domingo, 17 de octubre de 2021

Mujer de rojo sobre fondo gris. Los ángeles de la historia

 


 

A Paula Corripio, por la complicidad intelectual

 

 

El ángel de la historia de Walter Benjamin, inspirado en un dibujo de Paul Klee, ese ser de espaldas al futuro que es arrastrado por el viento alentado por las ruinas del pasado que ve hacia el después que no puede ver, está habitado por muchos otros ángeles del presente. Como Ángeles de Castro: una mujer de rojo sobre el fondo gris del pesimismo de Miguel Delibes. Rojo de intuición para vivir sobre el gris del vivir arrastrado instalado en la pérdida. El progreso va a ser algo parecido a eso: el Angelus Novus benjamininizado y gris preñado de ángeles de luz roja.

Ángeles de Castro, razón de vivir, murió de un tumor cerebral en 1974: tenía cincuenta y un años de presentes y alegrías y toda una vida de dar vida a Miguel Delibes. Delibes siguió viviendo de prestado hasta 2010. Pudo llegar porque sus hijos y el recuerdo de su compañera de vida le dieron las prótesis que necesitaba: en 1991 publicó en monodiálogo Mujer de rojo sobre fondo gris, un exorcismo autobiográfico terapéutico. Literariamente venía de Cinco horas con Mario (1966: Menchu, una mujer prisionera en el gris) y de Las guerras de nuestros antepasados (1975: Pacífico Pérez, recluso en un sanatorio, inspirado por el anís, recuerda el gris de los rojos de su gris). La Ana de la novela de 1991, reconstruida desde el gris iluminado, refulge en rojo. Nicolás, con el alcohol como motivador y anestesia, un pintor que vivió tan de cerca el amor de Ana que no fue consciente de su luz pictórica, rememora su relación en el verano y otoño de 1975 con su hija Ana, invisible, como interlocutora muda. Eduardo García de Benito había pintado a Ángeles de Castro en 1962: de eso hace Miguel Delibes un argumento en forma de novela breve e intensa que José Sámano, José Sacristán e Inés Camiña transformaron en tridimensionalidad teatral entre 2008 y 2018. Delibes en carne viva y roja desde el gris de su seguir existiendo.

El sábado 16 de octubre de 2021, en el teatro Romea de Barcelona pude vivir tres prodigios humanos que dieron a luz, en la oscuridad del patio de butacas, una epifanía. Dos profesores de literatura y un grupo de alumnas fuimos testigos del fenómeno y su catarsis.

Primer prodigio: Que un actor de ochenta y cuatro años se convierta en un gigante de gestos y palabras en el escenario y nos tenga hora y media pendientes de su ficción. Mérito tiene su memoria. Mérito tiene su arte. Y mérito tiene la profesionalidad que mostró ante las toses, los ruidos de papeles y las notificaciones de los móviles. Una obra de silencios, matices, modulaciones de voz, microexpresiones… requiere un templo de contemplación. José Sacristán estuvo inmenso y seguro en su ser Nicolás. Al acabar y bajar del escenario, en el vestíbulo del Romea, volvió a ser José María Sacristán Turiégano, el niño que nació en Chinchón en 1937 y sobre el que pesan ochenta y cuatro años de sabiduría y compromiso: pequeño, menudo, con apariencia de despistado. Pero ese ser frágil de voz potente y afinada es quien siempre se ha puesto del lado de la justicia social y ha defendido la igualdad fraterna.

Segundo prodigio: El teatro como presencia sigue siendo una necesidad humana. En un presente de trincheras-pantallas de tiempos y espacios simulados, tiempo y espacio reales, sincrónicos y compartidos: un mismo presente, un mismo aire que respirar, una misma inquietud social que poder abandonar por un rato. La convivencia espacial y temporal real para vivir la ficción como una tribu coyuntural. Frente al simulacro, la verdad de la ficción. El teatro se erige en un templo de humanidad con la palabra como constructora del espacio y el tiempo que contiene. Por eso el público debe pasar desapercibido (no como en espectáculos de otra hechura -los de La Cubana o La Fura dels Baus, por ejemplo): la complicidad en el silencio o en los contrapuntos risueños, nada más. Bueno sí, el universo de ruidos estancos de cada cabeza, dos manos que se buscan y se encuentran… Las toses, los ruiditos eternos de caramelos, pasillas y otras necesidades físicas, los tonos de las notificaciones de los teléfonos y los reflejos de sus lucecitas también forma parte de la función y la enturbian. José Sacristán fue espectacularmente actor con una mujer que “interrumpió” (involuntaria y reiteradamente) su monólogo: lo detuvo, la miró (unas diez veces) y siguió como si ese breve lapso estuviera fuera del tiempo y el espacio compartido, sin que la fluidez de su actuación se dejara intimidar por la impertinencia.

El tercer prodigio es personal e intransferible: En José Sacristán siempre he visto a mi padre. Físicamente siempre los he identificado. Mi padre tendría ahora, de no haber muerto en 1991, setenta y seis años. Y, claro, veo a Sacristán con más de ochenta (y con una apariencia estupenda) y no puedo evitar ver a mi padre vivo.

La epifanía es la convergencia de los tres prodigios: la revelación de que en el arte tenemos una posible salvación. Podemos ser personas de rojo sobre fondos grises en una sociedad que pervierte tanto los colores de la realidad que pinta con píxeles excitantes y fosforescentes los simulacros de realidad y nos hace creer que somos cada uno del color que queramos, libremente, a nuestro criterio libérrimo (sin raíz) para que como clientes deseemos encajar en el laberinto de oportunidades que nos venden. El arte humano como epifanía, con la tecnología como complemento.

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