Imaginemos
(es imposible que sea realidad tangible) que espiamos a las Parcas en sus
conversaciones en clave. Pero seamos culturalmente correctos (es uno de los
imperativos categóricos de la globalización), para empezar. Imaginemos, pues, a
Las Parcas, las Moiras, las Nornas, los iClouds como vastísimos invernaderos en
un desierto australiano: Nona, Décima y Morta; Cloto, Láquesis y Átropos; Urd, Verdandi, Skult; o cualquiera de los nombres en los que se concreta el ojo del
Big Brother (tres big sisters en uno) omnisciente. Lo que debería suceder, sujeto al libre
albedrío, según parecía, es la conjunción de lo que sucedió y ha ocurrido y lo
que está pasando ahora.
(Perdón
por este laberinto sin hipervículos)
Imaginemos que las sorprendemos
cuchicheando mientras hilan sobre nuestro destino, repasando sobre su muro de
bronce nuestro pasado indeleble, riéndose de la ingenuidad de nuestro “carpe diem”. Ellas, tranquilamente tejiendo (hilvanando el aire o haciendo encaje de
bolillos, pespunteando pálpitos e infartos, trenzando lana blanca y negra con
oro, plata y negra entraña de transparente textura), tijeras y cinta métrica en
mano, como quien trabaja en una cadena de montaje, piensan al unísono y dicen
(en el idioma que corresponda a su geocronolocalización y desde el dispositivo
móvil correspondiente):
-Yo, doble con queso.
Han conseguido hilar tan fino, que no
se ve el sedal. Es ya wifi cósmico.
Me gusta ver arquittrabes con sentido del humor que le hacen sonreír a uno por la mañana temprano.
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