domingo, 8 de enero de 2017

Destellos LXXIX



 
En una libreta caben los cabos de luz que pueden ser destellos o sombra.



Como la luz de las estrellas, los destellos convergen aquí desde otros tiempos y otros espacios. Es el terrero del vivir el que insemina de palabra el fluir del ser. Ser río de caudal enriquecido por los afluentes que le dan cuerpo y alma, superficie, corriente, fondo y sedimento. Como en las variaciones Goldberg de Bach. Tierra y agua que abonan de raíz los frutos que flotan con vocación de siempre ser mejores en otro lugar y, necesariamente, otro tiempo. Superponer instantes sobre un mismo fondo, como un rimero de fotografías o la imagen abisal y eclipsada de un espejo, podría dan profundidad al presente de la superficie. Pero eso ya no vende ni motiva porque, dicen, aburre. Y es obligatorio desaburrirse en zigzagueo zapinguero de paisajes, personas y cosas. Como si, simplemente, ser, no fuese suficiente.

        



La novedad, es lo que tiene, atrae en sí misma. Lo conocido, por ignorancia, dicen, aburre y viene con el sambenito de un injusto hastío. Claro: creemos conocer el argumento y nos hacemos el spoiler (ese destripe que revienta lo sustancial de un argumento, que diríamos por aquí, si nos dejaran)


En el amor, la novedad de lo desconocido es lo sexual, lo atractivo en su fantasía inconcreta. Lo gozado busca otros cauces de satisfacción: el amor se hace, entonces, aventura en profundidades y recovecos por los que experimentar imaginaciones reales. Don Juan y el Manrique del rayo de luna becqueriano, sobre un amor real y constante, inventarían la pasión en cada amar.

¿Hacer el amor?
No, el amor me hace a mí –dice él.
No, el amor ya está hecho –dice ella-. Nosotros solo lo ensanchamos al darle cuerpo.


Se amaban sin la necesidad de decirse “te quiero”. Se amaban.


Hay una felicidad tóxica. Cuando se hace sistémica y sin horizontes de presente y persona, cuando es reclamo publicitario, se vacía. Esa felicidad solo tiene de felicidad el nombre impostado, como los “selfies” y los modelos de la propaganda de los bancos.


Se vende ubicuidad bajo el eufemismo de la globalización. Se abole el ritual del aquí y ahora con vocación de después, con esencia de víspera gozosa del instante. La liturgia preámbulo del acto es acto mismo, improvisación sin intuición inherente al ser sido (y compulsiva impaciencia de querer acabar) No se puede ser en más de un lugar a la vez: para llegar hay que haber aprendido a empujar.


Te quiero distinta sin dejar de ser la misma. Lo siento: solo sé ser un don Juan de momentos con la misma mujer.


He perdido el norte, el sur, el este y el oeste: soy todo centro extático y vivo.

La mar virgen, polinizada por la luna, se hace suelo de luz para llegar hasta ti, varada en la arena, esperando siempre lo que nunca llega.


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