miércoles, 29 de diciembre de 2021

Haikus LVII

 

 

El silencio del mar: maestro de silencios



              A Lucrecia Hernández Navarro, 

                                         por ese beso en el crepúsculo aguileño de marzo de 1956

 

 

                                       :una parella

que ja no es mulla i va al revés, en desacord

desfent l’amor, apassionadament.”

 

       Mireia Calafell, “Naufragi” (fragmento final)

 

 

 

Hay silencios cómplices y silencios densos en el amor. Hay silencios que cabalgan, fértiles, la distancia arrebatados y otros, yermos, que naufragan en la proximidad sin puentes. Silencios que son pantalanes infinitos. Silencios que son abismo insondable de silencios. Silencios incorporados y silencios extracorpóreos que pueden ser silencios osmóticos, del amor a la indiferencia o del amor al amor, en sus distintas densidades.

Noli me tangere” dicen que le dijo Jesús resucitado a María de Magdala: no “no me toques”, sino déjame ir, no me cojas para retenerme. Dicen que dijo eso pero no lo que pensó. En el camino para comunicar su vuelta a la vida se llevó consigo el tacto de María y lo gozó y la Magdalena sintió en sus manos ese gozo de tocar desde el pensamiento de Jesús.

 Vergel o páramo: en romper el hielo del silencio o quitar el tapón que lo retiene al otro lado de la posibilidad está la llave maestra para llegar al otro silencio, ese en el que sobran las palabras porque no son suficientes, porque siempre serán escasas y falaces para decir mejor que diciendo.

Porque el silencio no siempre calla ni deja de decir lo mismo. Y hay que aprender a dialogar sin hablar. Y conseguir que hablen las manos con la piel, sin imposturas aljamiadas. Que hable el deseo hecho carne.

Este haiku de duermevela inquieto cuaja el desasosiego ontológico que puede habitar en la intersección de los amores.

 

 

       desabrazarse

tocar la nada toda

al encontrarse








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