad, como negocio en tu casa; entra en tu corazón Clara y te hace mejor porque te da argumentos para luchar desde la belleza militante. Entra, inocula su larva (que también es tuya) y energiza el barbecho para poder ser protagonistas ante la depredación social.

Vivir desde la piel. La belleza musical de Clara Peya alimenta la epidermis y llega hasta el tantién del corazón para, reciclada, hacerse puño y restañar llagas.

Sueña la melodía tecleada, eleva nubes, y con ella suena la mecánica de la máquina musical: los pedales, la gestualidad de la pianista que es extensión humana de un piano ventrílocuo, los roces que pulen aristas, el choque de placas tectónicas traducido a suspiro metálico o xilofónico. He sido, esta noche, armoniófago en la claridad oscura del escuchar.

Tanta delicadeza, tanta delicuescencia, tanta sensibilidad, tanta evanescencia… Incienso musical, silencios que hablan afinando el piano del alma. Clara Peya, diapasón de humanidad, metrónomo para los latidos del espíritu profanamente santo. Mística laica de la Belleza: epifanía de rebeldías fértiles.

 

lunes, 4 de octubre de 2021

Destellos CVI

 

                      Cauce seco de la riera de can Trabal: por él corren los recuerdos de infancia 



A Cristina Ferradás, tan lejana y valleinclaniana como presente en las elecciones afectivas y las afinidades electivas.

 

A Paula Corripio, desde la reciprocidad pigmaliónica.


A Jorge Gálvez, cómplice de memorias.

 

Estos son, en realidad, destellos de un diletante fértil. Pero hacía mucho tiempo que no recogía en esta termoclina de Limbos mis iluminaciones en la sombra de vivir: no las dejaba en el aborto del destello, las seguía rumiando hasta ser un ente de más cuerpo. Son solo un destello cuajado en el pensear.

Estaba buscando la infancia con los pies, como otras veces. Fui pisando el otoño: esa vocación de humus del futuro que amarillea preñada de verdes. Buscaba un cauce al que iba a dar una mina de agua en un bosque. Queda una senda seca entre urbanizaciones, un vestigio de naturaleza fagocitado entre hormigón que sigue marcando su ruta, sin embargo. No hallé el agua aquella primera de mis domingos familiares pero estuve en su eco: hablé conmigo, cuántico, haciéndome coincidir en un centro de tiempos mío.

No hay hombres solos; no hay mujeres solas: cada persona lleva dentro un corro donde canta el agua. Agua que viene de fuentes en las que ha bebido y que va hacia fluires en los que otras personas beberán. Pensar no es otra cosa que confluir, desde la fuente y hasta el mar.

Los extremos de vivir se tocan, se abrazan para centrar los amores que alimentan el camino. Abrazar es besar de continente a contenido: es contener en los labios de los brazos el cuerpo abarcado. Abrazamos, entre comas, el vocativo. Evocamos. Invocamos. En cada beso presente somos el niño que fuimos y el anciano que seremos: su magma de amor sella la alianza vital de ser sintiéndose querido.

        

        

 

 


 

al final como al principio

todo es abrazo y es beso

la maraña intelectual

fluye entre las dos orillas

 

           de ser

 


 

 

lunes, 6 de septiembre de 2021

Haikus LII

 


 

 

A Valentina Sandoval y Clara Roldán por la fertilidad del estuario.

A las luces de la decadencia iluminadora contra los flashes para modular solidaridad entre generaciones.

A Susana Koska por traducirme “sinergia”.

 

 

 

Tiempo de fuegos artificiales, de castillos pirotécnicos, de aspavientos con poca raíz y mucha cancha. Ideas para desactivar ideologías. La letra no entra con sangre pero tampoco con la vaselina, candyalgorítmica, con la que cebamos con cápsulas consumibles la inteligencia.

“Vivir mata” podría ser el eslogan de Perogrullo: su evidencia alimenta los días y las noches, nutre de frontera de controversia el sentido de existir. Entre el fogonazo vital de agosto y su eco tibio de octubre vive el diálogo de ser: no hay eco sin voz; apagada la voz, el eco es voz que reverbera en su eco. Por mucho que progresemos, sin milagro, no hay posibilidad de anástasis ni de apoptosis sin epifanía: no nace nada ex nihilo. La rebeldía es motor: luz contra la candela reveladora agostada que prendió la luz rebelada y que en su fertilidad se apaga. Ontología del progreso. Somos demiurgos presentes del futuro; cada uno de nosotros. El puente es el diálogo intergeneracional, la osmosis de abrazos en el frontón de todos los aquí y ahora que ven más allá del muro de los ecos.

Todos vamos a ser Filoctetes: una serpiente o la flecha que heredaste de tu maestro te deja al margen, señor de tu isla, apestado. Las habilidades aprendidas serán necesarias para triunfar en las Troyas que se tercien. Tu sabiduría sigue siendo útil  aunque no lo pareciera. Se trata de convencer, no de competir: “vencer”con”, un “win-win” que dirían los estrategas del márquetin ahora.

         Dos haikus, uno reflejado en el otro en fuego de agua. Una imagen y un proceso. Un tiempo en dos tiempos: capicúa de plétoras y anemias, uróboro de ríos y océanos, retroalimentación de luces y sombras.

 

 

       Fuego de agosto

Rescoldos doradores

Luces de otoño

 

        La luz de otoño

Dora con los rescoldos

Fuegos de agosto

 

 

 

sábado, 21 de agosto de 2021

Vecinos: sabiduría (popular)

                                        Higos pajareros. Cosecha de agosto de 2021
 

 


        

         A Diego López Sáez, hijo mayor de Pedro “El cojo”, por entrojar en su experiencia la cultura de la bondad y compartirla, generoso.

          A Pedro López Piñero, nieto de Pedro “El cojo”, hijo y nieto de la tradición, puente auténtico del progreso.

          A Isabel Hernández Méndez, raíz de savia nueva, alma de corro.

          A Iván López Navarro, Iván de La Escucha, por ser cauce de la cultura del arte.

          A María Dolores Simó Sánchez, hija de Paco el de la bomba, por encarnar, como persona que ejerce de profesora de Historia y como concejal de cultura del ayuntamiento de Águilas, la simbiosis entre sabiduría e inteligencia.

          A Francisco Serrano Buendía (Paco el Zumbío) y Francisco Serrano Gálvez (cabico de tripa de los Sables) por tantas horas de mar con la  mar como escuela.

 

         Presentación de un libro en la casa de la cultura Francisco Rabal: un diplomático de profesión, jubilado, poco diplomático, poco riguroso, maniqueo y complaciente con el espectáculo intelectual exhibido, presentaba su último panfleto. Dos horas y media después, la vela de hormigón del Auditorio acoge en su fachada lateral la proyección de Palomares. Días de playa y plutonio. En ambos actos coincido con Diego padre y Pedro hijo. La conversación brota, natural, cómplice, fértil. No hay más hilo argumental que la vida y pasamos de un tema a otro con alegría, dejando fluir el intercambio de palabras. No somos del todo conscientes pero el hogar que encendemos y alrededor del cual conversamos alumbra ya una agonía de la que somos protagonistas. “Agonía” en su recta etimología: como lucha en una crisis, como pulso en el que combatir, crepusculares, la novedad que eclipsa la herencia hasta encandilar con su obsolescencia mediática.

         Sin pretenderlo, los actos culturales nos dieron tesis sobre las que conversar, entreverando en esas médulas toda clase de injertos que dan amplitud al árbol de la vida sobre el que crece el árbol de la ciencia, sobre el que pueden crecer, fractal, a su vez, ramas del árbol de la vida. Árbol que puede ser una higuera o puede ser una chumbera, que es planta con vocación de árbol frutal resiliente. Diálogos que son intercambios de frutos.

         Había, como mínimo, dos grandes lecciones en esa coyuntura de velada aguileña de agosto. Y las dos eran tesis sobre las que construir el mundo presente. Y las dos venían desde la cultura del pasado. Para proyectar es necesario conocer y para conocer es necesario estudiar. Estudiar en la escuela de la vida con el entorno como maestro, desde el emprendimiento de la herencia experimentada ; estudiar en el sistema que la civilización humanista se ha dado para aprender a progresar (colegio, instituto, universidad, autodidactismo de biblioteca); estudiar combinando ambas posibilidades, aprendices de todo, humildes y abiertos, escuchantes de la sabiduría ancestral vehiculada en la vivencia de quienes sí se han hecho a sí mismos gestando un espíritu crítico.

         La primera lección vital es que somos ignorantes en presente y que la historia que comprenderemos en el futuro ahora está pasando y no somos capaces de entenderla. Como pasó en Palomares cuando en una maniobra rutinaria de repostaje en vuelo de dos aviones norteamericanos cayeron cuatro bombas termonucleares. Fue un 17 de enero de 1966. La narración de lo que ocurrió que vivieron los habitantes del lugar y que conoció el mundo poco tiene que ver con los que realmente pasó. En nuestro presente tenemos que sospechar, cartesianamente, una situación similar. Peor, porque nos creemos más y mejor informados (y en esa ingenuidad de la prepotencia nos ponemos a merced de los aurigas faetónicos usureros).

         La segunda lección: la tecnología es un atributo humano inherente a su condición natural. Hay tecnología artesanal y tecnología industrial: tecnología analógica y tecnología digital. Tecnología humanista (virtual u ocupante de tiempo y espacio físicos) y tecnología petimétrica “empoderantemente” endiosada y protésica. Cuando Francisco Simó Orts, Paco el de la bomba, les dijo a los militares norteamericanos dónde había caído la bomba desaparecida en el mar, estos despreciaron la ciencia de su cálculo (¡cómo iba a ser mejor su GPS humano que los sofisticados sistemas de geolocalización con tecnología puntera!) aunque seguían fracasando. Cuando Francisco Simó presenció el choque del B-52 (cargado con sus cuatro bombas) con el KC-135 nodriza sabía dónde estaba, con consciencia y tecnología humana. Las marcas tradicionales de los pescadores sitúan en la desorientadora igualdad de la superficie del mar cualquier punto de interés para su ofició: allí donde convergen tres puntos reconocibles en tierra. Paco sabía dónde estaba la bomba. Los formados científicos confiaban en sus artefactos: Paco en su percepción humana de estudios heredados en directo, vivenciados. El 15 de marzo la sabiduría de Paco superó a la inteligencia norteamericana (y salvó a esa potencia de la posible injerencia soviética, al acecho en esa guerra fría tan caliente). El 8 de marzo, una semana antes, Fraga en gayumbos representaba la “tranquilidad” para el negocio turístico. A cinco millas de la costa y a casi novecientos metros de profundidad, la sabiduría popular fue más eficiente que la inteligencia artificial en manos de la gestión intelectual titulada en universidades.

         Hasta aquí la coyuntura. Ahora, la serendipia:

Las conversaciones con Pedro López Piñero (Predro de Cope) y su padre Diego, de pie (siendo descendientes de “El cojo”), en un contexto de cultura oficial, se quedaban en poco. Al día siguiente, en la Glorieta, volvemos a quedar los tres. Diego padre, el más sabio, viene en forma de higos pajareros. De ellos habíamos hablado la noche anterior, de la cultura arraigada en la tradición. Diego me había explicado cómo “trabajaba” sus higos (hijos de árbol y hombre) para que fueran los mejores posibles: cómo los volteaba para cuidar su humedad y ahuyentar a los inquilinos (los más sabios por ancianos no pueden evitar abrir el higo seco para comprobar que no lo habitan los gusanos del hambre de la posguerra). Un higo pajarero preñado de almendra o un pan de higo fueron carbón para la locomotora del vivir con el hambre como vía de progreso. Diego López sigue cultivando su autocracia alimenticia y su bondad sabia. Su hijo y yo hablamos durante cuatro horas porque él ha abonado la tierra sobre la que crecemos. Si Aristóteles o Leonardo eran polímatas, los hombre y mujeres como Diego son simiente de sabiduría, personas poliédricas en lo suyo: de la miel a los chumbos, pasando por un economato al aire libre que abarca todo lo abarcable en esta latitud: higos (en higueras pajareras, orales, verdales, negras), patatas (blancas, rojas –“importadas” de otros lugares-), aceitunas, ajos, cebollas gigantes, zanahorias, guisantes, calabazas totaneras, pimientos, fresas, acelgas, perejil, nísperos, habas, albaricoques, caquis, ciruelas (blancas, rojas), peretas, manzanas, granadas, aguacates, uva, paraguayos, almendras… En los tomates tiene un doctorado y de ellos ha vivido, de ellos ha podido hacer “negocio”: el trabajo en el campo, pasión y dedicación, nunca ha estado reñido con su ocio. Para Diego el campo es su médula espinal vital, su profesión y su “hobby”. Cuidar el campo, con amor incondicional, con primera y segunda parte. Plantar, proteger, vigilar, intervenir (mientras, puede, además recoger espárragos silvestres o “cazar” caracoles), recoger y hacer, si así debe ser, los productos derivados: aceite, artesanía culinaria (volver a mimar en tiempo y tacto a sus vástagos vegetales) o higos secos.

         Los pájaros no son tontos. Se pirran por los higos y tienen paladar con criterio instintivo (es su sabiduría animal): primero se comen la variedad más fina y dulce y luego van a por los otros. Por eso se llaman higos pajareros: son los pájaros los que le hacen la cata, su pueden. En el envasado de esos hijos pajareros hay una declaración antropológica de bondad y una arquitectura que quintaesencia una tradición presente. Un recipiente de plástico que atesora una disposición de infrutescencias en “opus spicatum”, con reminiscencia del hambre que saciaban como manjar en el pasado, aromatizados con matas autóctonas. Qué fácil comerlos y cuánta sabiduría en el proceso de producirlos. Los Diegos López del mundo son los que saben qué quiere decir eso.

         El progreso verdadero es, eso pienso, un diálogo entre la tradición y la innovación. Quedarse en la herencia sin digerir o en el innovolatrismo vendido nos arruina humanamente en sus monopolios. Viajamos en un globo en el que el lastre estabiliza la orientación y controla el destino. Esa lección es la que debemos actualizar en cada presente. Y cada presente debe ser la mejor versión de la sinergia entre sabiduría e inteligencia, entre artesanía y tecnología, entre tiempo durativo y tiempo especulativo. Iván de la Escucha (como Pedro López, como Pedro Francisco Sánchez Albarracín o como Pedro Javier López Soler) es clave de bóveda para seguir aspirando a cielo. Le oí decir, en un vídeo sobre los versos al aire de los troveros repentizadores, “cagada de augíacas dimensiones”. Cultura clásica y cultura popular fusionadas, correspondientes, abrazadas para sumar futuro. En hombres como Diego López Sáez tenemos a un maestro en transiciones.


 


        Diego López Sáez, hijo de Pedro "El cojo" y padre de Predro de Cope, agricultor poliédrico, centro presente de pasados con vocación de  futuro, pletóricos de aquí y ahora, sin prisa, con la nostalgia justa para progresar  generoso.

jueves, 19 de agosto de 2021

Cash de Tomás Soler Borja: ”todo lo sólido se desvanece en el aire” pero puede quedar pendido en el tendedero de la poesía.

 

                                            Cultura telúrica en cultura literaria


 

Cito la cita  (de Charles Bukowski) que abre el poemario:

 

El capitalismo consiste en vender algo por mucho más de lo que vale

 

Cito otra cita citada en el primer poema, “Capitalismo One”, de Andrés de la Orden, juez por necesidad nutricia y poeta por necesidad vital holística:

 

tú y yo valemos lo que podemos pagar

 

Y cito la cita de Eduardo Galeano que da paisaje al poema “La sorpresa del rollito de primavera”:

 

el socialismo es el camino más largo para llegar del capitalismo al capitalismo

 

 

Dirán

que esto

no es poesía,

pero

yo les diré

que la poesía

es

un martillo”.

 

                       Gabriel Aresti, Harri eta berri, 1964

 

Pienso que solo debemos leer libros de los que muerden y pinchan. Si el libro que estamos leyendo no nos obliga a despertarnos como un puñetazo en la cara, ¿para qué molestarnos en leerlo? ¿Para que nos haga felices como dice tu carta? Cielo santo, ¡seríamos igualmente felices si no tuviéramos ningún libro! Los libros que nos hagan felices podemos escribirlos nosotros mismos, si no nos quedara otro remedio. Lo que necesitamos son libros que nos golpeen como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos, libros que nos hagan sentirnos desterrados a los bosques más remotos, lejos de toda presencia humana, algo semejante al suicidio. Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros”.

 

                       Franz Kafka, carta de Oskar Pollak, 1907

 

 

A veces las monedas en enjambre furiosos

taladran y devoran abandonados niños”.

 

Federico García Lorca, “La aurora” de Poeta en Nueva York

 

              Cash es más que un conjunto de poemas yuxtapuestos. Tomás Soler Borja arma una narración cuyo desenlace queda fuera del texto. Los protagonistas serán los lectores que leen en presente un libro sobre su presente. La ficción poética está movida por un corazón crítico con la ironía y el humor haciendo de puente paradójico entre nuestras contradicciones cotidianas. Somos sujetos agentes y pacientes de una alegría impelida por una inercia impuesta y que contribuimos a dinamizar. La apuesta de Tomás Soler Borja es la de  poner el verso en la llaga. Es una poesía ética sin moralina maniquea porque la realidad es muy compleja y todos somos juez, parte, verdugo, reo condenado y reo absuelto.

              Para leer Cash como merece he dado tres pasos atrás para impulsarme sobre su altura. He leído Papel, lápiz y soledad (bella edición digital de Groenlandia de 2014 en issuu -

https://issuu.com/revistagroenlandia/docs/papel_l__piz_y_soledad_de_tom__s_so -

con prólogo de Rocío Escobar y fotografías de Lola López-Cózar). He releído A la contra. (Poemas resentidos o ninguna vez callados) (Ediciones En Huida, 2017; con prólogo de Loida Ruiz Rodríguez). Y he releído (no nos engañemos: a la buena poesía siempre se vuelve) Un día en las carreras (Versátiles Editorial, 2017). Un poeta con cuatro libros editados (no cuatro libros autoeditados: tres editoriales han apostado por su verso y una, Versátiles en su colección Tribal, ha repetido su apuesta poética. Hay una declaración en los cuatro títulos que nos sitúa en su viaje poético (con las notas a pie de página del silencio editorial de su producción -novela, aforismos, poesía…- que, generosamente, comparte en las redes sociales. La soledad que dicta, papel y lápiz en mano, olas de vida en tierra, a contrafluir obligado, lleva a Tomás Soler a ir a la contra y, bukowskianamente, salir de la posible ebriedad solipsista y pasar un día en las carreras con quien le quiera acompañar.  En el circo del mundo, con su “crash” sistémico edulcorado (choque, quiebra, estrépito: especulación desde los espejos de las pantallas) nace Cash: porque “sin cash no hay party hard”; sin solvencia líquida contante y sonante no hay gamificación cruenta. El lirismo de su primer poemario (desde ese itinerario que nos lleva del “Escribo” al “Te escribo” desde el “Me escribo”) al asesino en la fiesta de vivir en sociedad, a la epicidad lírico-irónica.

              Tomás Soler Borja es un marinero en tierra, por oficio, por genética y por vocación de azules. Es un marinero varado en el dique seco pero fértil de la poesía. Tomás Soler Borja es un acróbata. Es un huérfano prematuro, de madre y mar, de madremar. Las olas libres de sus versos son su mar: navega en ellos en el naufragio alegre del mundo. La poesía puede ser, quizá, lo que nos salve de justicias injustas y de mares esquilmados por la “felicidad” turbocapitalista. La épica de su lírica es, en todo caso, el madero al que acogernos para sobrevivir un poco más. Pero para llegar al Cash de 2021 bebamos de 2014 y de sus “pulsos al silencio” con una poesía que “sólo tiene un idioma” y, “en vez de corazón, una pecera”. De eso se trata, de seguir con un intento infinito de poema: “nada más que un puñado de letras / buscando ser algo más”.

De peces

Tengo un silencio

de peces

fuera del agua

que boquea versos

y sueños sin más ánimo

que el respirar poesía.

Escribir ahoga

y si no escribiera

ya sería un cadáver de espinas

en lo inhóspito del mar.

 

        (Papel, lápiz y soledad, págs. 60-61)

 

        De perfil

 

En mitad de la intemperie,

soledad de nubes y aire,

caminando de perfil

todos los vientos lo son menos.

 

La lluvia cala de igual modo.

Algo es algo.

La nada se antoja tanto,

tanto,

 más.

 

El frío viene de dentro,

de los mimbres que soportan

lo insoportable,

el peso de no dejarse caer.

 

        (Papel, lápiz y soledad, págs. 168-169)

             

Cada verso escrito / me condena / en el camino de salvación / que me ofrece la poesía” (Papel, lápiz y soledad, pág. 97 ). De ahí la necesidad de la ironía de “poeta bombilla” (Papel, lápiz y soledad, pág. 41) en la controversia paradójica de vivir la libertad en la cárcel del sistema: “Eso, un punky de los de toda la vida / pero con una sudadera Adidas (Papel, lápiz y soledad, pág. 49); o anarquía familiar (Papel, lápiz y soledad, págs. 52-53). En su primer libro el tú receptor de entre las páginas-sábanas es el amor. En el último, el amor vive herido en el naufragio consumista y es pecio que emerge para salvar algo del mundo que nos hemos dado, sordos a la poesía.

              La lengua poética de Tomás Soler es clara, directa. Señala la herida desde la experiencia léxica. Una herida social y una herida personal. Sobre la estela en que, por ejemplo, cuentan la vida Karmelo C. Iribarren, Miguel D’Ors, Pedro Casariego, Ángel González, Carlos Marzal, Francisco Brines, Charles Bukowski, Caballero Bonald, Vicente Gallego, Felipe Benítez Reyes, Miguel Ángel Velasco o Andrés de la Orden, abriendo espacios rebeldes (con posos amargos a veces, sin resignación, con ironía -socarrona, blasfema, lírica o salvavidas-), Soler Borja desvela verdades incómodas que nos sitúan en nuestra contradicción moral asumida. Con la sencillez profunda de lo auténtico. Hay poetas que necesitan la hipérbole del estilo para cantar: la poética de este acróbata siente, crea y comunica desde la trascendencia de la luminosidad meridiana. Como una noche en altamar del invierno mediterráneo, faenando (negociando con el riesgo la vida), explicada un mediodía de agosto entre amigos cómplices y cervezas, dándole entidad ontológica al ocio. Las risas de la “amistad a lo largo” de Jaime Gil de Biedma son en Tomás Soler versos. Versos de palabras auténticas, cotidianas, sin artificios innecesarios, con la lucidez del Mairena machadiano (su heteronomia, en Cash y en los tres libros anteriores) solo es del sujeto que escribe y del sujeto que habla: pero el primero nos lleva al segundo desde el arte. La conversación es un arte también, claro. Pero en el poema ser remansa esa naturalidad y se dispone para la duración. Releer sus poemas es una necesidad esencial inducida por su poética. Hasta los broncos exabruptos (esos que hacen que en un recital alguien se incomode o que, incluso, se levante indignado y hasta ofendido) están medidos. Su efecto es tan artístico como militante de su verdad vital. Ir a la contra para poder remar a favor. Dice en A la contra (“A dar”, pág. 27) después de citar el misterio humano invocado por Federico García Lorca que “ronda las cosas del otro lado”:

Entre la rendición y la resignación

yo

y escribo

 

porque este es mi modo

de presentar batalla

disparando mi munición

contra el silencio, la frustración y el olvido.

 

Tirando a dar.

Y no, no me rindo.

 

Morir asfixiado de amor o de dolor tiene su antídoto: la palabra poética. Contra el mundo, contra el poeta mismo, el sujeto lírico se alivia pensando la obra que le pica y está por llegar: se rasca y pare ahoras que no caducan porque ya son complementos directos de un verbo con vocación de agentes ante los ojos de los lectores. Todo es siempre personal en un poema, aunque sea mentira. Porque todo en un poema es siempre mentira, menos las palabras, que son los cristales del caleidoscopio de la verdad.

 

Desde mi agujero domino el mundo

[…]

pero no

 

rompí los espejos

con violencia, a cabezazos.

 

Soy el hombre sin ombligo

nacido solo de la palabra

aquí en mi cuarto.

 

Me retrato. Os (d)escribo.

 

                                     (Un día en las carreras, “Retrato”, págs. 13-14)

 

En el algoritmocapitalismo, la verbalización. Verso libre de métrica y puntuación para respetar la libertad del lector atento como autor. Poemas que devienen prosas: porque el prosaísmo en poesía no es falta de oficio sino música para una letra. La semántica pide su vestuario y el poeta se lo diseña. Guiños constantes, diálogo de diálogos: con la realidad de la vida, con la realidad de la ficción literaria, con aquello que obliga al poeta a reposicionarse, incómodo ante los argumentos que vienen para aplastarlo bajo su cabalgar de olas-caballodetroya. La intertextualidad es fundamental en la poesía de Tomás Soler: da pretexto y contexto al texto que nos regala. En Cash son padrinos poéticos Bukowski, W. Churchill, Andrés de la Orden, Juan Bonilla, Patrick Modiano, Frédéric Beigbeder, Primo de Rivera y Agustín de Foxá, Mircea Cartarescu, Luis Landero, Mark Twain, los Payasos de la Tele, A. Camus, Erasmo de Rotterdam, R. Bolaño, Rousseau, Roberto Iniesta, Manuel Vilas, Thoreau, Martínez Pisón, Paul Auster, Cioran, Pedro Juan Gutiérrez, Robert Zemeckis, Hemingway, Pedro Ugarte, Pedro casariego de Córdoba, Schwarzenegger, Eduardo Galeano, Rivera Letelier, Maquiavelo, Woody Allen, A. Koestler, Muñoz Molina,  Josep Pla, Anaïs Nin, Eduard Limónov, Alberto Méndez o Kutxi Romero (y otros muchos menos explícitos -el Delibes de Los Santos inocentes encarnados en Paco Rabal orinándoselas para que no se le agrieten, La Biblia, por ejemplo-). La lista es larga pero necesario es hacer el esfuerzo de leerla porque hay un Tomás Soler Borja lector previo y cocreador al poeta creador (su blog Frente al silencio, aunque ya con poca voz -como sus otros dos blogs ts-acrobata y  diariodeunaexistencia-acrobata- es un aperitivo de su voracidad literaria). Son muchas las complicidades que busca el sujeto lírico con el agente lector: eso es una experiencia que cada uno debe analizar personalmente si quiere. Llamo la atención, solo, sobre el rasgo estilístico solerborjiano de trenzar lo propio con lo leído, que no diferencia de lo vivido porque experiencia vital es lo que se lee y leemos el mundo y los libros que este contiene. Las citas jalonan sus poemarios, lo balizan, son pórtico y son título de capítulo. En Cash, además, actúan como los robapantallas de la publicidad que fagocita nuestras lecturas navegadoras en las “touchscreens”, las que nos acercan el universo alejándonos del mundo. Ironía de tercer o cuarto grado. Así, podríamos interpretar que Cash tiene ochenta y dos poemas (en verso y prosa) en siete “capítulos” de extensión irregular: “Sin cash no hay Party Hard” (como prólogo, con cinco textos, que da, además, la clave de lectura general); “La publicidad son los ojos del capitalismo, el consumo su sangre” (seis textos); “Que unos pocos humanos se las hagan pasar putas a toda una muchedumbre de humanos. ¿También esto es humanismo?” (tres textos); «“El mayor sueño de la democracia consiste en elevar al proletariado hasta el nivel de estupidez de la burguesía”. Gustave Flaubert» (cuatro textos); “El pobre nunca tiene demasiados amigos” (treinta y tres textos); «“El capitalismo no tiene corazón” (dieciocho textos); “Los esclavos abren sus bocas para pedir pan y su hambre / se disfraza / de música”. Pedro Casariego Córdoba» (catorce textos que, en mi lectura, son trece poemas más una prosa, “Reconciliación”, que funciona como epílogo esperanzador -como “Algo de alivio” en  A la contra-). La arquitectura del poemario no parece tan clara como en los otros tres, pero es muy coherente con la columna vertebral de los temas que constituyen su tema vertebrador: la paradoja vestida con los faralaes heterogéneos y caóticos (aunque controlados por el sistema clientelar de las funciones algorítmicas centralizadoras del negocio) de nuestra experiencia social capitalista. Fe y dinero con Bin Laden como intersección de intereses e hipocresías (págs. 14-15): el credo a la concentración de capital que debilita su devoción ante la calderilla (ese “cash” rompebolsillos, solo digno para limosna).Las correspondencias entre los poemas de las diferentes “partes” del poemario muestran un futuro que siempre llega camuflado de presente y proyectado desde un pasado sazonador cada vez más ignorado. El poeta centra en el aquí y ahora la posibilidad de progresar, desde la mirada ácida. Cada poema tiene un corazón de aforismo, más o menos expandido, narrativo o lírico). En “Al remilgo y sus voceros” (págs. 115-116), por ejemplo, le late, irónica, una conciencia obrera atávica puesta al día desde la experiencia laboral real (en el mar, que puede ser metonimia de todos los trabajos duros en una sociedad cada vez más blanda -con la sombra de Azarías como símbolo de la explotación asumida como normalidad-). La metamorfosis que vivimos y alimentamos transforma en eslogan o titular (viral) la idea, la idea en ideología y la ideología en mierda (pág. 86). Necesitamos crear burbujas, paréntesis, treguas: pero son ilusiones en un infierno de lo igual vendido como singularidad clientelar de impersonalidad (las franquicias regentadas por chinos -¡perdón!-, cachondos ante lo japonés -emoticono de carita amarilla con ojo guiñado y labios silbantes- son una referencia de esa globalización kitsch (con el “glamour” de la estética de mercado internacional). Las banderas, pues, son trapos con los que limpiarse el culo (pág. 91).

Los números, despojados de su filosofía, son estadística para el consumismo, esa fuente de energía (agotadora de lo humano) del engranaje de la máquina capitalista. Suma beneficio económico a la izquierda del cero, arrinconándolo en las cuerdas de su nada, vigoréxicos hasta la obesidad. Números que son identidad y perjuicio humano. Guarismos (esos del “cieno de números y leyes” del “juegos sin arte” y de los “sudores sin fruto” de la “Aurora” neoyorquina de Lorca) que son dinero o tipologías de capitalismo (“One”, pág. 11; “88”, pág. 24; “24/7”, pág. 33; “96”, pág. 46; “2.0”, pág. 50; “11”, pág. 58; “55”, pág. 65; “13”, pág. 72; “00”: “Para cuándo el billete / definitivo, grande y glorioso / con el rostro auténtico /de               Dios”, pág. 76; “7”, pág. 83; “59”, pág. 111; “+ infinito”, pág. 117; “67”, pág. 121; y ese capitalismo “XXXL”, metonimia bufa de todos los capitalismos del capitalismo.

Frente a los avatares adoctrinados en “conciencia crítica”, empantallados, “solaborativos” o colaborativos virtuales, activistas de sofá o de  zafu de Decathlon y dojo ubicuo y mindfulnésico, la subversión de la poesía física, analógica. Frente al ruido silencioso de tanto hipe (en sus avatares superficialmente entusiasmados por todo lo nuevo, innovolátricos de humo), la insatisfacción existencial baudelairiana domada en versos de derrotas esperanzadas y optimismo real humano. Frente a la victoria pírrica de la apariencia ostentosa, el “en la derrota llevamos la victoria” cervantino, con su luz de claroscuros. Como César Vallejo en Trilce (con su tristeza dulce y su juego sonoro), los poemas nos llevan a fusionar y confundir “consumismo” y “comunismo”, fonética y conceptualmente: “común” y “consumo” llevan hoy a lo “mismo”, son ismos aborregantes. Dice Salinas en la celebérrima Antología de Gerardo Diego que la poesía es un soporte para la autenticidad, la belleza y el ingenio. Cash es un buen laboratorio para experimentar esa triada lírica con vocación épica: (glosando al antólogo comentando la afirmación saliniana) la poesía de Tomás Soler vibra en una “expresión desnuda y sincera de su intimidad” (ficcionar es también una forma de ser sincero desde el correlato objetivo, incluso proyectar opiniones contrarias al autor lo es); la contención retórica, la frugalidad de la pirotecnia, la depuración de la decoración (en métrica, en rima -de la que huye-, en imágenes), el envés proletario del haz burgués, la belleza que late en la fealdad cotidiana, exhiben su estética; la emoción vívida, la conceptualización lírica de una misión social, de una conciencia moral, ponen los andamios imaginativos a un ingenio poético que, sin aspavientos declamatorios, enciende la chispa de la bujía lectora.

Si leemos el libro como un todo, como un cuerpo estructurado en órganos que se complementan y explican (creo que es lo que debemos hacer: ya se encarga el poeta, generoso, de regalarnos poemas sueltos en las redes sociales), podemos partir de la cita de Flaubert (pág. 35) como su corazón bombeando la contradicción que es motor del progreso en edad contemporánea:

“El mayor sueño de la democracia consiste en elevar al proletariado hasta el nivel de estupidez de la burguesía”

La paradoja triste de esa alegría es, en su práctica, cuestionada sin moralina por el poeta, quien se sabe buceador en ese Maelstrom dulce. “El capitalismo no tiene corazón” (pág. 79): no lo necesita (el libro y las personas sí) porque vampiriza lo que toca y hace creer que el espejismo que vende es la realidad y consigue que todos seamos proletarios disfrazados de burgueses alimentemos el mismo circuito que, inoculador de anorexias, nos convierte en productos. El filósofo coreanogermano Byung-Chul Han llama a eso autoexplotación: el anzuelo tienta con la mejor carnada, la mordemos y, con Huxley y Orwell mirándose y mirándonos desde el panóptico del diorama de la Historia, rien irónicos, mientras nosotros reímos porque hemos impuesto la democracia, hemos abolidos las clases sociales, hemos conseguido que todos seamos, de vocación, burgueses. “El pobre nunca tiene demasiados amigos” (pág. 41) pero ahora, como cantaba como deseo Roberto Carlos, podemos tener un millón de amigos y así más fuerte poder cantar (lalalá, lalalá…). Somos libres en la cárcel de barrotes invisibles y mucho trampantojo de puertas y ventanas de un  sistema cifrado en humanismo digital que se erige como monopolio de los humanismos. Cualquier “Black Friday” en cualquier franquicia es metonimia de esa decadencia happycrática: “Los esclavos abren sus bocas para pedir pan y su hambre se disfraza de música”, nos dice con palabras de Pedro Casariego Córdoba (pág. 107). Sí, el capitalismo no tiene corazón sino una caja de caudales en criptomonedas: la publicidad son sus ojos  y el consumo su sangre (pág. 19). Sin cash inmaterial (pero puro materialismo) no podemos jugar a ser burgueses felices: así empezamos el vía crucis épico-lírico de Cash (la melena del poeta podría ser, valleinclanianamente, un homenaje al Jesús Nazareno que lo sedujo en silencio en su infancia mientras la “muchedumbre” aclamaba bajo el palio del himno nacional a la Virgen de los Dolores). Ese itinerario no lleva hasta un atisbo de redención en “Reconciliación”: una prosa que cierra el libro que solo es posible después de la experiencia colectiva (vivida desde la angustia personal en un mundo globalizado y globalizante) de una pandemia de fantasmal letalidad. Podemos leer Cash como si fuera la caja de Pandora con la sordina que pone la vivencia poética del mundo: detectados los males, dispersados, comunicados a los lectores, al cerra el libro queda en ellos la esperanza:

         “Muchos seguimos siendo humanos, incluso más que antes, en estos días oscuros de monstruos y miradas esquivas”

              Acaba Luces de bohemia con todo un tratado lógico, desde la ironía del esperpento, de la médula del pensamiento: el mundo es controversia, armonía de contrarios en un carnaval que gozamos desde una visión del altura. Ebrios, nos quitamos en cráneo a modo de reverencia ante la evidencia. El fiel irónico de la balanza tiene tantos rostros como poemas ha escrito Tomás Soler Borja. Algunos fragmentos lúcidos de Cash. Ahora todo nos aboca a pensar que la libertad es el derecho humano que subordina a todos los demás y que el capitalismo es su mejor armazón político-económico (leamos “La sorpresa del rollito primavera”, págs. 89-90; “embalsamando a Fidel”, pág. 98; “Perreo, perreo”, pág. 98; “Mi comandante”, pág. 94; “Capitalismo 13”, pág. 72; “García”, págs. 44-45; “El revolucionario”, pág. 95; “La película”, pág. 104; “El efecto placebo”, págs. 112-113): “nadie elige el sacrificio / ser Jesucristo / pudiendo ser Elvis en las Vegas” (pág. 101) porque (pienso en la madre de la película Requiem por un sueño) la mercadotecnia puede calmar la ansiedad inducida (Mindfulness incluido) y “permitir que durante un rato te olvides de todo / dejes por fin de pensarte / y repensarte” (pág. 113). “Pan y circo”: activismo de sofá de quien, derrotado, en los estertores de la conciencia social fagocitados por la resignación, contempla en su pantalla el “Arte y oficio” (págs. 119-120) de las mascotas que animan los partidos de futbol americano (en Europa tenemos otra versión de la misma alienación -somos aprendices-): el gol o el fuera de juego (¡cuánta sabiduría en ese final de poema!, pág. 118) eclipsan la humanidad hundida que se rellena de helado industrial que, fugazmente empatiza con lo que le enseñan. Esa quimera de cheerleader deserotizada, “cuando al fin regresa a casa  [¿] el sudor le huele a humano recocido, a pan duro ganado con el esfuerzo o únicamente a pollo chamuscado [?]” (pág. 120).

              Números, dinero, religión e hipocresía: maremágnum del orden capitalista. Pero este poeta sabe de mares y sabe de reorganizaciones versales de la vida. A lo Sócrates, tábano del pensamiento encauzado, a los Diógenes de Sinope, cínico y lúcido, muestra cómo el templo ha sido colonizado por los mercaderes. El templo es, de hecho, un mercado. El sujeto lírico no es Jesús ni lo pretende pero si ironiza sobre las necesidades y su gestión, entre la sorna y la denuncia (léanse los poemas “Capitalismo 00”, pág. 76; “El credo”, págs. 77-78; “(De)Generación poética”, pág. 62, que incluye una poética; “Capitalismo 2.0”, pág. 50; “Blanco Vaticano”, pág. 51; o “La textura del papel higiénico”, pág. 52; por ejemplo…). La hidra del capitalismo es un pulpo (“Capitalismo+infinito”, pág. 117): “Ahíto de autocomplacencia / el pulpo del capitalismo se devora a sí mismo  […] para vomitar una nueva realidad / aún más impersonal / y deshumanizada / que su propio vómito”. Ese vómito es el que, desde la voz narrativa externa de quien ve la sociedad como un espectáculo esperpéntico y fernandoboteriano, poetiza en basca lo que piensa “arriando la mascá” (en jerga marinera) en XXXL (pág. 16: que me recuerda la obesidad apocalíptica de la película Wall-E). El segundo poema del libro “Nudos de corbata” (pág. 12) da cuenta del ingenio en las imágenes y en la arquitectura de la dosificación de su encuadre: esa soga-corbata, eclipsada por el simulacro de felicidad, que acaba justificando su verdadero fin (esa verticalidad de las seis clavadas del norte de la brújula del galgo viejo ahusándose colgado en la rueca de un olivo. En “Los esclavos de la apariencia” (pág. 67) conecta también los extremos de la paradoja central del libro, en tono “soft”.

              El dinero globaliza (y “gloviza”), todo lo aúna y lo uniformiza. Los números del dinero (que ya tiende a no ser “cash” sino más líquido todavía y más críptico -una versión 5G de las “libretas de apuntar” las deudas en las tiendas de confianza del barrio con claves y plásticos-) colonizan el valor con el atajo del precio y todo lo estadistiquizan. Los poemas de Cash denuncian esta práctica envolvente sin púlpito, apeados del sermón. La presencia de la ideología (religiosa o política) enhebra las aristas de todos los poemas: agujereados como lectores, quedamos embastados en una trama en la que podemos, si somos capaces de distanciarnos en la precariedad del hilo, mirarnos viéndonos en la tela de araña del Mercado.

              Cash es un libro de cavilaciones que te sorprende en cada poema por la riqueza de todo lo que te remueve como lector. Cada poema es una aria en la sinfonía del libro. La forma que el poeta pone como molde a la idea ayuda al paladeo y contribuye a la digestión significativa (molesta por lo que ilumina, con los reflujos ácidos de lo que parecía dulce en su apariencia). La métrica juega con el verso libre, los espacios, la disposición de los versos, los paréntesis resignificadores, incluso con la tipografía (mayúsculas, negrita, cambio de tipos -págs. 88-89). Versos aforísticos (aforemas -no sé si el termino está registrado-: “Currículum vitae”, pág. 110), prosas (once), citas y poemas de musicalidad versicular (León Felipe sonríe eterno) crean un mosaico heterogéneo excelentemente conjuntado. Dilogías (“S.A”, pág. 70: “compañía” como usura o como remedio a la soledad), ecos fónicos (pocos y significativos porque el poeta huye de la rima: “La sombra desnuda”, pág. 71; “El cara al sol”, pág. 23 –“el beneplácito de sus venerables venéreas” aliterativo-; “Te cuento”, pág. 26 –“un gran banco / en bancarrota”-). Encabalgamientos eufónicos y significativos como “un réquiem enarbolado en los mástiles / flácidos, a media asta” (“Los comercios de la carne”, pág. 64) o encabalgamientos abruptos como el “reprodu-/ciéndose” de “La sorpresa del rollito primavera” (pág. 90). Juega con símbolos icónicos para, desde un realismo socio de línea clara, balizar los lugares comunes y resignificarlos. Por ejemplo, la Coca-Cola. No se la hace beber al Che, a Fidel, ni a Stalin: es el caballo de Troya de nuestra normalidad. Cita el símbolo capitalista cinco veces (págs. 16, 39, 95, 104 y 112): en “Al fresco” (pág. 39) el desencanto de las otras citas adquiere vuelo de esperpento al traernos a la imaginación lectora el capitalismo artístico crítico (eco de Andy Warhol) de un Francisco Franco encajado en una nevera de Coca-Cola, como mantenido por un plan Marshall de largo recorrido.

              Basta con leer solo los títulos de los poemas para construir una narración de momentos que describen nuestro presente fuera del libro. Hay en ellos, además, un juego con el lector, que debe estar siempre atento a lo que parece que anuncia o tematiza, puesto que la relación entre el título y el contenido que desarrolla presenta diferentes claves interpretativas: la más frecuente es la de la ironía. Que cada lector ponga a prueba en cada composición el guiño del poeta y que tenga  claro (no siempre se tiene) que el autor y el sujeto lírico no siempre comparten opinión. Cash podría tener una nota aclaratoria, como en algunas revistas, en la que el poeta, jugando a editor, diga que el autor no se hace responsable ni se identifica necesariamente con las ideas expresadas en los textos. Tensa el cable de la acrobacia poética una guerra fría atemperada por el aire de la ironía que confronta y relativiza de razones los dogmas sobre los que se proclaman sus ideologías. Libertad, igualdad y fraternidad: ¿Quién le pone los tres cascabeles al gato político? Claro que el libro es una entidad orgánica y el conjunto sí expresa, en su juego caleidoscópico, el pensamiento de su autor: la voz del autor y las voces de ficción que crea cantan en una polifonía solerborjiana.

              La legalidad de la ilegalidad, ese juego perverso del sistema monetizador tiene en el poema “Capitalismo 88” su síntesis:

Modernidad o catástrofe

siempre mercancía, evasión tras evasión

 

¿Para cuándo los camellos

que acepten

el pago

 

con tarjeta?

 

Ese camello que podía pasar, alegóricamente, por el ojo de una aguja en la cita bíblica tergiversada antes que lo hiciese el rico en el reino de dios es ahora, en su encumbramiento social, un triste intermediario en el negocio de la droga. Pero como agente económico tendría más fácil su “labor social” si pudiese hacer la transacción como en cualquier negocio. (El “camello” bíblico es, en realidad una soga: la protagonista del poema “Nudos de corbata”, pág. 12). La marca blanca para tiempos oscuros de “Blanco sobre negro” (pág. 25) es una declaración del vivir en el quiero y no puedo “democratizado”. Los cuentos (“Te cuento”, pág. 26) son maniobras alienantes al servicio de la publicidad y el capital. El pedigrí nobiliario y enchufabiliario está empedrado con los Garcías (sinécdoque antonomásica de la marca blanca que quiere lucir como primera marca) que son (“Don Pepito y don José”, pág. 40): “arrabal, bulto, carne de cañón, olvido”. No pueden ser “Polladivina” (“El rap de Polladivina y los protozoos”, pág. 59) y quedan en “una masa de Garcías y más Garcías” (proletarios estupidizadamente burgueses, Flaubert dixit) que visten camisetas negras básicas, de algodón, de cien pavos que pueden ser y son Calvin Klein (“García”, pág. 45).

 

              Abramos el libro en sus páginas 56-57, más o menos su centro. A la izquierda “Quarterback”;  a la derecha, “Escala de valores”. Creo que puede ser una buena presentación del libro, de su núcleo significativo. En el aparente caos del relativismo moral, con legalidades en las que la convencionalidad está huérfana de humanismo y sobreprotegida por los intereses usureros, la doble imagen: en la “kale borroka” de la cotidianeidad, cualquier insatisfecho emula al “quarterback” Tom Brady y, remedo minimizado de Enola Gay o de los bombarderos de la Legión Cóndor sobre Guernika, acaba, ejerciendo su derecho a la libertad de expresión, con el mobiliario urbano. El gesto lanzador del fútbol americano, icónico (endulzado por el “graffiti” del lanzador de flores de Banksy), carece de perspectiva de la jugada y fluye con la masa. Ese manifestante, con otros medios, encarna la misma escala de valores de todos los tiempos pero como escaparate de las marcas que lo visten. La poesía, claro, pinta poco en esa educación (“Fotomatón”, pág. 61): cualquier autorretrato consigue más adhesiones (o “likes”) que el oficio de pensar en verso. No es culpa de nadie y es culpa de todos: el gesto despreciativo sobre el infinito de la pantalla solo permite retener la imagen instantánea, no hay tiempo ni ganas de leer y co-pensar: “Una sola hostia de Poli Díaz / y de las malas / de las que daba en el vacío / ha recaudado más pasta / y bajado más bragas / que todos los poemas que puedas / nunca             escribir / piénsalo, piénsatelo” (“La  senda del triunfo”, pág. 63). El lirismo desnudo y promiscuo de “Los comercios de la carne” (pág. 64) nos sitúan en la frontera entre la realidad y el deseo: la oscuridad de la prostitución (todos nos vendemos) y la luz de la debilidad de quienes nos compran (violándonos con permiso del sistema) se confunden y perdemos el norte del oficio y el sentido de viaje. El jeque es bueno y el moro malo. Los sentimientos no se compraban ni se vendían: ahora sí, son otro negocio (el “coaching” es su modulador de pantones y eneagramas de talentos emocionales). En “Capitalismo 7” (pág. 83), al hablar de sentimientos, el poeta dice: “mejor que los callas [si no se han monetizado] y no jodas  más / con la moral”. La fe puede ser la droga más dura (pág. 81) pero, perdida la virginidad ingenua de la infancia solo es posible ya una felicidad artificial, una fe a redrotiempo en la ingenuidad perdida.

 

Tomás Soler Borja es un jubilado a la fuerza del mar y jubilosamente poeta crítico a tiempo completo.  Es un lector que trama sobre las citas los mimbres de su poema: metapoético, bebe y vive de la vida y vive y bebe de la literatura para darle la vida a sus creaciones. Sus vivencias, literarias o vitales, son la base madre sobre la que abonar un fértil pensamiento poético. Los versos de Cash son hachas que rompen el hielo interior de cada lector, socarrones. El poeta sí tiene corazón.


                   Tomás Soler Borja (Águilas, 1973) en la poesía de cabo Cope


                                         Editorial Groenlandia, 2014


                                        Editorial En Huida, 2017


                                          Editorial Versátiles, 2017


                                                               Editorial Versátiles, 2021