sábado, 6 de marzo de 2021

El diletante fértil. Decimoctavo paseo

 

Sobre un pequeño cerro, muy cerca de un torrente y una fuente, los árboles hacen suya la ruina de una ermita para, contrafuertes, paliar el olvido de la memoria del presente. Restos restaurados de la ermita de sant Vicenç del Bosc a Collserola.

 

A Noèlia Berenguer Sancho, per la seva sòlida fragilitat fraternal.

 

“La Nature est un temple où  de vivant piliers

Laissent parfois sortir de confuses paroles;

L’homme y passe à travers des forêts de symboles

Qui l’observent avec des regards familiers”.

 

 

Charles Baudelaire. “Correspondances” en Les fleurs du mal (1857). Barcelona:  Círculo de Lectores, 1992, pág. 36.

 

                                  

La vida es siempre lo nuevo: aquello que hace equilibrios entre lo que hemos sido y lo que seremos. La voluntad de ser y la capacidad mental para serlo radica en el corazón del pensamiento.

El paseo de hoy estaba diseñado. Pero no hay camino si no se camina. Dos ermitas, dos fuentes y cinco torrentes: la del Crist de Llaceres (siglo XVIII –con historia desde el X y con pinturas murales de Josep Grau Garriga de 1956) i la de Sant Vicenç del Bosc (siglo X); la de Sant Vicenç y de l’Ermetà; el de Sant Crist de Llaceres,  el de la Torre Negra, el de Sant Vicenç, el de Can Gordi i el de l’Ermetà.

La belleza del sendero está en su dualidad. Los pinos culminan su vocación de catedral gótica y acogen en su seno una vegetación de medio punto románica. El alma busca el cielo. El cuerpo se agacha para seguir sus pasos. Una ruta de ermita dentro de una catedral, con el agua como frontera del vadear los desniveles que nos ponen en nuestro sitio en su alerta osmótica. El camino es cauce para fluir. De un árbol robusto y verde cuelga, perenne, un ahorcado. El torrente seco y con zancadillas de árboles contempla ese recuerdo olvidado.

Si el pulpo tiene nueve cerebros y puede sentir, las personas tenemos una mente trina. Pensamos con el cerebro, con el corazón y con los pulmones. Pero tenemos un esqueleto que no nos permite entanarnos, que nos obliga a, como las hojas, estar al pairo de los vientos de la vida. Debemos educarnos en cuál de las tres formas de pensar nos convienen en cada circunstancia. Corazón, cerebro y pulmones son la llave de la correspondencia con el alrededor. Respiramos pensamientos. Sentimos pensamientos. Pensamos pensamientos. La lógica de la razón pone la estructura, los puntales y los andamios pero no es suficiente para vivir. Lo inefable, magmático, da sentidos a todo lo pensado. Y nos queda una incertidumbre de sinestesias que es lo que acaba siendo el destino, independiente siempre de lo que los algoritmos determinan.

El bosque en su claroscuro ilumina mejor que el sol del desierto. Bajo su protección añoramos el mar, ese espacio en el que volar mojados en la apnea que nos da la raíz del soñar.

Este haiku desobedece la regla pascualina de la rima asonante de los impares porque las autoimposiciones están para poder respirar cuando hace falta. Y respirar es vivir el presente pleno.

 

 

Sobre las ruinas

levantamos la vida

a contraolvido

viernes, 5 de marzo de 2021

El diletante fértil. Decimoséptimo paseo

 

Desenfocar la mano y sus atributos para enfocar la realidad. La ruina también es abono de posibilidad.

 

 

            A Susana Koska que, desde su interés generoso, me ayuda a seguir.

 

      Cantaban los niños

canciones ingenuas,

de un algo que pasa

y que nunca llega:

la historia confusa

y clara la pena.

      Seguía su cuento

la fuente serena:

borrada la historia

y clara la pena”.

 

Antonio Machado. Poema VIII de Soledades en Poesías completas. Madrid: Espasa-Calpe, Selecciones Austral, 1, págs. 81-82, 1984.

 

 

 

“Me siento vivo; esto es un don: respiro;

la dulzura del aire me sostiene;

ando, camino, veo, toco, pienso,

imagino, percibo, estoy, recuerdo,

quiero, no quiero; esto es un don: el ser,

estar vivo y saberlo; ser, no más”.

 

Jesús Cánovas Martínez (2020). Soy de tierra, también de cielo, y canto. (Elemental tratado poético de oración). Murcia: Diego Marín, pág. 51.

 

                                  

Ha sido un paseo largo. El podómetro dice que he dado veinticinco mil trescientos treinta y ocho pasos. Yo mido la distancia en tiempo,  en bienestar contemplativo: han sido casi cuatro horas. Tenía un destino pero no un método (que nos viene del griego para decirnos “camino”, “proceso”): más allá (“meta”) de la senda, del “odos”, nos estamos esperando sin prisa por llegar. Pasear no es un éxodo sino un éisodo (camino hacia adentro –sic-).

El gozne del volver estaba en las ruinas del casino de la Rabassada. Para llegar, la intuición orientadora me ha guiado por calles de Sant Cugat, Valldoreix, La Floresta y Les Planes. En una institución religiosa, una monja, en la puerta, daba la hostia líquida del hidroalcohol a los alumnos, que la acogían en sus manos con gesto de mosca para su pequeña salvación mundana. El retorno ha sido por las derrotas pisadas entre los bosques de Collserola.

Contemplar, entre la maleza poderosa, la ruina es una revelación que, desoyendo los excesos de la contaminación emotiva del Romanticismo, nos habla del universo. Ese casino fue un símbolo de la “Belle Époque”, con unas instalaciones (hotel, restaurante, parque de atracciones) de un Dubait del cambio de siglo. Es hermosa la bancarrota de los vestigios de la belleza de otro tiempo y otros modos. No sé qué dejará en herencia la virtualidad con su asepsia física constructora de vacíos digitales que lo llenan todo de bostezos binarios. El humo de los datos, sin posibilidad de ruina, es mercadotecnia del nuevo arte de birlibirloque milimetrado por algoritmos.

 Con un reloj de cuerda y una brújula en el corazón se llega gozando la alegría del camino. Respirar presente, desarrebatadamente. Ensanchar los pulmones para que dentro quepa el mundo y nuestro corazón entero, que es mayor que nuestro cuerpo. Sentir la intimidad del universo: desandar para ir encaminándome, para comprenderme, para aprehenderme desde dentro.

No quiero recuperarme: quiero renacerme. Sobre los cimientos de la identidad construida durante medio siglo, estoy levantándome desde los andamios interiores. Me desintoxico de mí para poder ser yo. Tengo vocación de red: estoy para poder ser; dejo fluir el alrededor, filtrando en la malla que calibro a voluntad. Busco presentar la mínima resistencia para alimentarme de aquello que me ha de hacer más fuerte y dejar pasar lo que me daña. El mundo que queda en mi red y el que la traspasa me alimenta, me centra y me sigue haciendo el que he de ser. Del universo tamizado voy a hacer el pan que horneo en mi corazón mental.

Vivo desde la neurocordialidad.

El haiku de hoy no tiene puntuación para que pueda fluir en las lecturas.

 

no fluye nada

sin conciencia consciente

todo se encalla

 

 

martes, 2 de marzo de 2021

El diletante fértil. Decimosexto paseo


              Como la carne, la madera se retuerce, estoica, para encontrar la luz y gozarla.

 

 

            Al aire, por transformarme al pasearse por dentro de mí.

 

            “Meditar no es tirar de la semilla hacia arriba, a ver si crece más deprisa, sino limitarse a cuidar la tierra: levantarse cada mañana y regarla, y dedicarla (sic) unos minutos cada noche, antes de acostarse”

 

            “En el centro no hay diferencias y el amor es sólo (sic) uno”

 

Pablo d’Ors (2021). Biografía de la luz. Barcelona: Galaxia Gutenberg, págs. 356 y 369.

 

            “Perquè l’amor és una escolta.

I tot ressona i canta.

 

           Som perquè algú

ha parlat”.

 

Lluís Calvo (2017). “Parla”, Llum a l’arsenal. Palma de Mallorca:

Lleonard Muntaner Editor, pàg. 263.

 

 

Para saber de amor, para aprenderle,

haber estado solo es necesario.

Y es necesario en cuantrocientas noches

-con cuatrocientos cuerpos diferentes-

haber hecho el amor. Que sus misterios,

como dijo el poeta, son del alma,

pero un cuerpo es el libro en que se leen

 

Jaime Gil de Biedma (1988). “Pandémica y Celeste”, Las personas del verbo. Barcelona: Seix Barral, Biblioteca Breve, pág. 135

 

                                  

Confundía meditar con pensar. Ya distinguía pensar de razonar: pensar era un razonar en la tejedora del sentir. Confundía corazón con cerebro, ser con pensarse pensando. El reloj cardíaco armoniza la simpatía de latir, pensar y respirar. Mística de la razón. Valle-Inclán siempre está ahí con una ética estética como red en el carnaval del circo mediático. Funambulistas somos cuando deambulamos por las aceras de la ciudad.

En la botica de la anatomía humana, las hormonas son la química del ser. Somos jardineros del cuerpo y necesitamos gimnasia meditativa, tomar medidas, cuidar, tratar la tierra sobre la que crecernos. La impaciencia es la madre de la obsolescencia usurera como la paciencia lo fue de la ciencia. La crisis es el gozne de cada frontera de ser, pero no se vende ni se compra, como el cariño verdadero.

Meditar como el desayuno del pensar. Salir del ayuno espiritual de la razón para volver a ella tras el barbecho y la sed. La obviedad, también el lógica, es la de los primeros principios, la de aquellos autodemostrados, la de lo que no necesita argumentación para ser. Y sobre su ser edificar la vida. Y sobre la vida, el pensarse en el todo. La noche clara del alma lleva al desayuno nuestro de cada día: el vacío de pensamiento fertiliza e pensamiento. El estómago del cerebro busca su alimento cuando está preparado para recibirlo en su tierra aireada.

El amor como nódulo de toda red. Como “sobreverdad”, que diría Vladimir Jankélévitch: inmanente, desinteresado, incondicional… Amar sin el precio de ser amado. Amar por y para amar: ese es el destino, que es siempre camino. Sin conocimiento de lo amado, por intuición. Amar desde el corazón. Amar la “ipseidad” de lo otro (que es parte del todo -que soy yo también- amado). Ser amantes de lo amado. En activa de pasiva. Complemento directo de un verbo intransitivo. Inefabilidad de lo sentido: sentido, por tanto, sin racionalización, sin palabras. Pensado desde el corazón. Vive el amor sin palabras. El superrerrealismo de la emoción amorosa anula la lógica de su expresión léxica. El verdadero imperativo categórico para que lo nouménico sea fenoménico. Hablarlo es mentir. Sentirlo es vivir. “Sin corazón no hay nada” dice  Jankélévitch. En progresión geométrica, crecemos en el amor cordial. Recordamos porque sabemos hacer pasar por el corazón lo vivido. Recordamos porque despertamos en presente lo sentido en el pasado. La nostalgia (regreso para huir del dolor) nos lleva a patrias futuras.

Los griegos (nosotros antes de lo que somos) distinguían cuatro complementariedades del amor: “eros”, “storgé”, “philia” y “ágape” (como distinguían diferentes dolores: “achos”, “algos”, “odyne”, “ponos”, “kedos”, “lipes”, “pathos”). Saber nombrar lo que se siente humaniza el amor o el dolor porque permite el diálogo terapéutico. De esa necesidad nace la poesía, que es aquella “poiesis” que Platón define en su Banquete algo así como la conversión del no ser en ser

Las campanas íntimas de los cuencos tibetanos buscan las resonancias en los campanarios de alma. La convexidad cóncava hace sonar el vacío en su aleación con el aire que es espíritu. Respira el agua enhebrando el pozo del yo que quiere ser. Quieto en la permanencia más dinámica, camino con la duda sobre el mar de la fe que asumo. En el ruido de la falsa calma, la serenidad del alma en su centro de comunión con el todo. Vaciamiento propedéutico: la pureza se fragua en el agua de fuego del desprenderse; no en el vacío, sí en el vaciarse.

Meditar es orar. En la desestabilización, buscar estar para enserse. Perseverar en la pascua: pasar de la esclavitud a la libertad en el desierto fértil de la columna sobre la que refundarnos permanentemente.

 

En amor siendo,

asomado a una sombra

sorprendo el tiempo