domingo, 27 de diciembre de 2015

Reloj de amaneceres I



 
Así, sin luz de color, sin tiempo, sin la paleta de colores del amanecer, para poder ser todos los amaneceres.

                  

A Josep Asensio Ramírez, tronco y fruto de doble raíz, como yo.


         Hay una belleza espontánea. Y otra que nos espera tras la cuesta. Correr para llegar se hace poema constructivista: al otro lado se forja el paisaje en su fragua elemental. Haruki Murakami maneja otras analogías cuando habla de correr. Yo corro para ver. Y escribo mentalmente mientras corro. El metrónomo de los pasos y su escansión, incluso de la prosa, se trenzan con los ritmos que  el corazón nos canta y cuenta, se dejan enhebrar por la respiración. El aire susurrando en los oídos. La banda sonora del otro lado de la mirada. El frescor de albada que se asocia con el calor del sudor. La soledad. Todo cabe en el esfuerzo por descubrir con adánico asombro un nuevo amanecer: es la orquesta del sentir y henchir el ser. Es el génesis nuestro de cada día.

         A la derecha, la isla del Fraile como una ciclópea cabeza de trol que emerge apenas de las aguas. A la izquierda, lejana y ajena, la reptil horizontalidad de Cope. Son el arco del proscenio de esta representación. El bambalinón, ese cielo que nunca se acaba. El foro, la profundidad del mundo. En escena, entre bastidores de aire, sobre corrientes dibujadas en la superficie, sobre tímidas olas que se hacen sutiles dueñas del freo y mantienen a raya las orillas, rota por el graznido gañido por centenares de gaviotas alborotadas, el sol se oculta tras un muro de nubes macizo. Su elevarse es hoy anónimo, pudoroso en su infancia. Pero consigue arrebolar las puntillas del cortafuegos núbeo. Es el inicio de la conquista solar del cielo, el dar ojos al embozo para proclamar entredoses de luz. Es el primer acto.

         Segundo acto. El rosicler tímido es ya potente naranja que abre un boquete de lava que lame la mar y la ruboriza. Las nubes, que han perdido la consistencia de trinchera de la noche, se dejan hacer. Un abanico invertido se despliega en perspectiva cónica cenital y geometriza la dispersión de los rojos. La piel marina se deja acariciar y agradece el calor del amor. Fluye la luz sobre el agua. Fluye el agua para ser luz. Las gaviotas viven el prodigio desde su rutina y siguen circunvolando el cráneo del trol distraídas en su azacaneo. La moruna espera fuera de la embocadura, tangente al ciclorama. Imperceptiblemente, en argumento preciso de la duración, los blancos y transparencias van aboliendo los tonos fuego y las nubes se transforman en pantallas que, elevándose en el horizonte, van dando calor sin llama al mundo.

         El tercer acto, siendo de esta obra, carece de valor argumental. El ruido de la vida monopoliza la belleza y vive de espaldas a este espectáculo extinto: el sol ha parido el día que el día aprovechará para olvidar a su progenitor. Este heliocidio tiene, sin embargo, momentos de contrición: con el aperitivo en una terraza, o paseando, siempre hay alguien que cierra los ojos, levanta la cabeza y se siente en comunión con el universo, bañando su rostro en sol. En su crepúsculo vespertino, otra vez, la agonía de la luz frontalizará su ausencia. Y ya estaremos preparando los ojos y la piel para un nuevo amanecer.

         En este palabrizarme me abro al día mientras corro para ver: maduro la visión en el volver y devuelvo aquí lo que supe vivir.

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