jueves, 13 de abril de 2017

Autopista hacia el infierno



 
Arquitectura funeraria para el destierro que destierra.



         Pasaba por allí y, sin saber por qué, se unió al duelo.

El mercedes fúnebre, a marcha fija de pie cortado, abría la estela del ordenado caos hacia el cementerio. Como iba muy lento, sin quererlo, acabó encabezando la peregrinación luctuosa junto a los más allegados al finado. Su rostro se reflejaba en la luna trasera, a intermitencias, orlado de las flores de las coronas y el brillo del barniz del féretro. “Con los pies por delante, con la cruz planeando y cristo haciendo el muerto sobre la muerte” –pensó entre coros de hipidos y llantos con sordina de pasos pesados de tristeza.

El camposanto se abría como la posibilidad más cerrada. El duelo se detiene y arranca el llanto. El albañil espera. Todo está preparado. Ni rastro de los enterradores de Ofelia. El oficio es otro para una misma pena. El representante de la funeraria dinamiza un protocolo de trajes, corbatas, flores, palabras ensayadas y yeso.

Como había pocos hombres se vio obligado a conducir, a hombros, el ataúd hasta el nicho a ras de suelo. Las indicaciones de maestro de ceremonias: “los pies por delante”… (El albañil, a lo suyo, esperaba y, con mano presta, quitaba algunos restos del agujero de sombra) Primer movimiento. En perpendicular a su rumbo definitivo, la caja descansa. Del nicho, los responsables sacan un saco blanco, sucio de roces.  Abren la caja y encajan el bulto sobre el bulto que ya es quien fue persona. Como el circunstancial visitante está en primer término de la ceremonia, conoce el rostro del peso que, ligero, siguió y luego cargó, grave, unos metros. Eclipse de muerto sobre muerto. Demasiado volumen para tan poca caja. La llave y la presión del empleado de la funeraria acaban dando con el hermetismo oscuro prólogo al túnel del trayecto estático definitivo.

         La operación del traspaso está a punto de concluir. Otra vez requieren su ayuda. Encaran el féretro (“con los pies por delante”, recuerda el empleado; “Cuidado con los dedos”) hacia el agujero. La hija del muerto, rota en llanto, tan violento que parece impostado, pide ver a su padre por última vez cuando el ataúd ya está a medio meter. Lo sacan con la ayuda del albañil hasta dejarlo apoyado en su extremo. Abren la caja otra vez (al liberar la llave la resistencia, la tapa da un respingo que parece atisbo de vida) y la hija se abalanza sobre los restos de su padre. Es necesario apartar un poco los despojos sobrepuestos de su madre, irreconocible mojama o momia dentro del saco, en este macabro e improvisado catafalco (festín a dos maduraciones para la fauna cadavérica, materia prima de fuegos fatuos). Besa su frente y deja caer algo, que toca fondo y nadie ve, entre el sudario séptico que oculta a su madre y los faralaes como espuma de olas bajo los que  flota la cara de su padre.

Hay una impaciencia tensa en el ambiente. Con la caja cerrada otra vez (otra vez apretando a mujer sobre marido, en una posición imposible en vida), los voluntarios empujan el féretro, carontes sin estudios, hacia las fauces estigias. Acaba la maniobra el albañil con un cincel (el mismo que violó el nicho para acoger el nuevo cuerpo): poco a poco, en vaivén de palanca, la nave llega a su lugar. El silencio se puebla de gimoteos contrapunteados por un arrítmico “aahhp-ahap” y torrentes de romperes a llorar. Con esa banda sonora procede el albañil a sellar el nicho con los cascotes del primer sepelio.

Con la paleta, “grrilkiic”, hace el gesto metálico de limpiar la base limpia de una puerta al otro lado. Talocha, llana, esponja y cuñas esperan su turno junto a la gaveta. El murmullo, los hipidos y los llantos van amortiguándose en la expectación laboral. El de enterrador es hoy un oficio sin cárcavas ni huesas: un oficio para ser contemplado como maestro de una ceremonia necesaria, trascendente y de gestos precisos y comprometidos. Encara la losa, ajusta los ripios que fueron superficie homogénea ayer y coloca las cuñas para que a obra, provisional, mantenga su compostura. Sobre la gaveta con agua medida a ojo por la intuición de la  experiencia vierte el saco de yeso en la proporción primera. Con las manos amasa esa harina de la solidez de pan eterno. El silencio es ya total. Se oye el agradable chasquido del agua densificada. Segunda y última porción sólida de la amalgama. Coge un puñado, cierra la mano y el churro blanco valida la consistencia de la densidad. Acerca el capazo al nicho  y empieza a rellenar los huecos con el yeso que será frontera. Silencio de ciprés.

Con la esponja, el albañil ablanda los perfiles y superficie del enyesado. Pasada de talocha. Pasada de llana. Quita las cuñas emblanquinadas. Lanzamiento de nuevos pegotes de yeso sobre los huecos del apuntalamiento. Esponja húmeda. Trapo húmedo. Silencio. La llana, definitiva, rasca para alisar. Sobre su rumor de olas fúnebres, un móvil: “Thunderstruck” de ACDC. El enterrador, atónito, recupera la raíz de su oficio y mira a la hija de difunto. Todas las miradas, compasivas y comprensivas, se dirigen hacia el tono del móvil impertinente. Vuelve el silencio, tras la estupefacción súbita, y la atención vuelve al “grrrgr” de la llana tras la espalda del albañil.

Placa provisional, coronas y tarrinas de flores ante la muerte emparedada. El empleado de la funeraria habla con la familia del difunto y se despide. El albañil coloca sus bártulos en la carretilla, da el pésame y hace mutis conduciendo un oficio con el que no podrá lucirse en su ceremonia final. El cortejo fúnebre hace cola para dar el pésame. El invitado al muerto ajeno, como parte de ese paisaje, espera turno.

La obra y el muerto quedan solos. La taxidermia del tiempo podrá ser más o menos compasiva con el recuerdo de la vida que hubo. Nadie del duelo funeral  por allí ya. Silencio lúgubre a pleno sol, metempsicóptico. El visitante se aleja también. Un sonido con sordina lo detiene. Vuelve sobre sus pasos. Busca la fuente. El oído le lleva hasta el nicho. Se acerca: “Highway to Hell” se filtra a través del yeso fresco, trasminando la madera del ataúd y los oropeles de la mortaja. El paseante preso de la circunstancia, pasmado y solo en el camposanto, se aleja dejando el himno como panegírico de una hija que no lo debió de querer mucho. O que lo quiso demasiado.  Este kirieleisón es crespón entre el zumbido de abejas del silencio denso.

Si la batería del móvil la carga el diablo, esta noche hay fiesta en el cementerio.


 

 
El hueco horizontal que abre la cruz, sin horizonte.
















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