viernes, 9 de septiembre de 2016

Haikus XXXIII



 
La maraña del agua nos redime del secano que nos  viste de cadenas con sus invisibles concertinas



Aquí y ahora, precisamente. Pero en el paisaje del desconcierto, en el espacio abierto de la claustrofobia del sistema. A contraintuición, con el instrumento afinado y brillante pero sin dirección para reconocer la columna vertebral de la maraña. Es lo que tiene estar fuera de juego en la defensa de tu propio campo. El negocio en que hemos convertido la vida explota la diferencia de potencial que va de la realidad al deseo, de la raíz a las alas, de lo que se tiene a lo que se quiere. 

Vivir una vida ajena, pero que tienes que hacer tuya podría ser apasionante. En la dimensión “selfítica” supondría el esfuerzo de tener que conquistar el propio yo reiteradamente: un prometeico romance, desterrados de la zona de confort, con el nuevo yo que se es siempre. En ese caos de identidad, fértil en egolatría, estéril en experiencia, el sistema se hace dueño del mundo. El yoísmo pedagógico de la motivación para crecer está encadenado a este proceso. La pasión, pues, es la crucifixión de la persona, tratada con adulación y mil parabienes, para convertirla en individuo. El mundo feliz de Huxley. La isla de Michael Bay.

Siempre ha sido la vida una nebulosa amorfa e inabarcable. En el intentar comprenderla se nos ha ido yendo la vida misma. Cuadricularla para entenderla quizás no es apto para todos los públicos. Quizás el árbol de la ciencia haya ensombrecido hasta asfixiarlo al árbol de la vida, fingiendo ser árbol de la vida, disfrazándose de ciencia.

Claro: que la sombra arraiga y vive donde se proyecta.



                                  Magma es la vida.
                                      La horma de la idea
                                      la costumiza.


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