martes, 24 de enero de 2017

El afilador 3.0










        Primero de los artículos que van a ir dando fondo a este cajón sin mueble del recordar. La sección se llama “Costumbrismo en la descostumbre” y pretende dar presente a la transición, hacerla visible, palabrizar el aire que va de trapecio a trapecio o recoger al trapecista del fondo de la red y hacerlo museo. En tiempos de tópicos hechos axiomas como el de “desaprender” para  “aprender a aprender”, en esta época que tunea el “carpe diem” y lo vende como un “mindfulnes desasistido de “memento mori”, la costumbre suena a rancio. Y no es Cortázar quien, iconoclasta, reinventa la mirada y la hace juego contra las costras y lastres del mirar viciado: son los intereses comerciales los que mueven los hilos de esta promesa de felicidad que debe ser la vida.

        Somos cadáveres del progreso. Siempre ha debido de ser así, pero los ritmos eran otros y la consciencia de extranjero en tu presente, supongo, era menor. Somos el abono del futuro, algunos incluso fertilizante vivo. Los árboles que nos nacen ignoran sus raíces porque hay demasiada prisa por ser hoja o fruto. Germinar desde abajo, con la sombra, se hace muy difícil. Y ser sustrato del cambio no está mal del todo, si no te obligan a ser árbol también.







       Hoy se celebra Sant Antoni Abad, “Sant Antoni el del  porquet”. Aunque fue el 17 de enero, en Sant Cugat la rúa de “Els tres tombs” sale el domingo siguiente a esa fecha. Con pasado agrícola y sin presente rural, la costumbre de la cabalgata (que, que yo recuerde, nunca ha dado tres vueltas a nada, pero que conserva el nombre de su origen de darlas a una hoguera o a la iglesia con la imagen del santo) y las bendiciones a las mascotas (reducto doméstico urbano de la convivencia entre humanos y animales) marcan, con forma de roscón y lucimiento, un hito temporal en el año y un motivo de fiesta dominical. 

Pero no ha sido este vestigio de engalanamiento campesino  el que me ha sorprendido hoy. Se ha suspendido por motivos que ahora desconozco: previsión meteorológica quizás. Mientras bajaba hacia el Monasterio desde las alturas de los antiguos viñedos que ahora son Coll Favá, he oído el sonido de la flauta de pan del afilador. Me ha extrañado por el día, por la potencia del sonido y por la entonación de la melodía, melismática y sin la suciedad que el soplar le confiere al instrumento. He pensado que era la banda sonora que este año habían puesto a la cabalgata. Ignorante de la realidad, he imaginado que las rúas iban a ser, desde ahora, temáticas (de oficios perdidos o en extinción, por ejemplo –como los “traginers” o arrieros mismos protagonistas) y que en este 2017 se homenajeaba a los amoladores. 

En el trayecto, al amor del sonido, he revivido la imagen de aquel señor con bigote y gorra, delgado, que me recordaba a Tutankamón, con su rueda verde, buscándose los utensilios afilables por las calles de un Sant Cugat pueblo. Lo he visto en el empinado adoquinado del carrer Endavallada, parado, chiflo en boca, alternando la frase musical, siempre la misma, con la coletilla discontinua del grito “¡el afiladooor!”. Su pito de plástico subía y bajaba la escalera musical sin solfeo. No recuerdo si reparaba también paraguas. Supongo que no porque este afilador era el eslabón entre los antiguos lañadores-paragüeros y los comercios chinos actuales. Restañar las heridas de los objetos ya no era oficio ni entonces. Él caminaba empujando su fábrica, los que heredaron su trabajo ya iban con su empresa en bicicleta tuneada o en motocicleta. La gran rueda motriz se motorizó y el esmeril de tracción humana pasó a ser mecánico. La banda sonora, la misma, con interferencias.

Pero el afilador que ha eclipsado el Sant Antoni de hoy iba en coche. Un altavoz minimalista como una sirena atalayaba el vehículo. Nadie a su alrededor. Un maletero abierto con la mola y unas mantas para proteger el habitáculo de las chispas era su taller ambulante. Como faltaba bastante para las doce he decidido seguir su jornada laboral. Sin dejar de hacer sonar su reclamo (como una versión “new age” o “chill out” de la escala original –de la que deberían aprender los tapiceros y otros voceros enlatados-) ha parado en cuatro puntos del barrio. Ni una sola persona se ha acercado en media hora con sus herramientas de corte para hacerlas más eficientes. Quizás debiera hacer pedagogía de su oficio, aclarar que es muy profesional, que su esmeril y el ángulo de fricción es el idóneo para cada utensilio, que mima cuchillos (carniceros, jamoneros…), hachas y tijeras. Que sabe combinar piedra y agua para construir el filo más adecuado. Que aprendió enriqueciendo bordes de katanas… Pero nadie ha necesitado su maña afiladora. Y, rodando y sonando, ha desaparecido con el portón del maletero y la sinfonía minimalista abiertos de par en par hacia la nada. Mientras, el afilador ocioso iba saboreando el humo de un cigarrillo que limaba con su asperón evanescente el aire.

Me lo he imaginado como el Coloso de Rodas, solo entre la multitud ausente: un pie en cada orilla del progreso, aguantando a fuerza de aductores el desplazamiento de los tiempos, de su tectónica de placas, abriéndose de piernas progresivamente hasta caer, náufrago, al canal de la escisión inevitable. Lo intentó, pero la cultura de lo desechable no recicla lo reciclador si no es un negocio al por mayor más. 

El afilador, al ralentí y al arrullo de su banda sonora, fumaba sin clientes y con todo el domingo por delante para disfrutar de su oficio.



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